Caminar con fe

Reflexión del Evangelio

XIX Tiempo Ordinario

Ciclo A, evangelio según san Mateo 14, 22-33 

Domingo 9 de agosto, 2020

Tormenta y paz, incubo y serenidad, son los dos cuadros del leccionario de hoy: Elías en el monte Horeb, y los doce apóstoles en el lago.

La mano de Cristo, Señor del cosmos y de la historia, da seguridad e infunde esperanza.

Elías, el profeta cuya “palabra ardía como el fuego” (Sir 48,1), perseguido a muerte, ha llegado al monte Horeb-Sinaí, es decir a la fuente de la fe y de la historia de Israel. El suyo es un itinerario hacia el descubrimiento del verdadero rostro de Dios. Estaba acostumbrado a imaginarlo como a un poder implacable y triunfal. En la soledad de la montaña Elías busca entonces a Dios en el viento impetuoso que descuaja los montes y las peñas, en el fuego y en el terremoto.

Pero ese Dios soñado según sus deseos personales no se presenta a la cita con Elías. En efecto Dios escoge de presentarse a él en la tranquilidad y en la paz de una brisa tenue. Elías descubre que su celo por el Señor no era que fanatismo, dogmatismo e intolerancia religiosa. Pensaba ser el solo que había quedado adorando al verdadero Dios y no pudo ver que eran siete mil los hombres que no habían plegado sus rodillas a Baal (1R 19,18).

Y el profeta, velándose el rostro, pues nadie puede ver a Dios y quedarse vivo (Ex 33,20), conoce que Dios es simplicidad, intimidad, dulzura paciente y tierna presencia, espíritu y vida. Ahora sí, puede volver a sus hermanos (1R 19,19). Dios no quema las etapas sino espera pacientemente la fatigosa gestación del hombre nuevo, invitando a compartir sus mismos sentimientos de amor.

Viento borrascoso, oleadas impetuosas y miedo envuelven también la escena evangélica. Sin embargo, al aullido del viento y al hundirse de Pedro en las aguas y en la muerte, subintra la voz serena de Cristo en una especie de aparición pascual: “Animo, soy yo, no tengáis miedo”.  El pasaje se vuelve entonces en signo de un encuentro de Cristo con su Iglesia en dificultad y con “poca fe”, representada por su portavoz Pedro.

La mano de Cristo, Señor del cosmos y de la historia, da seguridad e infunde esperanza y gozo a la Iglesia en crisis, amenazada desde fuera por todas clases de fuerzas adversas, y tentada desde dentro por el miedo y la mediocridad, contagiándonos unos a otros desaliento, miedo y falta de fe. Aquella mano extendida hacia Pedro no es sólo su salvación sino también la nuestra.

Jesús nos ha obligado, como a los apóstoles, a embarcarnos solos, y a precederlo en la otra orilla. Cuando en medio de las tempestades de los sufrimientos y tentaciones habremos luchado lo mejor que podamos, y vigilado para evitar el naufragio de la fe, estamos seguros que cerca de nosotros llegará el Hijo de Dios, para aplacar el mar y caminando sobre las olas. Y nosotros también caminaremos con él sobre las olas de la tentación, del dolor y del mal.

Analicemos un poco más en los detalles ese magnífico pasaje del evangelio. Jesús está solo sobre el monte, a la presencia del Padre. Los discípulos están solos en el lago, en medio de las ondas agitadas y el viento contrario, en el miedo y en la lucha. Ya habían experimentado algo parecido, pero con Jesús que dormía en la barca (Mt 8, 23-27). ¡Si habían tenido miedo la primera vez, imaginémonos ahora que Jesús no está con ellos! Todavía no habían escuchado la palabra de Jesús antes de subir al cielo: “Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).

A nosotros también nos parece tantas veces de ser abandonados, solos con nuestras solas fuerzas a enfrentar las borrascas de la vida. ¡Cuántas veces hemos sentido que ninguna oración nos haya llevado una respuesta! Es el silencio de Dios, cuando nos preguntamos si nuestros sacrificios, nuestro compromiso por el bien valgan la pena.

Y, sin embargo, Jesús está siempre con sus discípulos, aun cuando no lo ven ni perciben su presencia. Él es la fuente de la fuerza de los remeros que no se rinden al viento contrario; está en la tenacidad del timonero que rige el timón a pesar de las ondas furiosas, está en el coraje de todos.

Y mi barca, símbolo de mi vida y de mi fe, entretanto avanza, no por el morir del viento, no porque se acaban los problemas, sino por el milagro humilde de los remeros que no se rinden y sostienen los unos la esperanza de los otros. Y van con el viento contrario. Dios no actúa en nuestro lugar, no nos saca de las tormentas, pero siempre nos sostiene dentro de las borrascas de la vida.

“Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua”, dice Pedro. A Jesús que le dice “ven”, Pedro echó a andar sobre el agua, porque tiene sus ojos fijos en su rostro, visible también en la noche. En seguida empieza a hundirse porque mira al viento: “viendo la fuerza del viento, tuvo miedo”. Mientras Pedro mira al Señor, atraviesa los problemas. Cuando mira al mar, a las olas, a las dificultades, empieza la bajada en el miedo.

Es el cuento de nuestra fe puesta a prueba. Fe: miro al Señor y me parece poder enfrentar cualquier cosa. Duda: miro a mis problemas y digo: “Nunca podré salir de ellos”. Salvación: “¡Señor, sálvame!”; y sentiré el calor de su mano que no me dejará ahogarme. No busco la omnipotencia de Dios, sino el socorro de su palabra que es fuente misteriosa de camino y me dice: “¡Ánimo, ven!”.

“¡Señor me hundo!”. Pedro está dudando y se hunde. Pero Pedro está hundiéndose y cree: “¡Señor, sálvame!”. Duda y miedo, fe e invocación. Me gusta ese apóstol, ese pescador tan humano en su oscilar entre una fe grande que lo empuja fuera de la barca en el agua, y su fe pequeña. Es allá que el Señor nos alcanza, en el centro de nuestra débil fe. Nos alcanza y no nos acusa sino más bien extiende su mano para agarrarnos.

“Caminar sobre el agua acercándonos a Jesús. Eso es creer. Caminar sobre el agua y no sobre tierra firme… Vivir sostenidos no por nuestra seguridad, sino por nuestra confianza en él. Reavivemos nuestra confianza en Jesús. No tengamos miedo” (José A. Pagola 2020). Y demos gracia al Señor que ha donado a su Iglesia al Papa Francisco que con su ejemplo y su palabra quiere que la Iglesia se purifique y se haga santa.

Jesús vendrá, dentro nuestra poca fe, a salvarnos de todos los naufragios. Y la pequeña y frágil barca que es nuestro corazón, avanzará hacia el fin de la noche, donde el grito se convierte en abrazo entre el hombre y su Dios.

Amén

Padre Franco Noventa, mccj

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