A nuestros jóvenes en Formación de América-Asia

Domingo de oración por las vocaciones

¡Comboni nos acompaña!

En el mensaje del Papa Francisco en esta ocasión del domingo de Oración por las Vocaciones, toma como relato a los discípulos que van en la barca, luego de la multiplicación de los panes, en Mt 14, 22-33. Los discípulos sienten el temor ante la tormenta, y claro, seguro en momentos como ese, hasta la muerte se siente cerca. El temor de que nos pase algo, de lo incierto, de no tener de dónde agarrarnos.

El Papa afirma que en la aventura de este viaje difícil, no estamos solos. El Señor, casi anticipando la aurora en medio de la noche, caminó sobre las aguas agitadas y alcanzó a los discípulos, invitó a Pedro a ir a su encuentro sobre las aguas, lo salvó cuando lo vio hundirse y, finalmente, subió a la barca e hizo calmar el viento.

Sin querer hacer de lado la reflexión papal en sus diferentes puntos, que seguramente pueden también leer, me atrevo a quedarme con este punto: “en este viaje tan difícil no estamos solos”.

Si vemos nuestra historia como Instituto, y pensamos en Comboni, en su familia, en sus amigos y grandes colaboradores, dentro y fuera de la Iglesia, me atrevo a decir que ciertamente no hemos estado ni estamos solos. Cuánto se movió Comboni dentro de Europa y en África. Siempre acompañado por sus misioneros y bienhechores, por religiosas y religiosos, tanto en lo físico, como en lo espiritual. ¡Nunca solo! Quien gozaba como él de tantas personas y oraciones, no estaba solo. ¡Comboni nos acompaña!

No estamos solos porque también, detrás de nosotros, un gran número de misioneros nos han precedido. Cuando tengo en mano nuestro folleto de los difuntos de la familia comboniana, observo y me pregunto cuántas historias detrás de cada uno de ellos, cuántas sillas y reclinatorios habrán visto sus estudios y sus oraciones. Como ustedes, jóvenes en formación, cuánto habrán pasado y sentido –y en peores circunstancias para llegar a ser misioneros. Y ya en misión, ¡tantas luchas! Pero una vez más, ellos también nunca solos.

¡Y ellos nos acompañan también!

Y estamos juntos, no estamos solos, en nuestras casas de formación. ¡Cuántas historias tienen cada uno de ustedes! ¡Cuántos hogares y capillas han visto las lágrimas de madres y padres que los han dejado a ustedes embarcarse a rumbos nuevos! Muchas oraciones salidas de ellos, de párrocos, hermanas religiosas y religiosos, amigos de grupos, del barrio, de la Iglesia los han despedido y sobretodo apoyado. Seguimos sin estar solos. Y hay un mar de gente que cree en ustedes, cree en nosotros, por el simple hecho –que no es tan simple- de ser combonianos. ¡La palabra es grande y nos llena de orgullo… y lo sabemos! Están los formadores, los fieles de las parroquias, las señoras y viejitas que elevan sus oraciones y hacen sacrificios por los futuros misioneros, nuestros familiares y amigos. Imposible que nos sintamos solos.

Y si estas líneas están dirigidas a todos los formandos de nuestro continente América-Asia, nos hace ver que hay otros jóvenes que tienen la inquietud y el sueño de la misión. Soñamos el sueño que otros han logrado. Soñamos con servir, con amar la misión y entregarle el corazón. Soñamos con África, con América, con Asia, con Europa misioneros. Soñamos con ser felices descubriendo en el otro una razón para entregarnos, para dejar, para encontrar. Y para lograr este sueño no estamos nunca solos. Cristo, como el día de la barca, nos acompaña, camina hasta donde estemos, aunque sea sobre el agua, y entra en nuestra barca. Nos acompaña, guía, alimenta, fortalece, ilumina. Nos acompaña María, Reina de las Misiones. Y nos acompaña esa multitud de santos que entendieron que su vida es misión (tanto los canonizados como los que no, pero que igual velan por nosotros desde el cielo).

Que este día, la oración de cada uno de nosotros por todos, nos acompañe y nos haga sentir familia que reza unos por los otros, y que nos engrandecemos con la oración de quienes nos acompañan.

San Daniel Comboni y santos misioneros,

¡Rueguen por nosotros!

Pbro. Juan Diego Calderón Vargas, mccj

Superior Provincial Centroamérica

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