Dejémonos sorprender por Dios

Reflexión del Evangelio

Presentación de Jesús

Ciclo A, Evangelio según san Lucas 2, 22-40

Domingo 2 de febrero, 2020

A la fiesta de hoy, que se llamaba “Candelaria”, fue restituida su verdadera denominación de Presentación del Señor al Templo. Así nos lo recuerda el Papa San Pablo VI en su exhortación apostólica “Marialis Cultus” (el culto mariano) del 2.02.1974.

Los primogénitos tenían que ser llevados al Templo y ser ofrecidos al Señor.

Es una de las fiestas cristianas más antiguas. A Jerusalén se celebraba ya en el siglo IV, y era llamada Fiesta del Encuentro entre Dios y la humanidad. Era una tradición hebraica que después de 40 días del nacimiento, los primogénitos tenían que ser llevados al Templo y ser ofrecidos al Señor. Un gesto que simboliza que cada criatura no es propiedad de los progenitores, más bien don de Dios.

Más que purificación de la madre o rescate del niño, se trata de una presentación-ofrenda. Quizás Lucas pensaba a la presentación que hizo Ana de su hijo Samuel (1Sam 1,11.21-28). También Jesús, como el pequeño Samuel, es presentado a Dios como su consagrado, y María aparece como la “Virgen oferente”. Así lo explica el Papa San Pablo VI en la Marialis Cultus:

“En el episodio de la Presentación de Jesús en el Templo, la Iglesia, guiada por el Espíritu, ha vislumbrado, más allá del cumplimiento de las leyes relativas a la oblación del primogénito (Ex 13, 11-16) y de la purificación de la madre (Lev 12,6-8), un misterio de salvación relativo a la historia salvífica: esto es, la continuidad de la oferta fundamental que el Verbo encarnado hizo al Padre al entrar en el mundo (He 10,5-7) … Pero la misma Iglesia… ha percibido en el corazón de la Virgen que lleva al Niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, una voluntad de oblación que trascendía el significado ordinario del rito. Como decía San Bernardo: “Ofreces tu Hijo, Virgen Sagrada, y presentas a Dios el fruto bendito de tu vientre. Ofreces por la reconciliación de todos nosotros la victima santa, agradable a Dios” (n 20).

Es esa dimensión oblativa que tenemos que guardar como mensaje de la fiesta de hoy: la espiritualidad de la ofrenda, que empuja a un cristiano o a una cristiana a vivir la vida en el don total de sí mismo a Dios, experimentado como el Todo de su propia vida. ¿Es así por nosotros?

“No salen al encuentro de Jesús los sumos sacerdotes ni los demás dirigentes religiosos. Quienes acogen a Jesús y lo reconocen como el Enviado de Dios son dos ancianos, de fe sencilla y corazón abierto, que han vivido su larga vida esperando la salvación de Dios, dos enamorados de Dios. Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos y en todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios. Son gentes que no tienen nada, solo su fe en Dios. Solo esperan de Dios la “consolación” que necesita su pueblo, la “liberación”… la “luz” que ilumine su caminar entre oscuridades. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús” (p. M. Batalla o. p.).

En la presentación de Jesús al Templo aparece el viejo Simeón (“El Señor ha escuchado”), que toma al Niño Jesús en sus brazos. A él, justo y piadoso, el Espíritu Santo le prometió que vería al Mesías del Señor, la consolación de Israel (Is 40,1; 32,1), el cumplimiento de la Palabra de Dios. Como en todos los profetas, el Espíritu estaba “sobre él”. Por eso es uno que escucha la Palabra, pone a Dios en primer lugar y anhela recibir la “consolación”. El Espíritu le revela que no verá la muerte antes de contemplar al Mesías.

Movido por este Espíritu viene a encontrarlo. Finalmente puede abrazarlo. Los brazos de Simeón son los brazos milenarios de Israel que reciben la flor de la vida. Su voz es un grito de alegría, sofocada por una espera muy prolongada, que finalmente explosiona. Ahora Simeón puede morir en paz.

El miedo a la muerte es vencido, porque un Dios niño morirá por nosotros, para salvarnos. El recuerdo de la muerte ya no causa miedo y se transforma en el arte de vivir en paz, porque finalmente es posible encontrar a Dios en su propia limitación. Lo inevitable, que antes angustiaba, ahora está saciado de vida.

Simeón abraza a aquel que da la vida. Sólo el encuentro con Jesús puede sanarnos del veneno de la muerte. “Ahora Señor, deja que tu siervo se vaya en paz”. Los ojos de Simeón ya no ven delante de sí las tinieblas, sino la aurora de la vida, y por consiguiente puede vivir en paz. Tristemente hoy los ancianos aumentan y son siempre más emarginados. No producen más, y por eso no cuentan nada.

Con estupor María y José escuchan el canto de Simeón. Y escuchan el destino de ese Niño y de María. El niño será causa de caída y de resurrección para las multitudes, “señal de contradicción”, que contradice todo pensamiento del hombre.

Los discípulos serán los primeros en caer. Pero Él es el salvador de todos los que han caído. Aquí se anuncia el misterio de la muerte y resurrección del Señor, que como espada atravesará el corazón de todo discípulo y de toda la Iglesia, de la cual María es figura. Este misterio vivirá continuamente en la historia del discípulo que vuelve a recorrer su camino desde la cruz hasta la gloria.

“Había también una profetisa, Ana (“Regalo”)”. Está en edad muy avanzada, y es viuda desde su juventud: es figura tanto de Israel como de toda la humanidad que ha perdido a su esposo y vive una vida vacía, desterrada del rostro de su deseo. Pero no deja nunca el templo y sigue esperando y buscando, con ayunos y oraciones, con dolor y deseo, noche y día. En Jesús vio la luz que iluminaria su existencia. Dios lo puedes encontrar no solamente en la grandeza de un Templo, más bien en el rostro de un niño, en cada persona que necesita de ayuda.

Simeón y Ana, ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús. Ellos representan a tanta gente de fe sencilla que, en todos los pueblos de todos los tiempos, viven con su confianza puesta en Dios. Ahora sienten que sus esperanzas se cumplen en Jesús.

Nosotros que tantas veces caemos, que frente a la cruz en nuestra vida no sabemos acogerla, digamos a María, con las palabras del card. Martini (Le Tenebre e la Luce pg. 165):

“Tú, oh María, que reflejas fielmente el rostro de tu Hijo, tú dulzura, ternura, belleza, profundidad de amor, dónanos asemejarnos a ti en la fe, en la esperanza, en la caridad, en la humildad, en la incesante oración de intercesión y meditación de la Palabra. Haz, oh Madre de Jesús y Madre nuestra, que en nosotros se realice aquel sueño divino de pureza que en ti resplandece luminoso”.

Amén.

Pbro. Franco Noventa mccj

 

 

 

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