III Lección de Aula Misionera
Antes de volver al Padre, que lo había enviado, Jesús mandó a los apóstoles que fueran por el mundo para anunciar el evangelio. El mandato de Jesús sigue resonando en los oídos y en el corazón de todo cristiano, para que asuma el compromiso de la evangelización, de acuerdo a su vocación específica.
Hablando a los obispos de América, el Papa Juan Pablo II les decía que la Nueva Evangelización, a realizar en el continente, se propone poner a Jesús en la mente y en el corazón de cada latinoamericano, para que pueda anunciarlo con su boca a los demás.
El origen, el centro y la meta de la evangelización es Jesucristo. “Evangelizar – afirma Pablo VI en la «Evangelii Nuntiandi» – constituye la dicha y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda y su misión específica (EN 14). No hay evangelización en sentido propio y pleno mientras no se anuncie la persona y la obra de Jesús de Nazaret. La Misión debe anunciar el nombre, la doctrina, la vida, las promesas y las exigencias de Jesús.
Jesús vino para inaugurar el Reino. Él es la realización del Reino de Dios, pues en El habita y manda Dios. Él es el rostro humano de Dios y el rostro divino del ser humano. Cristo ha de ser anunciado con el gozo y con la fuerza que da el Espíritu Santo, a quienes, por el anuncio de la Palabra, creen en él y lo aceptan y proclaman como su Señor.
1. La Misión brota del encuentro personal con Jesús

San Daniel Comboni es testimonio para nosotros en la búsqueda del cumplimiento al llamado del Señor.
El testimonio es la primera forma de anunciar a Jesús. El Nuevo testamento evidencia un hecho: los que se encuentran con Jesús cambian su modo de ser, actúan como creaturas nuevas: su vida se transforma, los enfermos sanan, los poseídos son liberados, los pecadores se convierten, todos glorifican a Dios.
De Jesús – puntualiza el evangelista Lucas – sale una fuerza que sana a todos y los pone en la justa dirección, los hace verdaderos, auténticos. Precisa luego que esa fuerza es el Espíritu Santo. Encontrar a Jesús y conocerle es la gracia más grande, es entrar y gozar ya de la vida. Los evangelios nos dicen que la “conversión”, de la que nos habla la Biblia, es conversión a Jesús, conocerle, aceptarle y entrar en su órbita haciéndolo “Señor” de nuestras vidas y personas”. San Juan no habla de conversión, sino de “ver a Jesús”, “conocerle”, “estar, permanecer en Jesús”.
San Pablo expresa su conversión en términos de pasar del desconocimiento al conocimiento de Cristo, como de la oscuridad a la claridad de la luz: “Dios que me llamó desde el seno materno por su gracia, tuvo a bien revelarme a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles” (Gal 1,15-16)
Para Pablo conocer a Cristo es el gran don que Dios nos hace y constituye la meta de nuestras aspiraciones. En la carta a los Filipenses confiesa en actitud de súplica: “Considero que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús… Quiero conocerle y experimentar en mí el poder de su resurrección y la comunión con sus padecimientos para ser partícipe de su gloria” (FIp 3,10 -11).
2. Muéstrame tu rostro, Señor
El evangelizador no es un charlatán, sino un testigo. Avala el anuncio con el testimonio de una vida vivida integralmente en la verdad de Cristo, impregnada de su luz y de su amor. San Juan en su primera carta subraya que los apóstoles hablan de lo que han visto, tocado y vivido a contacto con el verbo de la vida: “Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida, pues la vida se manifestó, y nosotros lo hemos visto y damos testimonio” (1 Jn 1,1-2).
El anhelo y ardiente deseo de todo ser humano lo expresa la Biblia en sus plegarias: “Muéstrame tu rostro… Tu rostro buscaré, Señor”. Moisés, a quien Dios había revelado su nombre “Yavhé”, le pedía que le permitiera ver su rostro. “Mi rostro – le respondía Dios – no lo verás” (Ex 33, 18-23). Dios reservaba este privilegio para nosotros en la plenitud de los tiempos. El nos concede ver su rostro en Cristo, Hijo único del Padre, “imagen visible del Dios invisible”.
El apóstol Juan relata en su evangelio un episodio estupendo, que conmocionó a Jesús y lo llenó de una inmensa alegría: “Había algunos griegos de los que subían a adorar en la fiesta. Estos se dirigieron a Felipe de Betsaida de Galilea, y le rogaron: ‘Señor, queremos ver a Jesús’: Felipe fue a decírselo a Andrés. Los dos fueron a decírselo a Jesús. Jesús respondió: ‘Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre’” (Jn 12,20 – 23).
En Jesús vemos a Dios, Él es Dios hecho hombre, Emanuel, Dios con nosotros.
3. ¿Dónde y cómo conocer a Jesús?
Si lo más importante y decisivo para el evangelizador es tener un encuentro personal con Jesús, es obvio que se pregunte dónde puede dar con El. La Iglesia, nuestra Madre y Maestra, tiene la respuesta. Puedes encontrarlo:
– En la oración
Es la búsqueda callada y amorosa de Dios, en el silencio, en la alabanza, en la súplica confiada, en la acción de gracias. Jesús buscaba a Dios y se apartaba para orar, para estar a solas con Dios y conversar con El de las cosas del Reino. El discípulo hace lo mismo: se recoge en oración y pide confiadamente al Padre que le dé a conocer a su Hijo Jesús.
No basta el conocimiento humano, se necesita la luz del Espíritu Santo. “Nadie puede decir que Jesús es el Señor, si no lo mueve el Espíritu de Dios” (1 Cor 12,3). Al Padre Dios lo que más le complace y agrada es que el discípulo conozca a Jesús, para que lo pueda anunciar a los demás. Si se le pide el don del Espíritu Santo, Él lo da sin falta. En una ocasión Jesús dijo: “Pidan y se les dará; busquen y hallarán; llamen y se les abrirá… Si ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!” (Lc 11, 9-13).
– En la escucha de la Palabra
Toda la Biblia habla de Jesús; si quieres conocerle y encontrarte con El, abre las Escrituras. En cada página descubrirás su presencia. San Jerónimo afirmaba que el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo. Toma el texto sagrado, léelo con amor, medítalo con pasión, y beberás de sus páginas el fruto codiciado de la Sabiduría, que es Cristo. El profeta Jeremías daba testimonio de esto diciendo: “Cuando encuentro una palabra tuya la devoro, porque tu Palabra es mi gozo y la alegría de mi corazón” (Jr 15,16).
San Juan, al finalizar su evangelio, apunta lo siguiente: “Estas cosas han sido escritas para que crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida eterna” (Jn 20,34). Lo ha asegurado el mismo Jesús en el evangelio: “El que escucha mi palabra y la cumple, manifiesta que me ama de verdad. Mi Padre le amará, Yo también le amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21).
– En la Iglesia
Los cristianos tenemos esta certeza: a Jesús le encontramos en la comunidad reunida para la acción litúrgica y para los sacramentos. Lo ha garantizado Jesús. Él está presente cuando nos reunimos en su nombre para orar, para escuchar su Palabra, para celebrar los sacramentos: “Yo les aseguro que donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). “Hagan esto en memoria mía… Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre”
– En el servicio amoroso y desinteresado
Otro lugar donde podemos encontrar a Jesús son los pobres y necesitados. El pobre no me da a Cristo como el sacramento, pero me permite encontrarle y servirle: “En verdad les digo que cuanto hicieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicieron” (Mt 25,40).
El amor a Dios se traduce siempre, cuando es auténtico, en la atención al otro. La promoción humana precede y acompaña al anuncio de la palabra, como lo ha hecho ver Jesús. A los enviados de Juan Bautista, que le preguntaban si era él El Mesías o debían esperar a otro, respondió que contaran a Juan lo que habían visto: los enfermos son sanados, los ciegos ven, los cojos andan, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados.
Los misioneros de todos los tiempos se han abierto camino en el mundo, y en los corazones, con las obras de caridad, en las que es posible ver y palpar el amor de Dios y la presencia de Jesús.
4. Comunión y solidaridad
La experiencia de Jesús vivo nos lleva a la comunión con Dios y con los hermanos, nos integra en la familia de dios, la Iglesia. Dios quiere que todos se salve en Cristo, pero no aisladamente, sino formando una unidad, reflejo de la Trinidad. El que encuentra a Jesús, se siente atraído por la comunidad y camina con ella hacia las alturas de la dignidad y de la santidad. La comunión necesita y se expresa en muchas formas de enseñanza y de servicio. El primer servicio es compartir con los otros lo que se ha conocido de Cristo.
De la comunión brota la solidaridad, que promueve e impulsa oportunas iniciativas de ayuda a los necesitados y propicia los mecanismos para el cambio de la estructura social. Los cristianos, firmes en la palabra de Dios: “Esperan cielos nuevos y tierra nueva, donde habite la justicia” (2Pe 3, 13). Jesús es el autor de un “mundo nuevo”, el iniciador y realizador de la civilización del amor.
Cuestionario para profundizar
a. ¿Cuál es el objetivo de la Misión?
b. ¿Qué es lo que alimenta la evangelización?
c. ¿Dónde podemos encontrar a Cristo hoy?
d. ¿Qué fomenta la Misión?
e. ¿Cuáles frutos y obras propicia y exige la solidaridad cristiana?


