De la pandemia a la homofonía

En los primeros días de diciembre del 2019, en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en la China Central, fue identificado por primera vez el SARS-CoV-2 (Coronavirus 2 del síndrome respiratorio agudo grave), causante del COVID-19.  En enero de 2020 causa las primeras muertes en China, luego será transportado a la mayoría de los países del globo para ser declarado pandemia por la Organización Mundial de la Salud el día 11 de marzo.  Al momento de escribir estas notas, cuarenta días después, ya hay más de tres millones de infectados y más de 200.000 muertos en todo el mundo, y el número crece de manera exponencial.

Naturalmente, la respuesta de los países del mundo no se hizo esperar, alguna con más éxito que otra. Poblaciones enteras en aislamiento, cuarentena obligatoria para los contagiados o sospechosos de estarlo, restricciones sociales para el resto de la población, medidas sanitarias para todos los habitantes, fueron algunas de las reacciones ante la crisis.  A pesar de ello, en muchos países no se pudo detener el contagio comunitario y hoy se muestran cifras alarmantes. Más de la mitad de los contagiados provienen de cinco países, tres cuartas partes de los fallecidos a causa de la enfermedad provienen de seis países: Estados Unidos y algunos países europeos.  En América Latina nos encontramos apenas en la fase inicial del contagio, pero ya preocupa la situación de Brasil, Perú, Chile, Ecuador, México, Panamá y República Dominicana, donde la infección empieza a causar estragos.


Ya no nos encontramos a inicios del siglo XX, cuando las noticias sobre la pandemia de la gripe española, que causó cientos de miles de muertes, llegaban con mucho retraso a otras latitudes. En el mundo hiperconectado en el que vivimos, el avance de la pandemia es seguido y actualizado en tiempo real.  Cientos de aplicaciones en todos los idiomas nos han tenido informados sobre lo que sucede en cada país.  Los medios de comunicación escritos y digitales, así como las redes sociales, se han visto casi monopolizados por la situación que vive el planeta.  El coronavirus llegó para quedarse y ha transformado todos los ámbitos de la convivencia humana. Hay quien dice que esta pandemia señala, sin duda, un cambio de época (Joseph Stiglitz, Premio Nobel de economía).

Ante esta situación, he querido hacer una lectura de la emergencia sanitaria, como creyente en cautiverio.  Por supuesto que no es la única lectura posible, ni es, mucho menos, una lectura exhaustiva del fenómeno que apenas empieza, sino el resumen de una serie de sentimientos y reflexiones que he podido hacer durante este período de cuarentena.

Algunos de ellos me han tocado personalmente, otros me cuestionan, otros los he logrado convertir en actitudes. Quizás, al final, pueda surgir también alguna implicación misionera válida para quienes, por vocación, estamos llamados a anunciar la esperanza a todos los hombres y mujeres de este mundo, siguiendo la recomendación del apóstol: “Estén siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de su esperanza” (1 P 3,15).

 

La soledad y el aislamiento como experiencias creativas

Estar confinados por un largo período no es fácil.  Y mucho menos aún, para quienes estamos acostumbrados a una constante actividad.  La pandemia vino a desestabilizar de algún modo lo habitual y cotidiano.  El famoso y viral hashtag #quédateencasa, ha suscitado muchísimas reacciones en la población.  Para quien no puede ir a trabajar y ve su fuente de ingresos disminuida, ha impreso naturalmente un sentimiento de preocupación, miedo y ansiedad, que compromete en muchos casos la convivencia cotidiana.  Para quienes tienen lejos a sus seres queridos, familiares y amigos, ha impreso un sentimiento de preocupación e incertidumbre; pero ha afinado, al mismo tiempo la sinceridad de los vínculos, que sobrepasa el contacto físico y alienta los tiempos de espera para un nuevo encuentro.

El tiempo de crisis ha revelado también, por una parte, la realidad de lo que somos y queremos y, por otra parte, la incapacidad de gestión de los tiempos aparentemente muertos.  Hay quienes viven alegremente este momento en un redescubrimiento de la convivencia familiar y comunitaria, hay quienes ya no soportan estar viendo todo el día las mismas caras. Se da una especie de vaivén entre la admiración por lo descubierto y la intolerancia por lo que ya se conoce.

El aburrimiento provocado por la inactividad inhabitual puede ser causa de conflicto y hasta de violencia.  Lo dicen de manera clara las estadísticas recientemente publicadas sobre el aumento de la violencia intrafamiliar. Así lo reconoce Antonio Gutierres, secretario general de las Naciones Unidas: “Con el aumento de las presiones económicas, sociales y del miedo, hemos visto un estremecedor repunte global de la violencia doméstica”. Las redes sociales, por su parte, se saturan con iniciativas varias para que se viva este tiempo de aislamiento de la mejor manera posible. No todas han suscitado, sin embargo, el mismo interés.

Yo creo, sin embargo, que la verdadera respuesta en estos tiempos de crisis nos la da una actitud constante de creatividad, acompañada de fidelidad.  ¿Qué significa esto? Hacer lo que tienes que hacer, pero cada día de una manera nueva.  Seguir queriendo a quienes tienes a tu lado y a los que están lejos, sin dar lugar a la monotonía, inventando cada día, nuevos caminos de convivencia. Quizás sea el momento de aplicar la parábola de los talentos en nuestro quehacer cotidiano (Cf. Mt 25,16) para no llegar con las manos y el corazón vacíos ante quien espera algo de nosotros.

En algunos casos, constato que la pandemia ha afianzado los lazos verdaderos entre las personas obligadas a la distancia por las circunstancias, pero ha puesto igualmente al descubierto la fragilidad de aquellas relaciones basadas en el interés y las emociones. Sin duda, aquí se ha podido verificar aquel adagio popular de que quien te quiere, lo hace en las buenas y en las malas. Tantas promesas de amor eterno y de pasión por lo que de verdad importa se han visto disminuidas durante esta crisis. Algunas se han extinguido por completo.

No podemos permitir, sin embargo, que el coronavirus nos robe la comunión fraterna, ni el cariño que profesamos hacia las personas que amamos. De ese contagio nos tenemos que cuidar, porque significaría la muerte de nuestras convicciones y, en fin de cuentas, el claudicar a nuestra capacidad esencial de amar y estar disponibles para todos. Aquí se me clavan en el corazón aquellas palabras de Jesús en su Evangelio, mientras anunciaba su pronto retorno: “También ustedes están tristes ahora, pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se la podrá quitar” (Jn 16,22). Hay algo más allá de todo lo que experimentamos ahora. Hay una promesa que no falla, hay una presencia que no abandona.

 

La responsabilidad como gesto sanador y solidario

Los gobiernos de muchos países han impuesto, para enfrentar la crisis, medidas que limitan la locomoción y el encuentro masivo de personas. Esto ha afectado varios ámbitos en los que estábamos acostumbrados a encontrarnos: los parques, el deporte, los centros comerciales, las iglesias, las escuelas, colegios y universidades, los centros de entretenimiento, las playas y los restaurantes.  En casos extremos, se ha suspendido el transporte público, se ha establecido el teletrabajo y el estudio virtual y se ha instaurado un estado de excepción para el desplazamiento de las personas y los vehículos a partir de una cierta hora del día y durante toda la noche. Asimismo, se han promovido una serie de prácticas de higiene para evitar que la epidemia se transmita comunitariamente y proteger, así, a la población más vulnerable.

Asistimos, sin embargo, no con poca indignación, a la desobediencia masiva de algunas directrices y a confundir, quizás influenciados por un creciente individualismo de nuestra sociedad y por la dependencia de la sociedad de consumo, las prevenciones con las vacaciones. Las aglomeraciones y los embotellamientos continúan, casi como para mostrar que nos importa poco la suerte de los demás. Actitudes como esta ocasionaron muchísimas muertes en Italia, España, Francia y más recientemente en los Estados Unidos.

La pandemia del coronavirus nos exige responsabilidad en todos los campos.  Responsabilidad, en primer lugar, para con nosotros mismos, lo que significa respeto por nuestro propio cuerpo, cuidado del don que con él recibimos.  No cabe duda de que la inactividad física requiere un control adecuado de nuestras dietas, acompañada de momentos de distracción y ejercicio.  Mantener este equilibrio es necesario para asegurar que otras enfermedades más letales que el coronavirus, no vayan a disminuir nuestras capacidades fisiológicas y mentales.

Pareciera, sin embargo, por la información que nos llega a través de los medios de comunicación, que nuestras cantinas y bares fueron sustituidos por nuevas formas de socialización alcohólica en encuentros clandestinos, irrespetando las recomendaciones y poniendo en peligro nuestra vida, a nuestras familias y a la población en general.  La crisis, y el “tiempo libre” a disposición han despertado también en muchas personas el deseo desenfrenado por las prácticas sexuales exogámicas, exponiéndose de igual manera a un posible contagio y a la transmisión de la enfermedad a las personas con las que convivimos.

En segundo lugar, responsabilidad para con el tiempo que tenemos a disposición. Estamos llamados a organizar nuestro tiempo entre lectura, estudio, ejercicio, entretenimiento, actividades manuales, oración y meditación. En período de cautiverio no se puede descuidar nuestra unidad estructural: actividad física, actividad intelectual, actividad volitiva.  Todos ellos son elementos que debemos de cuidar para mantener intacta nuestra integridad personal.

En tercer lugar, la situación actual nos convoca a una responsabilidad hacia el mundo y las cosas creadas.  Yo la llamaría simplemente solidaridad y responsabilidad ecológica.  Mi decisión de respetar o no lo que a diario se me propone para vencer la epidemia, tiene consecuencias reales sobre los habitantes de todo el planeta.  De mí depende que la crisis termine, de mí depende que el contagio no se expanda.  No puedo vivir ignorando lo que sucede, con el pensamiento de que aún estoy sano y la enfermedad no ha tocado a mi familia.  Esto sería una gran irresponsabilidad. No soy una isla en el universo, los demás necesitan de mi cuidado personal y del respeto que le doy a las normas de emergencia adoptadas.  Necesito urgentemente que mi responsabilidad se convierta en profecía de sanación para el mundo entero.

El imperativo de ser profetas sanadores me lleva a analizar otro aspecto igualmente importante.  En este tiempo de restricciones, estamos urgidos de una gestión responsable de nuestros recursos de supervivencia. Ante el anuncio de las primeras normas restrictivas, en muchos países la gente abarrotó los supermercados y tiendas, prácticamente saqueó estos lugares para acaparar lo que se pudo.  No estamos en tiempo de abundancia, no podemos permitirnos seguir gastando y consumiendo, mientras otros mueren de hambre porque quedaron sin su fuente de ingresos.  Nuestra responsabilidad solidaria pasa también a través del filtro de la austeridad.  Quizás, hoy más que nunca, haya que dar más espacio a la producción agrícola, tengamos que dar preferencia a los productos locales, debamos hacer una gestión ordenada de nuestras alacenas para evitar desperdicios y gastos superfluos.

Según estudios recientes, en los países europeos y algunos otros países del norte del globo, los más golpeados por la crisis, se ha visto un renacer ecológico.  La contaminación ambiental ha disminuido notablemente, la Tierra ha encontrado un espacio para respirar. Se ha liberado, por un cierto tiempo, de su enemigo mortal, del “homovirus” que destruye sus pulmones y gasta sus recursos.  Según algunos estudiosos, el coronavirus se ha desarrollado justamente en aquellas regiones donde la contaminación ambiental era mayor.

En estos días, mi comunidad me ha confiado el servicio del mantenimiento y cuidado del jardín y he podido apreciar elementos de la naturaleza, que, por mis afanes cotidianos, ya se habían ocultado a mi espíritu. Estamos llamados a recuperar de algún modo nuestro interés por la “casa común”, parafraseando la expresión del papa Francisco en sus recientes documentos.  Algunos países se propusieron en la reciente cumbre sobre el clima llegar al 2050 con producción cero de gases carbónicos.  Yo creo que la crisis actual acelerará ese propósito, si cada uno pone de su parte para hacer gestión de la basura, para no contaminar nuestros ríos, lagos y océanos, para usar más los medios de transporte públicos, para renunciar a la utilización de plásticos que destruyen y contaminan por siglos el ecosistema.

Por último, hay también una responsabilidad esencial a la que estamos todos llamados: yo la llamaría responsabilidad política.  No sabemos cuántos muertos ocasionará esta pandemia.  Algunas predicciones nos aterrorizan.

Hay enfermedades mundiales que son la causa de la muerte de millones de personas cada año, como las cardiopatías y la diabetes, debidas en gran parte a un ritmo estresado de vida y a hábitos nutricionales desequilibrados. Hay casi dos millones de personas que mueren anualmente en el mundo por accidentes de tránsito. Sin embargo, este tiempo de confinamiento me ha servido para darme cuenta de que existen otras pandemias en el mundo, que no son contabilizadas en tiempo real por ninguna aplicación y que golpean, sobre todo, a los más pobres y necesitados del globo.

Me refiero a los millones de personas que mueren anualmente a causa del hambre, por la distribución injusta de los bienes y recursos o por la explotación por manos de los que más tienen a los más desposeídos del mundo.  Me refiero a otras enfermedades, endémicas del sur del mundo, como la malaria, la tuberculosis y la meningitis, que causan cientos de miles de muertes, sobre todo entre los niños.  Me refiero a todos aquellos migrantes y refugiados que perecen en el intento de buscar una solución a la situación precaria que viven en sus países de origen. Me refiero a la plaga de la violencia social, nutrida por intereses económicos y de poder, que es la causa de millones de fallecidos en todo el mundo.  ¿Me siento yo responsable de todo ello? ¿Tengo conocimiento de lo que sucede en otras áreas del planeta, o estoy demasiado ocupado en mirar el “ombligo” de mis mezquindades cotidianas? ¿Qué gestos concretos cumplo yo en mi entorno para que estas injusticias cambien?

Hay que notar, que esta responsabilidad política debería interpelar profundamente también a la Iglesia, muy ocupada a veces en una pastoral de mantenimiento de estructuras y métodos y muy poco misionera, como lo denuncia el papa Francisco. Hoy no tenemos ya signos externos para manifestar nuestra fe, estamos llamados, sin embargo, a promover, hacer madurar y consolidar la Iglesia doméstica como experiencia profética y sanadora.

La responsabilidad personal, la solidaridad, la empatía, el cuidado de la casa común, la austeridad y la responsabilidad política podrían salvarnos de esta crisis, de modo que venzamos ese miedo y angustia que se ha instalado en el corazón de todos, fruto de la impotencia y de la incertidumbre. La decisión por la vida incumbe a cada uno en particular. Recordemos aquellas palabras de Jesús al joven rico: “Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos” (Mt 19,17).

 

Pasar de la pandemia a la homofonía

Pandemia y homofonía son términos que provienen del griego. Pandemia se refiere a “todo el pueblo” y aunque en su etimología no hay nada que insinúe la enfermedad, ha sido aplicada desde siempre al brote de enfermedades infecciosas que pueden ser transmitidas a nivel global.  Homofonía se refiere a “igual voz, deseo, voluntad” y podría ser traducido como solidaridad o unidad de esfuerzos.  Esta última acepción me gusta más. Entiendo con ello, la capacidad asertiva de buscar juntos un bien común.

Se trata entonces de superar el estado pandémico, con sus angustias, miedos, muerte, destrucción, hambre, pobreza, para llegar a un estado homofónico, caracterizado por la solidaridad, por la búsqueda del bien común, por la responsabilidad y austeridad en la utilización de los recursos, por actitudes concretas de acogida hacia aquel que sufre y llora en momentos de crisis.

Hoy, más que nunca, estamos invitados a fortalecer las relaciones interpersonales que nos hacen crecer, aquellas que siguen llenando el corazón a pesar de la distancia y la ausencia de gestos, aquellas que se nutren, no de la sospecha ni de la mentira, sino de la presencia que transforma, acoge y perdona.

La actitud misionera fundamental en este período de crisis es la búsqueda constante de los signos de la esperanza, en un mundo que quiere ser absorbido por el pesimismo.  Es verdad que esta pandemia hará que nuestro modo de ver el mundo, a los otros, el modo de ver a Dios y de ejercer nuestro ministerio, no vuelva a ser como estábamos acostumbrados a verlos.    Es verdad que esta urgencia sanitaria habrá puesto en jaque nuestro método y nuestro estilo de vida.  Pero a la luz de la esperanza, como creyentes en cautiverio, asumimos que tendremos que entrar, con pies, pensamiento y corazón en formas nuevas de convivencia, de solidaridad, de cuidado de la casa común. Si ya nada será como antes, pues que sea mejor lo que vendrá.

Quizás, este tiempo haya puesto al descubierto nuestra carrera desenfrenada por vivir al margen de los demás, por querer llevar adelante un proyecto personal que prescinde del amor, y, en fin de cuentas, de Dios. El silencio y la impotencia que se nos impone hoy, constituye probablemente el pasaje de la humanidad hacia una palabra con sentido, hacia el reconocimiento sereno de mi lugar en el mundo, donde todos, igualmente frágiles, igualmente necesitados, somos importantes y dependemos, por así decirlo, de la bondad y abnegación de muchos.

En estos días de aislamiento hemos visto resurgir amistades que creíamos perdidas, hemos notado cómo personas que apenas conocíamos se interesan por nosotros, por nuestra salud y por nuestra vida; hemos asistido también, triste decirlo, al colapso de relaciones que pensábamos eternas.  Hemos descubierto aspectos de las personas de nuestro núcleo familiar que antes estaban escondidos para nosotros. El asombro por el descubrimiento del otro habrá hecho de nosotros hombres y mujeres más pacientes y anclados en la realidad.

La “cultura de la muerte” que ha invadido nuestras sociedades, por intereses políticos y económicos, no puede ser el dictamen definitivo para nuestra historia. La fuerte voz que salía del trono en la visión de la Jerusalén celestial decía: “No habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas” (Ap 21,4). San Pablo increpa a la muerte diciendo: “¿Dónde estás, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,55). Al mismo tiempo que nos exhorta a mantenernos firmes e inconmovibles, progresando siempre y conscientes de que nuestro trabajo no es en vano (Cf. 1 Cor 15,58).  Jesús vino para que tuviéramos vida y vida en abundancia (Cf. Jn 10,10); ninguna experiencia terrena, por dura que sea, ni siquiera la muerte, pueden robarnos la esperanza que da sentido a nuestro caminar.

La pandemia no puede tener la última palabra.  Antes o después, el ingenio humano hará posible una cura para la enfermedad. Pero ninguna vacuna ni medicamento podrá librarnos de la pandemia del individualismo y de la indiferencia.  Si después de todo esto, no logramos aprender algo nuevo, estaremos verdaderamente enfermos, irrecuperables para nosotros mismos e inútiles para la sociedad.  Solo la homofonía vencerá esta pandemia.

Pbro. Carlos Humberto Rodríguez

Misionero Comboniano

carloshrod@outlook.com

Un comentario

  1. Excelente!!!! Muy bueno!! Todo una realidad!!!

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