Dios siempre nos espera

Reflexión del Evangelio

Bautismo del Señor

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 3, 13-17

Domingo 12 de enero, 2020

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo de Jesús. Mateo no nos dice el lugar donde Jesús fue bautizado. Nos lo dice Juan: “ocurrió en Betania, del otro lado del Jordán donde el Bautista estaba bautizando” (Jn 1,28). La tradición ha justamente localizado el episodio a Betabàra, el vado donde también el pueblo de Israel, guiado por Josué, ha atravesado el río y entró en la tierra prometida. En el gesto de Jesús pues, están presentes llamados explícitos al pasaje de la esclavitud a la libertad y al inicio de un nuevo éxodo hacia la tierra prometida.

Dios no olvida y no abandona a ninguno de sus hijos.

Betabàra además tiene otro llamado significativo: los geólogos aseguran que éste es el punto más bajo de la tierra (400 metros bajo el nivel del mar). La decisión de Jesús de empezar allá su vida pública no puede ser casual. Jesús venido desde lo alto del cielo para liberar al hombre, ha bajado hasta el abismo más profundo para mostrar que quiere la salvación de todo hombre, aún del más derrelicto, aún de aquel cuya culpa y pecado han arrastrado en un tal báratro del cual nadie puede imaginar sea posible remontar. Dios no olvida y no abandona a ninguno de sus hijos.

Acabado el tiempo de Navidad, nos encaminamos ya hacia la Pascua. El bautismo de Jesús contiene su destino, su vocación. Hasta ayer hemos escuchado el cuento de cómo ha nacido, de quién ha nacido, adonde. Hoy el evangelio nos cuenta por qué Jesús ha nacido. El bautismo de Jesús es su mandato, su investidura: “Él es mi Hijo, el amado, mi predilecto”. El rostro de Jesús es revelación del rostro de amor de Dios Padre. Y será también el rostro verdadero del hombre, así como Dios lo ha pensado y deseado.

Las otras dos lecturas de hoy completan la identidad de Cristo: “Aquí está mi servidor” dice Isaías. Servidor de Dios y de la vida: “que pasó haciendo el bien y curando” dice Pedro. Es la vocación de cada creyente, asumida con el bautismo. Ese es el hombre que Dios quiere, que plasma una y otra vez come hace el alfarero con la arcilla, con infinita paciencia y esperanza.

El Mesías, nos dice Isaías, “no gritará, no clamará, no voceará por las calles”. Dios no quiere arrollar a nadie, ni callar a nadie. No utilizará estrategias de poder: no lo hará Cristo, no lo haré yo cristiano.

Y pues: “La caña cascada no la quebrará, el pabilo vacilante no lo apagará”. Dios no castiga si nuestra llama es débil (y lo será siempre), sino la hace devenir luminosa. Si tu vida está despedazándose, Dios no da el golpe definitivo, sino se acerca como médico para curarte. Por Él un hombre nunca está perdido para siempre, un pecador nunca está condenado para siempre.

La dulce manía de Dios es de esperar en el hombre. Su pasión es sanar la vida. Porque el hombre no coincide con su enfermedad, el hombre no se identifica con su pecado. A la adultera Jesús dice: “no te condeno, no peques más; no hiendas tu vida, no escojas lo que te da muerte, no apagues tu luz interior”.

El hombre no coincide con su debilidad sino con sus potencialidades, con la semilla de luz que el bautismo ha puesto en él. El pecado, el mío y lo de quien está cerca de mí, no revela la verdad del hombre, porque somos más grandes que nuestro pecado.

En fin, la tercera serie de “non”. “Proclamará el derecho con firmeza, no vacilará ni se cansará”. He aquí el hombre según Dios, he aquí el Cristo que nunca se cansa de proclamar el derecho, sobretodo de los humildes, de los oprimidos, de las vidas rotas, de las llamas débiles. Y no parará hasta que no haya establecido el derecho sobre la tierra. Cristo es el verdadero hombre fuerte, fuerte en la misericordia y en el amor que nada puede rasguñar.

Si trataremos de ser así, buscadores de Dios y servidores del hombre que nunca se rinden, entonces sobre de nosotros también bajará una voz que repetirá las palabras que resonaron en el Jordán: “Tu eres mi hijo, en ti me complazco”. Que podamos irradiar y contagiar ese amor insondable de un Dios Padre.

Pero ¿Qué gozo puede darle un pecador como yo? ¿Qué emoción puede darle esa caña siempre en el punto de romperse? Es solamente el amor gratuito de Dios que puede explicar esas palabras: “Tu eres mi predilecto”. Jesús lo dice en su discurso de despedida en la última cena: “Sepan, Padre, que los has amados como me has amado a mí” (Jn 13). Lo sé: yo soy llama vacilante, caña cascada, pero predilecta, como Jesús.

Entonces se abre el cielo sobre Cristo, se abre sobre nosotros como se abren los brazos al amigo, al amado, al pobre. Se abre el cielo bajo la presión del amor de Dios y nadie podrá nunca más cerrarlo. Era el sueño de los profetas, la visión de Isaías: “¡Si Tú rasgaras el cielo y descendieras!” (Is 63,19). El cielo se abre, se dilata, se rasga como el costado de Cristo en la cruz, bajo la urgencia del amor de Dios, y nadie podrá más cerrarlo.

En el bautismo de Jesús y en nuestro bautismo, desde el cielo abierto viene, como paloma, la vida misma de Dios, su aliento, su Espíritu. Se posa sobre Jesús, se posa sobre de ti, entra dentro de ti, te envuelve, poco a poco te modela, transforma tus pensamientos, afectos, proyectos, esperanzas, según la ley dulce, exigente y confortadora del verdadero amor. Entonces podrás hacer en seguida las cosas que solo Dios sabe hacer, abrir a los hermanos espacios de cielo sereno.

Abrir espacios de cielo sereno significa abrir esperanzas como se abre una puerta cerrada. Mi obrar en el mundo se hace prolongación del obrar de Dios, como aquello de Jesús, pasar en el mundo haciendo el bien, sanando la vida de los hermanos de sus males, del mal de vivir, de la soledad, de la tristeza y del abandono, sanando la injusticia y tomándonos cargo de alguna vida débil.

En el bautismo de Jesús descubrimos nuestro bautismo: renacidos del agua y del Espíritu, sabemos de ser hijos amados, objeto de la complacencia de Dios, hermanos de tantos otros hermanos, investidos de una grande misión, la de testimoniar y anunciar a todos los hombres el amor ilimitado del Padre.

“Bautismo” viene de una palabra griega que significa “inmersión”. Con Jesús estamos llamados a sumergirnos en la vida de todos los días, conjugando la fe con la vida. Cuando, como Jesús, yo también me hago cargo de los problemas de mi barrio, de mi país, me indigno frente las injusticias, trato hacer algo para cambiar ciertas situaciones inhumanas, es allí que hago experiencia del divino que está en mí; es allí que entiendo lo que significa decir que “el bautismo me hace hijo de Dios”. Si trato de vivir así entonces seré feliz, porque Dios necesita de mí también para realizar su sueño.

Así sea. Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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