Amar, es venerar la huella viva de Dios

Reflexión del Evangelio

XVI Tiempo Ordinario

Ciclo A, evangelio según san Mateo 13, 24-43

Domingo 19 de julio, 2020

En el mundo salido bueno de las manos de Dios (Gen 1, 31), la presencia del mal queda un enigma. En el evangelio de hoy, con otras tres parábolas, Jesús desvela progresivamente el misterio del Reino de Dios. La primera, la del buen grano y de la cizaña (vv. 24-30), recibe como la del sembrador del domingo pasado, una explicación (vv 36-43): Mateo actualiza el cuento y lo aplica a las necesidades de las comunidades de su tiempo. Las otras dos, la de la semilla de mostaza y de la levadura quieren dar resalte a la fuerza irresistible del bien.

La semilla del Reino es más fuerte que el mal y puede fermentar el mundo entero.

Después de la muerte y resurrección de Jesús, las comunidades de Mateo veían que en el mundo había, sí, mucho bien, pero continuaba a crecer lozano también el mal. Y se preguntaban: “¿Por qué el Reino de los Cielos, inaugurado por Jesús, no había tenido un éxito total e inmediato?”. Y, como dice San Pedro (2Pe 3,4), algunos preguntarán en son de burla: “¿En qué quedó la promesa de su venida? Desde que murieron nuestros padres en la fe, todo sigue igual que al comienzo del mundo”. El enigma de la existencia del mal exige una explicación y el evangelista la da con la parábola de Jesús que acabamos de escuchar.

Es una parábola conducida sobre el contraste: entre la buena semilla y la cizaña, cuyas raíces se entrelazan con las del trigo y es imposible desarraigarlas sin arrancar también al trigo. Dios y Jesús toman a pecho el crecer, no el seleccionar. La paciencia de hacer crecer. Eso dice una confianza incondicionada de Jesús en el corazón humano. Jesús sabe que en el corazón del hombre buen grano y cizaña están abrazados, pero nos dice: “cuidado, no extirpen la cizaña, porque en el mismo tiempo extirparían también el buen grano”. Jesús conoce nuestros miedos e inquietudes, pero también conoce nuestros deseos de volvernos mejores, nuestros esfuerzos morales.

Jesús no sueña la eliminación del mal, sino hacer de eso una ocasión para que donde abunda el pecado, allá sobreabunde la gracia (cfr. Rom 5,20).

Ese abrazo de grano y cizaña no es solamente un problema del corazón humano, sino también de la historia, de la sociedad y de la Iglesia. De una Iglesia concebida como “societas perfecta”, salieron generaciones de moralistas que en nombre de la verdad y de la pureza de la religión, han vertido el insecticida a cada prado de la vida, a cada campo de la historia, haciendo morir las flores en el nombre de la presumida verdad.  Jesús, al contrario, nos aprende la confianza en Dios; nos dice que no hay frémito (palpitación) de deseo, de gozo o de miedo que no merezca una escucha paciente y que el arte de vivir no está en el extirpar, sino en el hacer crecer.

No sirve una iglesia de perfectos, de puros, de aquellos que dicen: “o bien eres de los nuestros o bien ¡fuera!”. Al cristianismo le ha hecho mucho daño a lo largo de los siglos el triunfalismo, la sed del poder y el afán de imponerse a sus adversarios. Queremos una Iglesia que no descarta, sino que recupera e infunde esperanza, pues Dios no está en éxito, el poder o la superioridad.

Nos cuesta admitir que “no hay en la tierra un solo hombre tan justo que haga sólo el bien y nunca peque” (Qohelet 7,20). Cierto, el mal no va justificado, pero Jesús nos exhorta a verlo con los ojos serenos y pacientes de Dios.  La paciencia evangélica es hija de la fe y hermana de la esperanza.

Es la fe que engendra la paciencia, porque nos consiente de ver en el campo del mundo la crecida de las semillas del evangelio entorno de nosotros y también en los campos fuera del campo de la Iglesia; sin fe, inevitablemente nos volvemos amargados e intolerantes. La misericordia que habremos tenido, nuestra fidelidad al Evangelio de la misericordia, será la medida que Dios utilizará con nosotros.

Con la parábola del buen grano y de la cizaña Jesús exhortaba a la paciencia y a la confianza. Con las últimas dos, de la semilla de mostaza, casi invisible, y de la levadura, Jesús quiere abrirnos al optimismo. La semilla de mostaza es la más pequeña de todas, pero cuando crece, se convierte en un gran arbusto que puede acoger a bandadas de jilgueros cobijándose en sus ramas. Dios nos conceda de captar el lento crecimiento de su reino. Lo mismo por la levadura que va trabajando silenciosamente la masa hasta fermentarla por completo. Así es el reino de Dios.

“Hemos de confiar en Jesús. El reino de Dios siempre es algo humilde y pequeño en sus comienzos, pero Dios está trabajando entre nosotros promoviendo la solidaridad, el deseo de la verdad y de la justicia, el anhelo de un mundo más dichoso. Hemos de colaborar con Dios, siguiendo a Jesús. Una Iglesia menos poderosa, más desprovista de privilegios, más pobre y más cercana a los pobres siempre será una Iglesia más libre para sembrar semillas de Evangelio y más humilde para vivir en medio de la gente como fermento de una vida más digna y fraterna” (José A. Pagola).

Es la certeza que en el Espíritu y en la palabra de Cristo – aunque insignificante a los ojos del mundo –  está presente la fuerza irresistible de Dios y veremos las tinieblas aclararse y la cizaña quedarse sin terreno. Y todo nuestro ser florecerá en la luz: “entonces los justos brillarán como el sol” (v. 43). “El gozo espiritual es la mejor señal de que la gracia habita en un alma” (San Buenaventura).

Tenemos que conquistar la mirada de Dios y buscaremos en cada uno lo positivo que Dios ha sembrado en él. Sólo lo positivo me dice la verdad de la persona. La semilla del Reino es más fuerte que el mal y puede fermentar el mundo entero, germinará y llevará frutos. Esa es la dulce esperanza. Podemos entonces amar a nosotros mismos y amar a los demás.  Amar, es venerar la huella viva de Dios, lo positivo, la espiga que no faltará, el granito de mostaza irresistible y tenaz.

El Evangelio busca en mí primero, no la ausencia de defectos que siempre tendré, sino la fecundidad del fruto bueno, porque a los ojos de Dios, el bien pesa más del mal, y una espiga de buen grano vale más de toda la cizaña de la tierra. Que el fuego del Espíritu que Jesús vino a llevar sobre la tierra (Lc 12,49) encienda nuestro corazón.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

PS: el 24 de julio es la memoria del Siervo de Dios padre Ezequiel Ramin, comboniano, que fue asesinado a Cacoal (Brasil), después de haber realizado una misión de paz a favor de un grupo de campesinos que reclamaban justamente por sus tierras. Ezequiel fue mi monaguillo a mi primera Misa, pues nuestras familias vivían en la misma parroquia en Padova. El escribía a unos niños: “Es hermoso soñar con hacer feliz a toda la humanidad. No es imposible”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *