Nuestra Señora de los Ángeles

Reflexión del Evangelio

XVII Tiempo Ordinario

Ciclo A, evangelio según san Juan 19, 25-27

Domingo 2 de agosto, 2020

Nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María desde el momento en que Jesús, muriendo en la cruz, nos la ha dado como Madre diciéndole: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”; y a Juan diciéndole: “He aquí a tu madre”.

María nos precede y continuamente nos confirma en la fe.

María aparece dos veces en el evangelio de Juan: al comienzo, en las bodas de Caná, y al final a los pies de la cruz. Lucas narra cómo al presentar al niño Jesús al templo para cumplir la Ley, Simeón, lleno de Espíritu Santo, fue también al templo y tomo al niño Jesús en sus brazos, feliz; pero dijo a María: “a ti una espada te atravesará el alma”.

Es lo que se realizó a María a los pies de la cruz, viendo a su hijo único sufriendo dolores inaguantables, él que había hecho tanto bien en sus tres años de vida pública. La presencia silenciosa de María apoya al Hijo en su entrega hasta la muerte, compartiendo sus sufrimientos interiormente. Y podemos pensar que Jesús viendo la cara y los ojos de su madre llenos de amor y de dolor, se conmovió.

Sin embargo, en medio de tantos sufrimientos, Jesús quiso entregar a su madre al discípulo amado. “He ahí a tu madre”.

“Estas palabras tienen un valor de testamento y dan al mundo una Madre. Desde ese momento, la Madre de Dios se ha convertido también en nuestra Madre. En aquella hora en la que la fe de los discípulos se agrietaba por tantas dificultades e incertidumbres, Jesús les confió a aquella que fue la primera en creer, y cuya fe no decaería jamás.

Y la mujer se convierte en nuestra Madre en el momento en el que pierde al Hijo divino. Y su corazón herido se ensancha para acoger a todos los hombres, buenos y malos, y los ama como los amaba Jesús.

La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y alegría” (Papa Francisco).

María entra así en la casa de Juan, el discípulo amado por Jesús, que ha permanecido fiel a su maestro hasta la crucifixión; María se vuelve así en Madre de la Iglesia. De este modo, nuestro camino de fe está unido de manera indisoluble a María, sobre todo en los momentos difíciles, de pruebas y sufrimientos.

Decía santa Faustina: “El sufrimiento es una gracia grande. A través del sufrimiento el alma se hace semejante al Salvador, el amor se cristaliza en el sufrimiento. Cuanto más grande es el sufrimiento, tanto más puro se hace el amor”.

María nos precede y continuamente nos confirma en la fe, en nuestra vocación y en la misión. Con su ejemplo de humildad y de disponibilidad a la voluntad de Dios, nos ayuda a traducir nuestra fe en un anuncio del evangelio alegre y sin fronteras.

Santa María Madre de Dios y nuestra, ruega por nosotros, sobretodo en estos momentos difíciles que vivimos todo el mundo por la pandemia del coronavirus.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

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