Pablo, recién convertido, ¿conocía la doctrina cristiana?

Grupo de Oración– Costa Rica

“Monseñor: Hace unos días estábamos reunidos (con todos los cuidados exigidos por el protocolo por causa del COVID-19) y leyendo los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 9, nos sorprendió que se dijera que Saulo (Pablo), “pasados unos días con los discípulos de Damasco, comenzó a predicar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios” (9, 20). Nos preguntábamos cómo fue posible que Pablo, apenas convertido, ya conociera tan bien la doctrina cristiana que la pudiera anunciar en las sinagogas.

Hubo un intercambio de opiniones, pero nos gustaría conocer también su pensamiento al respecto. Se lo agradecemos, Monseñor, y que Dios se lo pague”.

Jesús Resucitado, le aparece a Pablo, y hace que cambie radicalmente aquella falsa imagen que tenía de él.

Estimados todos del Grupo de Oración, creo que el mismo San Pablo nos indica el camino para una acertada respuesta.

Sabemos que, desde su juventud, aunque nacido en Tarso de Cilicia (actual sur de Turquía) recibió en Jerusalén una prolongada y profunda educación religiosa según la doctrina de los Fariseos. Parece que no tuviera ocasión de conocer personalmente a Jesús, pero pronto escuchó hablar de Él y constató que su mensaje iba difundiéndose rápidamente entre sus correligionarios. Para perseguirlo tan encarecidamente, tenía que tener cierto conocimiento del mismo.

Obviamente, él aceptaba la imagen “oficial” que las autoridades judías presentaban de Jesús: un falso profeta con pretensiones mesiánicas, que fue justamente condenado a muerte y de quien unos discípulos suyos, habiendo robado su cuerpo, afirmaban que estaba vivo (cfr. Mt 28,15).

En el camino hacia Damasco, Jesús Resucitado, le aparece y hace que cambie radicalmente aquella falsa imagen de Jesús. Ahora sabe y cree que Cristo vive y que es el Salvador.

En su carta a los Gálatas, Pablo recuerda esa experiencia sobrenatural, escribiendo: “Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó con su gracia, tuvo a bien revelar a mi a Su Hijo, para que lo anunciase entre los gentiles” (Gal 1, 15-16).

Gracias a ese “encuentro” con Cristo, y con los conocimientos bíblicos que él ya poseía y que le facilitaban su comprensión, Pablo con facilidad se adueñó del Kerygma, a saber, del contenido esencial del mensaje cristiano. Él mismo lo recuerda en su primera carta a los Corintios, escribiendo: “les transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí, que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras, que se apareció a Cefas (Pedro) y luego a los doce, después se apareció a más de 500 hermanos a la vez, de los cuales todavía la mayor parte viven y otros murieron” (1Cor 15, 3-6).

Como podemos apreciar, el mensaje evangélico esencial es presentado en esos pocos versículos, como transmitido, recibido y conservado para poderlo anunciar.

No era necesario pues, saber muchos otros elementos doctrinales, para que Pablo, a los pocos días de su conversión, pudiera “predicar a Jesús como Hijo de Dios” (Hch 9, 20-21).

Ahora llega la sorpresa…

De la carta de Pablo a los Gálatas, sabemos que él, después de su conversión no se dedicó enseguida a la predicación, sino que se retiró en una región al sur de Damasco, que Pablo denomina, como se usaba en su tiempo, Arabia (cfr. Gal 1, 17). De allá, San Pablo no nos informa después de cuánto tiempo, él volvió a Damasco, y es cuando se dedicó a predicar la Buena Nueva de Cristo. Ahí quedó tres años.

Leyendo los Hechos de los Apóstoles, pareciera que San Pablo se dedicara con valentía a predicar a Cristo “Hijo de Dios”, en Damasco, a los pocos días de su conversión… No es que San Lucas autor de los Hechos, contradiga lo que escribe de sí san Pablo en su carta a los Gálatas, sino que sencillamente simplifica los hechos y prescinde de la estadía de Pablo en “Arabia”.

Podemos pues llegar a una primera conclusión. Aunque San Pablo hubiese tenido suficiente conocimiento de Cristo Resucitado, para anunciarlo en Damasco, a los pocos días de su conversión, sabemos por el testimonio del mismo San Pablo, que no fue así. Entre su conversión y el comienzo de su abierta y valiente predicación, se dio un periodo de estudio y reflexión.

Recordamos que, de Damasco, después de 3 años de intenso apostolado, tuvo que huir, y los discípulos lo “descolgaron por la muralla, estando él dentro de una espuerta” (Hch 9,25).

Después de un rápido viaje a Jerusalén quedándose durante 15 días con Céfas-Pedro (cfr. Gal 1,18) volvió a Tarso de Cilicia en donde quedó hasta cuando San Bernabé le fue a buscar para que se integrara en la comunidad cristiana de Antioquía de Ciria. De allá empezaron sus viajes apostólicos y Pablo prosiguió su fecunda profundización sobre la doctrina cristiana, estimulada también por las varias y sorprendentes circunstancias y problemas que iban surgiendo a lo largo de sus viajes apostólicos. No hay que olvidar que cooperaron a su vivencia y comprensión profunda de la fe cristiana, las experiencias místicas y las revelaciones que Dios le iba concediendo (cfr. 1 Cor 11, 23).

Los extraordinarios frutos de su reflexión teológica constante, Pablo nos los heredó en sus Cartas. Todas ellas corresponden a escritos ocasionales, no son tratados teológicos, pero su extraordinaria riqueza y variedad nos permiten encontrar verdaderamente los elementos esenciales y fundamentales de su mensaje, que es el mismo mensaje cristiano, meditado, asimilado, vivido y anunciado.

Por Monseñor Vittorino Girardi Stellin, mccj

Obispo Emérito, Tilarán-Liberia

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