La decisión de la voluntad

P. Fabrice Giovanni Agbetiafa

Reflexiones para jóvenes que buscan a Cristo… y están dispuestos a seguirlo por dónde Él los llame, ¡con valentía y generosidad!

Ahora bien, la ausencia de coacción interna y ex­terna, y el ponderar libremente la respuesta a Dios no podemos entenderlo, en el tema que nos ocupa, como un frío sopesar de argumentos.

No podemos pen­sar que se logra ver la vocación con cálculos huma­nos, con un contraponer los pros y unos contras, como si analizásemos un artículo de consumo. El corazón tiene que estar vibrante: encendido por la oración, por el trato personal con Cristo. Sólo así podremos mover a la voluntad a que se decida.

Por una parte, no puede haber coacción alguna. «En última instancia, es claro que las decisiones que determinan el rumbo de una vida, ha de tomarlas cada uno personalmente, con libertad, sin coacción ni presión de ningún tipo». Por otra parte, no pue­des quedarte en un razonamiento exclusivamente in­telectualista. ¿Has pensado alguna vez por qué, por ejemplo, quieres a tu madre, o por qué has elegido tales estudios? En cuanto quieras racionalizarlo has­ta sus últimas consecuencias te darás cuenta de que se ha escapado la «razón», como el agua entre las manos.

Y es que la vocación, como el amor humano, no puede analizarse como un proceso químico. No quie­re decirse con eso, que sea un proceso irracional, pero para salir de la duda hace falta tener corazón, y un corazón grande.

Es en el corazón, en tu conciencia, donde se li­bra la batalla decisiva. No puedes ver el tema que nos ocupa desde un ángulo neutral, frío. Tienes que tener presente que Dios te está llamando y quiere tu respuesta. Tu aceptación será libre, pero el que sea libre no implica que se cumpla la voluntad de Dios cuando uno responde negativamente a la llamada.

Si Dios llama, la única posibilidad que tiene el hombre es responder que SI, a no ser que uno quie­ra condenarse al fracaso de su vida. La libertad no ra­dica en la posibilidad de decir sí o no, sino en decir que sí a la llamada de Dios.

Nuestra corresponden­cia es voluntaria y libre. Si tú has visto claro que Dios te urge a una vida de entrega, debes responder afir­mativamente. Piensa que antes de que naciésemos Dios nos llamó, nos eligió. Por lo tanto, nuestra única razón de ser en el mundo es ser de Dios. Nuestra negativa se convierte en un no-ser, en una nada, en un vacío absoluto, en un no encontrarnos a nosotros mismos, porque hemos dejado de ser lo que Dios ha­bía querido que fuésemos.

Piensa bien estos razonamientos con el corazón lleno de un trato con Dios; con una mirada al mundo que te rodea necesitado de tu fidelidad a la vocación a la que has sido llamado.

BUENA MEDITACIÓN

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *