Dios nos dona suficiente luz para creer

Reflexión del Evangelio

II Domingo de Pascua

Ciclo A, evangelio según san Juan 20,19-31

Domingo 19 de abril, 2020

Paz, gozo, vida… palabras de Pascua, que siempre hablan a nuestro corazón. Pero ¿no serán meras palabras, pura ilusión o simple poesía?

“La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo puede sentirse acogido, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (E.G. 114).

¿Cómo puede sentirlas suyas y verdaderas aquel que sufre en su carne sin esperanza de ser un día sanado? ¿Aquel que no tiene ni techo ni trabajo o está muriéndose de hambre y de sed, o por el Covid-19? ¿Aquel que se siente rechazado y amenazado hasta temer por su vida, porque es extranjero, o por su religión o por el color de su piel? ¿Aquel que sobrevive a una catástrofe, guerra o terremoto o inundación, habiendo perdido todo, bienes y personas queridas?

Los Apóstoles, están encerrados en el Cenáculo, aplastados por el miedo de los judíos y por la vergüenza de sí mismos, por cómo habían abandonado, traicionado y renegado a Jesús. “Con el miedo no es posible amar al mundo como lo amaba Jesús ni infundir a nadie aliento y esperanza” (Pagola).

Para que la paz, el gozo y una vida nueva los transformen, hace falta que Jesús Resucitado se haga presente en medio de ellos. Y Jesús se hace presente con los signos de la pasión, con las heridas de los clavos en sus manos y sus pies, y la herida dejada por la lanza del soldado romano en su costado. “El amor del Señor es para siempre” recitaba el salmo responsorial.

Jesús continúa a amar a los que él había escogido. Su presencia lleva la paz, disipa las dudas, abre a la esperanza de una posibilidad de vida nueva más fuerte que todo fracaso y pecado. Creyendo en Jesús, confiando en él, amándolo, Jesús realiza la promesa hecha unos días antes en aquella misma sala: “Volveré a veros y vuestro corazón se llenará de alegría y nadie os podrá arrebatar ese gozo” (Jn 16,22). La presencia de Jesús Resucitado resucita a su comunidad y la hace pasar de una atmósfera de muerte a una esperanza viva. Despierta la fe y renueva el amor.

“Solo Jesús salvará a su Iglesia. Solo él nos liberará de los miedos que nos paralizan, romperá los esquemas aburridos en los que pretendemos encerrarlo, abrirá tantas puertas que hemos ido cerrando a lo largo de los siglos, enderezará tantos caminos que nos han desviado de él” (Pagola).

Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús. Cuando los diez le cuentan lo que les ocurrió, no cree, y brutalmente dice: “Si no veo… si no toco…”. Está demasiado triste, no puede aceptar el Evangelio, la buena noticia que le anuncian sus compañeros. Tomás tendrá que pasar desde el “ver” al “confiar”, como le dirá Jesús: “Dichosos los que creen sin haber visto”.

Jesús, en su bondad y condescendencia, sabiendo cuán difícil y arduo sea creer, ocho días después, como hoy, se muestra otra vez en medio de ellos, cuando Tomas también está presente. Después de donar su paz a todos, Jesús se acerca a Tomás. No lo crítica, más bien lo invita a tocar sus heridas.

Porque la fe pasa también a través de los sentidos, como canta el himno “Veni Creator Spiritus” que dice: “Enciende la luz de los sentidos”. Los sentidos, contrariamente a lo que decían unos Padres de la Iglesia, no son “las ventanas del pecado” a cerrar para que se abran los sentidos del alma. No son una “foresta de insidias y de tentación” (San Agustín).

Con los sentidos hacemos experiencia del mundo, vemos la luz, escuchamos los cantos, percibimos la fuerza de un abrazo, las heridas de la vida y los gozos más íntimos, y también una profunda experiencia de Dios. “Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos y palpado con nuestra manos… la Palabra de Vida… se la anunciamos también a ustedes para que estén en comunión con nosotros… para que nuestra alegría sea completa” (1 Juan 1..4).

El evangelio no nos dice si Tomás tocó a Jesús. Es probable que no. Es probable que Tomás se haya puesto de rodillas frente a Jesús y, adorándolo, haya gritado su admirable confesión de fe: “Señor mío y Dios mío”. Como decirle: “Ya no puedo vivir sin ti, tú eres mi identidad y mi gozo”. Tomás nos dice que sí, nuestro cuerpo, nuestros sentidos pueden abrirnos al misterio de la belleza y del amor, y al misterio de Dios.

Jesús nos deja entonces la última beatitud del evangelio: “Dichoso aquel que creerá sin haber visto”. Como dirá más tarde san Pedro: “Vosotros amáis a Jesús sin haberlo visto… y creéis en él. Por eso exultáis de un gozo indecible” (1P 1,8). En esa beatitud está toda la existencia cristiana, pues Jesús quiere una fe libre.

Dios nos dona suficiente luz para creer, y permite lo que basta de obscuridad para que podamos entregarnos en libertad. Buscamos a Dios “a tientas” pero él tiene sus caminos para encontrarse con cada uno y ofrecerle su salvación, porque cuando una persona busca y desea sinceramente creer, para Dios es ya creyente.

En fin, con los apóstoles, sanados de nuestras tristezas, Jesús nos hace partícipes a nosotros también de su misión. Somos enviados a cuantos hoy también necesitan de paz, de gozo y de esperanza; a cuantos están heridos en el cuerpo y en el alma por los golpes duros o insensatos de la vida, para decirles que en Jesús Crucificado-Resucitado es posible encontrar una energía y vida nueva, bella y gozosa, a pesar de todas nuestras heridas.

La escucha del evangelio y el amor son el camino de nuestra felicidad. “Hemos visto al Señor!”: anuncio a hacer con nuestra palabra, pero sobretodo con nuestra vida.

Dónanos, Señor Jesús Resucitado, de comprender que estamos llamados a vivir tu evangelio también en los momentos difíciles, en aquella mezcla de violencia y de injusticia que tantas veces parecen regir la historia. “Porque Cristo está vivo y Cristo obra en la historia por medio de su Santo Espíritu: rescata nuestras miserias, alcanza todo corazón humano y vuelve a donar esperanza a cualquiera que esté oprimido y en el sufrimiento… Que la virgen María, testigo silenciosa de la muerte y resurrección de su hijo Jesús, nos ayude a ser signos límpidos de Cristo resucitado entre las vicisitudes del mundo” (Papa Francisco 17.04.2017).

Que Jesús de la Divina Misericordia, del cual celebramos la fiesta hoy, nos inunde a todos con su misericordia. “La Iglesia tiene que ser el lugar de la misericordia gratuita, donde todo el mundo puede sentirse acogido, perdonado y alentado a vivir según la vida buena del Evangelio” (E.G. 114).

Amén

Padre Franco Noventa mccj.

 

 

 

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