Soñar con la fraternidad y la amistad social

Guía para leer la nueva encíclica del Papa Francisco Fratelli Tutti

por Giacomo Costa SJ

Director de Actualizaciones Sociales

traducción de nuestra Redacción

Soñar con la fraternidad y la amistad social

En el trasfondo de la encíclica Fratelli tutti (FT) hay un deseo de compartir un sueño : «un nuevo sueño de fraternidad y amistad social que no se limita a las palabras» (n. 6), un sueño de realizar juntos » ¡como una sola humanidad, como viajeros hechos de la misma carne humana, como hijos de esta misma tierra que nos acoge a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos! » (n. 8). El sueño es una categoría muy querida por el Papa Francisco. Ciertamente no se trata de una cuestión de escapismo que te hace perder el contacto con la realidad de la vida cotidiana, sino de la visión capaz de orientar, de indicar el sentido del viaje, de impulsar el cambio.

Lo de una sociedad fraterna es un sueño antiguo, también señalado en el mensaje de Francisco de Asís, llamado «padre fecundo» (n. 4) precisamente por haber podido despertarlo, aunque hasta ahora se haya hecho añicos. Sin embargo, es un sueño demasiado precioso como para abandonarlo. Es por ello, que el punto de llegada de la encíclica es la nueva propuesta del llamado a la paz, a la justicia y a la fraternidad con el que se abre el Documento sobre la fraternidad humana, por la paz mundial y la convivencia común, firmado el 4 de febrero de 2019 en Abu Dabi conjuntamente por Ahmad al-Tayyib, Gran Imán de Al-Azhar, la mezquita-universidad de El Cairo. Ese Documento es una de las fuentes de la FT, pero sobre todo el Gran Imán es su interlocutor privilegiado, y es ampliamente citado en varias ocasiones.

Ahora conocemos el estilo de los documentos del Papa Francisco, y la FT no es una excepción. El texto es largo y muy complejo, tanto que una primera impresión puede incluso resultar confusa. Como siempre, en una lectura más cercana, el texto resulta ser orgánico aunque no sistemático. A los lectores occidentales, que básicamente esperamos que un documento «importante» como una encíclica se construya siguiendo una lógica rigurosa, se nos invita más bien a sumergirnos y dejarnos llevar por el texto, el que hay que abordar como si se escuchara una sinfonía.

Los tres pasajes de la encíclica

La fraternidad es un tema clásico del imaginario católico y de la predicación de la Iglesia, sobre el que ciertamente no faltan aportaciones. Prestar atención a los pasajes con los que el Papa Francisco marca su discurso resalta en el texto los elementos de originalidad. En particular, el texto marca tres pasos que conducen a la formulación del llamamiento final: 1) la conciencia de la urgencia de la fraternidad a partir de la realidad que vivimos; 2) un análisis en profundidad del análisis que hace resaltar motivaciones y obstáculos a un nivel más fundamental; 3) la identificación de los caminos concretos por los que el Papa invita a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, comenzando por los miembros de la Iglesia, a dar pasos para concretar el horizonte de la fraternidad y la amistad social.

No es difícil reconocer en esta estructura el esquema «reconocer – interpretar – elegir» que la exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013) propone como guía de los procesos de discernimiento: «Es oportuno aclarar lo que puede ser fruto del Reino y también lo que perjudica el designio de Dios, que implica no sólo reconocer e interpretar los movimientos del buen espíritu y del mal espíritu, sino -y aquí está lo decisivo- elegir los del buen espíritu y rechazar los del mal espíritu ». El mismo esquema también se utiliza como base de muchos otros documentos del Papa Francisco, abierta o implícitamente. Sin embargo, la aplicación del método nunca es de manera servil, pues cada nuevo caso marca nuevas facetas, lo que da fe de su fecundidad y versatilidad. En muchos sentidos, podemos leer la FT como el relato del camino de discernimiento personal que llevó al Papa Francisco a formular el llamamiento final «a la paz, la justicia y la fraternidad» (n. 285).

La urgencia de la fraternidad

El punto de partida es la conciencia de la paradoja de nuestra época, que a una globalización creciente corresponde una fragmentación y un aislamiento igualmente elevados: «A pesar de estar hiperconectados, se ha producido una fragmentación que ha dificultado la solución de los problemas que nos afectan a todos ”(n. 7). El estallido de la pandemia del COVID-19, que ocurrió mientras se redactaba la FT, solo hizo que esta paradoja fuera aún más evidente. Es una dinámica que atraviesa todas las dimensiones de la vida social: “Los conflictos locales y el desinterés por el bien común son explotados por la economía global para imponer un modelo cultural único. Esta cultura unifica el mundo pero divide a las personas y a las naciones, porque “la sociedad cada vez más globalizada nos acerca, pero no nos hace hermanos”. A pesar de los aparentes vínculos, estamos más solos que nunca en este mundo estandarizado que favorece los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia. Los que sí crecen son los mercados, donde las personas desempeñan el papel de consumidores o espectadores. El avance de este globalismo favorece normalmente la identidad de los más fuertes que se protegen, pero busca disolver las identidades de las regiones más débiles y pobres, haciéndolas más vulnerables y dependientes. De esta manera, la política se vuelve cada vez más frágil frente a los poderes económicos transnacionales que aplican el «divide et impera» «(n. 12). El escenario en el que todos estamos colaborando, más o menos conscientemente, es el de una cultura «vacía, lanzada hacia lo inmediato y desprovista de un proyecto común» (n. 17).

La reacción contraria, pero igualmente destructiva, es una nueva explosión de reivindicaciones particulares: «Se encienden conflictos anacrónicos que se consideraban superados, resurgen nacionalismos cerrados, exasperados, resentidos y agresivos. En varios países, una idea de unidad del pueblo y de la nación, impregnada de diferentes ideologías, genera nuevas formas de egoísmo y pérdida del sentido social, enmascaradas por una pretendida defensa de los intereses nacionales”(n. 11). Y esto da nueva vida a la cultura del descarte, porque lleva a considerar a algunos seres humanos como de segunda categoría, «sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un sector humano que puede vivir sin límites» (n. 18).

No se trata de una lectura ideológica de la realidad, sino de un sondeo cuidadoso y radical: «Es necesario tratar de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que hay diferentes formas de ver las dificultades y resolverlas» (n. 228). Sin embargo, el paso de «reconocer» no debe confundirse con un análisis puramente técnico, que incluso podría ser «confiado» a una agencia externa. Se trata, en cambio, de una operación más compleja, que involucra varias fuentes, pero sobre todo cuestiona la interioridad y la fe de quienes la llevan a cabo. Además de los datos de la realidad, entran en juego una pluralidad de referencias, partiendo de la Palabra de Dios y la tradición de la Iglesia.

Por eso, en el cap. 2, el Papa Francisco propone tomar como referencia la parábola del buen samaritano, con la intención de «buscar una luz en medio de lo que vivimos antes de trazar algunas líneas de acción» (n. 56). Es un icono iluminador, capaz de resaltar la opción básica que estamos llamados a cumplir cada día: frente a la parábola, «nuestras múltiples máscaras, nuestras etiquetas y nuestros disfraces caen: es la hora de la verdad».  ¿Nos inclinaremos para tocar y curar las heridas de los demás? ¿Nos inclinaremos para cargarnos sobre los hombros los unos a los otros? Este es el desafío actual, al que no debemos temer. En momentos de crisis, la opción se vuelve urgente: podríamos decir que, en este momento, quien no es brigante y quien no pasa a distancia, o bien está herido o lleva algún herido sobre sus hombros”(n. 70). La Palabra de Dios no contiene instrucciones prácticas que hay que aplicar, sino preguntas capaces de poner al desnudo la orientación de nuestro camino y de ayudarnos a modificarlo.

La ley del amor y el valor de la dignidad

«Abierto», término que aparece en el título de los capítulos. 3 y 4, marca el segundo pasaje, marcado por el verbo “interpretar”. Es una etapa indispensable pero delicada, porque está expuesta a engaños, ilusiones y seducciones de diversos orígenes, así como a la incertidumbre y el desánimo. Por eso, inmediatamente se recuerda la dinámica humana fundamental, la del amor que nos empuja a salir de nosotros mismos y, por tanto, representa la clave interpretativa fundamental. El amor: «crea vínculos y ensancha la existencia cuando hace que la persona salga de sí misma hacia el otro». Estamos hechos para el amor y hay en cada uno de nosotros «una especie de ley de ‘éxtasis’, que es, salir de sí mismos para encontrar en los demás un ensanchamiento del ser» (n. 88). Pero amar implica “algo más que una serie de acciones beneficiosas. Las acciones derivan de una unión que nos lleva cada vez más hacia el otro, considerándolo precioso, digno, agradable y bello, más allá de las apariencias físicas o morales ”(n. 94). Esta es la base sobre la que se puede construir una amistad social que no excluya a nadie y una fraternidad abierta a todos.

Todo lo que se opone a esta dinámica, que pone límites y barreras a la «ley de éxtasis», como los repliegues defensivos y autorreferenciales, dentro de los cuales «es posible estar cerca sólo de aquellos que permitan consolidar las ventajas personales, significa cerrarse». Así, la palabra «prójimo» pierde todo sentido, y sólo adquiere sentido la palabra «socio», aquel que se asocia para determinados intereses «(n. 102). El individualismo siempre acaba eliminando del horizonte la fraternidad, que «no es solo el resultado de condiciones de respeto a las libertades individuales, ni mucho menos de una cierta equidad regulada» (n. 103). Pero la desaparición de la fraternidad también afecta a la libertad y a la igualdad: «El individualismo no nos hace más libres, más iguales, más hermanos» (n. 105).

La piedra angular para pasar de un encerrase a la apertura es «un reconocimiento básico, imprescindible para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal: darse cuenta de cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia ”(n. 106). En el corazón de la FT está de hecho el reconocimiento de la dignidad inalienable de todo ser humano. En el plano de las ideas todos estamos convencidos de ello, pero cuando esta conciencia desciende al plano de la vida concreta, «plantea una serie de desafíos que nos mueven, nos obligan a asumir nuevas perspectivas y desarrollar nuevas respuestas» (n. 128).

Entre las muchas posibles, la FT opta por profundizar dos, a las que evidentemente se les reconoce un carácter paradigmático (cap. 4). De hecho, estos son dos de los temas más controvertidos que animan el debate en la política y la sociedad de muchos países, creando contrastes muy evidentes. Bajo su superficie, se agitan las tensiones de fondo entre las diferentes lógicas que subyacen a la dinámica social del mundo contemporáneo: investigarlas nos permite hacerlas emerger en plena luz, para reconocer cuándo están operando también en otros ámbitos.

La primera cuestión es la de los migrantes (nn. 129-141), que debe inscribirse en la lógica del don mutuo y de la gratuidad: «Esto nos permite acoger al extranjero, aunque por el momento no aporte un beneficio tangible. Sin embargo, hay países que petenden recibir solo a científicos e inversionistas”(n. 139). La segunda es la de la tensión entre lo local y lo universal (nn. 142-153), dentro de la cual está en juego hoy la cuestión de las identidades. La respuesta no puede ser la estandarización que iguala, pero tampoco el cierre y el repliegue: «En realidad, una apertura sana nunca entra en conflicto con la identidad. […] El mundo crece y se llena de nueva belleza gracias a sucesivas síntesis que se producen entre culturas abiertas, fuera de cualquier imposición cultural ”(n. 148).

Elegir la fraternidad

Reconocer la situación en que vivimos y aclarar las referencias con las que hay que interpretarla, permiten el paso a la «elección», es decir, a la identificación de los ámbitos en los que se pueden realizar el compromiso de construir la fraternidad y la amistad social. Los últimos cuatro capítulos de la FT están dedicados a esto.

En particular, el cap. 5 aborda el compromiso de la política, aclarando de inmediato el enfoque que propone: «Para hacer posible el desarrollo de una comunidad mundial, capaz de realizar la fraternidad a partir de pueblos y naciones que viven la amistad social, es necesaria la mejor política, puesta al servicio del verdadero bien común. Lamentablemente, la política de hoy a menudo adopta formas que obstaculizan el camino hacia un mundo diferente ”(n. 154). El capítulo trata temas de mucha intensidad, desde las tentaciones del populismo (en el que se corre el riesgo de degenerar la atención a la gente) y del liberalismo, hasta la importancia crucial del trabajo, la relación entre la caridad, incluida la política, y la verdad (‘encíclica Caritas in veritate de Benedicto XVI). La última parte del capítulo (nn. 193-197) está dedicada expresamente a quienes se dedican a la política.

El cap. 6 ofrece ideas sobre el diálogo, un tema siempre muy querido por el Papa Francisco: «No hace falta decir para qué sirve el diálogo. Me basta con pensar en lo que sería el mundo sin el diálogo paciente de tantas personas generosas que han mantenido unidas a familias y comunidades. El diálogo perseverante y valiente no convierte las noticias en enfrentamientos y conflictos, sino ayuda discretamente al mundo a vivir mejor, mucho más de lo que nos damos cuenta” (n. 198). Un largo desarrollo (nn. 206-214) está dedicado a la relación entre verdad y diálogo. Este último sólo puede sostenerse en la maduración de «un respeto sincero por la verdad de la dignidad humana» (n. 207), sin el cual ninguna sociedad puede tener futuro: «Que todo ser humano posee una dignidad inalienable y una verdad correspondiente a la naturaleza humana más allá de cualquier cambio cultural ”(n. 213). Y esta es la raíz de la posibilidad «de ceder algo por el bien común. Nadie podrá poseer toda la verdad, ni satisfacer la totalidad de sus deseos, porque esta pretensión llevaría a querer destruir al otro negando sus derechos” (n. 221).

II cap. 7, titulado «Caminos hacia un nuevo comienzo», aborda una cuestión especialmente espinosa: ¿qué significa trabajar para resolver y superar conflictos, cómo es necesario hacerlo en la perspectiva de la paz y la amistad social, sin negar la verdad de las causas que los han desencadenado y sobre todo los efectos que han producido, lo que implicaría una mayor violación de la dignidad de las víctimas? El diálogo está llamado a convertirse en un instrumento de reconciliación, que no puede omitir la búsqueda de la verdad: «La verdad es contar a las familias destrozadas por el dolor lo que les sucedió a sus familiares desaparecidos. Verdad es confesar lo sucedido con los menores reclutados por los operadores de la violencia. Verdad es  el reconocimiento del dolor de las mujeres víctimas de la violencia y el abuso. […] Toda violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; toda muerte violenta «nos rebaja» como personas «(n. 227). Pero esta búsqueda no puede conducir a la venganza: esta es la razón que lleva al Pontífice a ofrecernos dos intuiciones complementarias, la primera sobre el perdón y la segunda sobre la memoria. Finalmente, la FT reflexiona sobre dos situaciones extremas que se dan cuando se renuncia al camino del diálogo y la reconciliación: la guerra (nn. 256-262) y la pena de muerte (nn. 263-270). Ambas «son respuestas falsas, que no resuelven los problemas que pretenden superar y que en última instancia sólo añaden nuevos factores de destrucción al tejido de la sociedad nacional y mundial» (n. 255).

Finalmente, el cap. 8, que culmina con el llamado «a la paz, la justicia y la fraternidad» (n. 285) que retoma el documento de Abu Dhabi, reflexiona sobre la tarea de las religiones al servicio de la vida fraterna en el mundo, es decir, sobre el papel insustituible que también pueden ellas jugar dentro de sociedades pluralistas y secularizadas: “Partiendo de nuestra experiencia de fe y de la sabiduría que se ha ido acumulando a lo largo de los siglos, aprendiendo también de muchas de nuestras debilidades y fracasos, como creyentes de las diferentes religiones sabemos que hacer presente a Dios es bueno para nuestras sociedades. Buscar a Dios con corazón sincero, siempre que no lo empañemos con nuestros intereses ideológicos o instrumentales, nos ayuda a reconocernos como compañeros de viaje, verdaderos hermanos” (n. 274).

La última palabra: la oración

La última palabra es la invitación a la oración, es decir, la invitación a los creyentes a ponerse a trabajar por la fraternidad y la amistad social de una manera auténticamente religiosa. En efecto, la oración no es una renuncia a las propias responsabilidades, sino la apertura, en el corazón de cada creyente, de un espacio de encuentro con la alteridad más radical, la de Dios. Será este espacio el que se convertirá en escuela para la relación con toda otra alteridad en las dinámicas interpersonales y en la vida política y social, y sobre todo para dar los criterios de evaluación sobre la bondad de la dirección en la que se camina para construir la fraternidad. El papel de las religiones como catalizadores del diálogo y la armonía en la sociedad no puede prescindir de esta raíz auténticamente mística.

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