SEMANA SANTA 2018

Leamos con atención nuestras oraciones presidenciales durante esta Semana Santa

 

Durante las celebraciones de la Semana Santa, a veces muy preocupados –justamente- por brindar a nuestros feligreses el mejor modo de vivir el Misterio Pascual, del que hacemos memoria, corremos el riesgo de olvidar, que nuestro ministerio sacerdotal, sobre todo cuando fungimos como presidentes de la asamblea, es ya anuncio vivo de lo que se celebra.

He querido tomar para esta ocasión el texto de la oración colecta de cada una de las celebraciones principales de esa semana, en las que no solo se anuncia el misterio celebrado, sino que nos proponen un verdadero camino de reflexión y acción misionera.

Ellas recogen en un primer momento la acción salvífica de la Trinidad, que se realiza en la entrega de Jesucristo hasta la muerte y que restaura la humanidad entera en su resurrección. De esta acción salvífica, nacen para la Iglesia una serie de actitudes que la configuran con el Maestro. Y no solo eso. Brotan también para todo creyente los elementos fundamentales que alimentan todo su caminar y su acción misionera en el mundo.

Quizás estas reflexiones nos ayudarán en este tiempo de gracia, a preparar no únicamente la “exactitud” de unos ritos, o la belleza de una homilía, o el colorido de las procesiones, o incluso la adecuada distribución de los ministerios en cada celebración. Nos ayudarán a comprender que en el momento de pronunciar la oración colecta en nuestras eucaristías, o la oración introductoria del viernes santo, estamos configurándonos con Cristo, pues el misterio celebrado se realiza primero en nosotros, que actuamos en su Persona; pero también nos configuramos a todo el pueblo que participa en ellas, de quien recogemos “las angustias y las esperanzas” y las elevamos al Padre en Jesucristo, por el Espíritu Santo.

Recorramos, pues, el camino que nos propone la Iglesia.


DOMINGO DE RAMOS

 

Dios todopoderoso y eterno, que quisiste que nuestro Salvador se hiciera hombre y padeciera en la cruz para dar al género humano ejemplo de humildad, concédenos, benigno, seguir las enseñanzas de su pasión y que merezcamos participar de su gloriosa resurrección. Él, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

Seguir las enseñanzas de la Pasión de Cristo, su humildad y obediencia, no nos sumerge en una visión pesimista de la historia. Curiosamente, al igual que en Domingo de Pascua, la palabra clave aquí es RESURRECCION. La última y definitiva llamada de Dios a todo el género humano es la transformación de todas las cosas, la transformación del mundo, que espera ansiosamente su resurrección. Por lo que toda obra nuestra que busque la justicia, la paz y la integridad de la creación, es trabajo de resurrección. La entrada de Jesús a Jerusalén encuentra su sentido no en la aclamación eufórica de la multitud, sino en la restauración del cosmos y de la historia, a través de su muerte y resurrección.


MISA CRISMAL

 

Dios y Padre nuestro, que ungiste a tu Unigénito con el Espíritu Santo, y lo constituiste Cristo y Señor; concede a quienes participamos ya de su consagración que seamos en el mundo testigos de su obra redentora. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

 

La consagración del santo crisma y la bendición de los óleos nos recuerda que vivimos nuestra especial vocación en la óptica de la consagración. Hemos sido “separados” por Dios, ungidos para una misión santa. Esta misión se realiza plenamente cuando aceptamos ser TESTIGOS de la obra de Dios en el mundo. No somos un grupo de privilegiados con ciertos derechos especiales. La unción no nos hace dueños y señores de una grey; nos hace mártires. La obra redentora de Jesucristo se hace vida en nosotros cuando aprovechamos cada momento de nuestra existencia –a tiempo y a destiempo, según las palabras del Apóstol- para anunciar, hasta los confines de la tierra, ese abrazo entre el cielo y la tierra que Jesús mismo realiza.


MISA VESPERTINA DE LA CENA DEL SEÑOR

 

Dios nuestro, reunidos para celebrar la santísima Cena en la que tu Hijo unigénito, antes de entregarse a la muerte, confió a la Iglesia el nuevo y eterno sacrificio banquete pascual de su amor, concédenos que, de tan sublime misterio, brote para nosotros la plenitud del amor y de la vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

 

La participación al banquete pascual del amor, del que somos ministros, nos pone, inevitablemente, ante el misterio del amor y la vida. En un mundo lacerado por la violencia e inmerso en tantas manifestaciones que atentan contra la vida, estamos llamados a convertirnos en MINISTROS DEL AMOR Y DE LA VIDA. El discurso de Jesús en la última cena y todos los gestos que realiza en ella, no pretenden crear un amoroso círculo de amigos, sino más bien ensanchar el horizonte de la vida de Dios que se manifiesta en el amor al prójimo. Toda palabra y todo gesto nuestro huele a Jueves Santo, cuando es capaz de suscitar solidaridad, cuando logra arrancar de la muerte a, quien tantas veces, hasta se complace en ella. Mi ministerio, por lo tanto, cuando no lleva vida, puede incluso enterrar hasta las más bellas manifestaciones de fraternidad.


VIERNES SANTO DE LA PASION DEL SEÑOR

 

Señor Dios, que por la Pasión de nuestro Señor Jesucristo nos libraste de la muerte heredada del antiguo pecado, concédenos asemejarnos a tu Hijo, y haz que, así como naturalmente llevamos en nosotros la imagen del hombre terreno, por la gracia de la santificación, llevemos también la imagen del hombre celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

Por su Pasión y muerte en la Cruz, Dios no solo nos libra del pecado, sino que nos asemeja a Cristo, nos convertimos en imágenes de Cristo; o sea, que, con nuestro ministerio irradiamos el mismo sacrificio de Cristo. Y por lo tanto, estamos llamados a ser PUENTE entre nuestra condición humana santificada por Cristo y la gracia del don divino hecho en la humanidad en Jesucristo. Nuestro ministerio, de alguna manera, expresa esta unión entre el hombre terreno y el hombre celestial. Es un ministerio para todos los hombres y mujeres de este mundo, en su realidad concreta, pero en vistas de una condición nueva, transformada por la Cruz. Es PUENTE y no muro, como nos enseña el papa Francisco.


VIGILIA PASCUAL

 

Dios nuestro, que haces resplandecer esta noche con la gloria de la resurrección del Señor, aviva en tu Iglesia el espíritu de adopción filial, para que, renovados en cuerpo y alma, nos entreguemos fielmente a tu servicio. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

La renovación integral de la persona, realizada en el evento glorioso de la resurrección, es la base sobre la que se apoya el centro de nuestro ministerio. Es en esta conciencia de vida nueva –más que en el acontecimiento de la última cena-, donde se nos invita al SERVICIO. Y no a cualquier servicio, sino a una entrega en la fidelidad. Nuestro ministerio nos convierte en obreros de la integralidad de la persona. Todos nuestros esfuerzos buscan la realización plena de las personas que nos son confiadas. Nuestra tarea es la de seguir mirando hacia los «nuevos cielos» y la «nueva tierra» (2 P 3,13), e indicárselos a cada hombre, para ayudarle a vivir su vida en la dimensión del sentido auténtico. «Gloria Dei vivens homo»[1]: el hombre que vive en plenitud su dignidad da gloria a Dios, que él mismo le dio.


DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCION DEL SEÑOR

 

Señor Dios, que por medio de tu Unigénito, vencedor de la muerte, nos has abierto hoy las puertas de la vida eterna, concede a quienes celebramos la solemnidad de la resurrección del Señor resucitar también en la luz de la vida eterna, por la acción renovadora de tu Espíritu. Por nuestro Señor Jesucristo.

 

El horizonte nuevo que nos abre Jesucristo con su resurrección gloriosa, nos convierte inmediatamente en receptáculos de los dones del Espíritu Santo y de su obra santificadora en el mundo. Nuestro ministerio, netamente pascual, no es otro que el ser TESTIGOS DE LA LUZ, en medio de las tinieblas que nos proponen la violencia, la venganza, el odio, la manipulación, la discriminación, la mentira, la indiferencia, la tristeza, etc. Un ministerio sacerdotal “apagado”, no es pascual, ni transformador. Un ministerio sacerdotal que no es claro y que no promueve la autenticidad en la comunidad, corre el riesgo de no ser profético. No se trata de una luz que “encandila”, sino de un humilde intento de iluminar un camino de vida y de paz.

 


OBRA TRINITARIA EN LA IGLESIA OBRA NUESTRA EN EL MUNDO
Encarnación

Cruz

Humildad

Participar de la Resurrección Seguir las enseñanzas de la pasión Resurrección del mundo
Jesús Cristo y Señor

Ungido por el Espíritu Santo

Participar de su consagración Testigos de su obra redentora Testigos hasta los confines del mundo
Jesús se entrega a la muerte

Confía su obra a sus amigos

Participar del banquete pascual del amor Plenitud del amor y la vida Ministros del amor y de la vida en el mundo
Jesús libra del pecado por su Pasión Asemejarnos a él Llevar la imagen del hombre celestial Puente entre lo divino y lo terreno
Jesús, gloria de la resurrección Hijos renovados en el cuerpo y en el alma Entregarse fielmente a su servicio Obreros del hombre integral
Jesús, vencedor de la muerte, abre las puertas de la vida eterna El Espíritu nos renueva Resucitar en la Luz de la vida eterna Testigos de la luz en medio de las tinieblas del mundo

P. Carlos Humberto Rodríguez, mccj

[1] Ireneo de Lyon, Adversus haereses, IV, 20, 7

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