DIOS LLAMA UNO A UNO

 


«Yo te he rescatado, yo te llamé por tu nombre, tu eres mío». La llamada universal a la santidad no puede entenderse como una llamada que se diluye en algo abstracto, poco concreto. Lo que realmente existe es cada una de las personas que constituimos la Humanidad. Dios nos llama a cada uno por nuestro propio nombre. Es una elección, un designio: una llamada personal. «Si en la Iglesia no todos van por el mismo camino, sin embargo, todos están llamados a la santidad y les ha caído en suerte la misma fe en la justicia de Dios».

El Espíritu ha suscitado, a lo largo de la historia de la Iglesia, diversos «carismas» que han sido cami­no en el que muchos cristianos han realizado su en­cuentro personal con Dios. «Quiere el Señor a los su­yos en todas las encrucijadas de la tierra. A algunos los llama al desierto, a desentenderse de las preocupaciones de la sociedad de los hombres, para hacer que esos mismos hombres recuerden a los demás, con su testimonio, que existe Dios. A otros les enco­mienda el misterio sacerdotal. A la gran mayoría los quiere en medio del mundo, en las ocupaciones terrenas. Por lo tanto, deben estos cristianos llevar a Cristo a todos los ámbitos donde se desarrollan las tareas humanas: a la fábrica, al laboratorio, al traba­jo de la tierra, al taller del artesano, a las calles de las grandes ciudades y a los senderos de la montaña».

Pero tú te puedes preguntar: “¿Para ser santo en medio del mundo tengo que seguir un «carisma» con­creto, algo ya establecido y aprobado por la Jerar­quía, o con cumplir lo que yo crea oportuno es sufi­ciente? La respuesta es sencilla, pero no simple. Sin lugar a dudas, uno puede santificarse en medio del mundo según Dios le dé a entender. Pero normal­mente Dios se sirve de Instituciones para encauzar esos deseos de santidad, porque como decía un ami­go mío: «el que corre bien, pero fuera de camino, lle­ga pronto a donde no quería.» No es fácil construirse una santidad en solitario. El mismo hecho de que el hombre sea un «ser social» nos indica que necesita de los demás para alcanzar su fin. Y esto también ocurre con la santidad. Por eso te decía que el Espí­ritu Santo ha suscitado caminos de santidad para fa­cilitar el llegar a cumplir los deseos personales de santidad. Por eso dentro de la llamada universal a la santidad, los caminos para alcanzarla son múltiples y dentro de cada uno de ellos la elección es personal.

Cada uno de nosotros debe enfrentarse con Dios, buscar lo que quiere para cada uno, pues las posibi­lidades son muchas y todo el problema estriba en responder a lo que quiere Dios de cada uno. De ti que tienes nombre y apellido, una situación concreta, unos estudios, un trabajo, unas condiciones naturales… ¿Cuál debe ser tu respuesta? «Una persona joven, al entrar dentro de sí y a la vez iniciar el coloquio con Cristo en la oración, desea casi leer aquel pensamiento eterno que Dios creador y Padre tiene con ella. Entonces se convence de que la tarea que Dios le asigna es dejada completamente a su liber­tad y, al mismo tiempo, está determinada por diver­sas circunstancias de índole interior y exterior. La persona joven, muchacho o muchacha, examinando esas circunstancias, construye su proyecto de vida y a la vez reconoce este proyecto como la vocación a la que Dios le llama».

Y conviene no perder de vista que esta llamada personal es gratuita: «Subió a un monte y, llamando a los que quiso, vinieron a Él». Dios nos llama por­que quiere. Ni por nuestras virtudes, ni por nuestro talento, ni por nuestra situación social, ni por nada: simplemente porque quiere. Nos lo recordaba recien­temente Juan Pablo II: «Y al igual que Jesús llamó a Santiago y a los otros Apóstoles, también nos llama a cada uno de nosotros. Cada uno de nosotros (…) tie­ne que entender y creer: «Dios me llama, Dios me en­vía.» Desde la eternidad, Dios ha pensado en noso­tros y nos ha amado como a personas únicas e irre­petibles. Él nos llama y su llamada se realiza a través de la persona de Jesucristo que nos dice, como ha dicho a los Apóstoles: «Ven y sígueme». ¡Él es el Camino que nos conduce al Padre».

Mas aún. Pásmate—porque humanamente no se entiende- ante estas palabras de San Pablo: “Eligió Dios la necedad del mundo para confundir a los sabios y eligió Dios la flaqueza del mundo para confundir a los fuertes; y lo plebeyo, el desecho del mundo, lo que no es nada, eligió Dios para destruir lo que es…» Si te parece imposible que Dios te eli­giera, dadas tus actuales condiciones personales, creo que este pasaje del Apóstol te hará pensar de otro modo.

Pero sigamos. La vocación del hombre de la ca­lle, del que busca a Dios en medio del mundo tiene un matiz peculiar -además de aspirar a la santi­dad- que la caracteriza: «la vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apos­tolado». No se entiende una santidad si no es apos­tólica. Cuando uno encuentra a Dios lo hace partíci­pe a quien tiene alrededor. «Siendo propio del esta­do de los laicos vivir en medio del mundo y de los ne­gocios seculares, están llamados por Dios para que, movidos por el espíritu cristiano, ejerzan su aposto­lado en el mundo obrando como un fermen­to».

El apostolado es, incluso, una consecuencia lógi­ca de nuestra naturaleza. Cuando estamos entusias­mados por algo -por el trabajo, por un aconteci­miento – vamos corriendo a nuestros amigos a contárselo, a hacerles partícipes de aquella alegría, de aquel suceso. Va contra nuestro modo de ser ca­llarnos ante un entusiasmo personal. Incluso, a ve­ces, nos pasamos. Cuando uno encuentra a Dios, cuando uno es consciente de su llamada, ésta se convierte en apostólica.

Para el hombre corriente, santidad y apostolado forman un conjunto inseparable. La santidad es apostólica y el apostolado es fruto del trato con Dios.

 

Les deseo Buena meditación. El próximo tema: los medios para descubrir la llamada.

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