El taller está abierto

Reflexión Dominical

II Domingo de Adviento

Ciclo C, Evangelio según San Lucas 3, 1-6

Domingo 9 de diciembre, 2018

Lucas, entre los cuatro evangelistas, es el más atento a la imprescindible y fundamental dimensión histórica del cristianismo. Todos esos datos, esos personajes – Tiberio, Poncio Pilato, Herodes, Felipe, Lisanio, Anás y Caifás – quieren decirnos que Jesucristo, redentor de todo hombre, es una realidad histórica, concreta, con precisas indicaciones temporales; realidad que ha entrado y queda operante en todas las vicisitudes humanas, las del pueblo de Israel, del imperio romano y de nuestro tiempo, por medio de la persona de Jesús de Nazaret, hijo de Dios, prometido desde las orígenes, y encarnado en un preciso momento histórico del cual conocemos personajes y fechas.

Estamos llamados a reflejar a Cristo con nuestras vidas y acciones.

La Palestina, está gobernada por pequeños poderosos: parecen ellos los señores de la historia, y al contrario, quiere decirnos el evangelista, la historia está dominada por la Palabra de Dios que “vino sobre Juan” y va a volcar la historia. El anuncia la conversión y la salvación para todos los pueblos, pues “Dios quiere que todos los hombres sean salvados” (1Tim 2, 4-6) por medio de Jesucristo único mediador; Él, por caminos que solo Él conoce, lleva a los hombres, que sin culpa ignoran el evangelio, a la salvación.

Sin embargo a los cristianos les queda el deber de hacer conocer a Jesucristo a cuantos no lo conocen. “Hay de mí, si no anunciara el evangelio” gritaba san Pablo. Si a nosotros el Señor ha cambiado la vida, ¿Cómo no sentir la pasión de hacerlo conocer a cuantos encontramos en el trabajo, en el condominio, en el hospital, en la familia? Si miramos entorno de nosotros, ciertamente encontramos personas interesadas y disponibles a empezar o a retomar un camino de fe, si encontraran a unos cristianos enamorados de Jesucristo: ¿no podríamos y no deberíamos ser nosotros esos cristianos?

Pero tenemos que convertirnos. “Convertíos” gritaba Juan. Tenemos que borrar la presunción ilusoria que ya somos bastante buenos y no necesitamos de conversión; tenemos que espalar las montañas del orgullo y de la envidia, llenar los abismos excavados por la indiferencia y la indolencia, enderezar los senderos de tantos de nuestros compromisos y peripecias a zigzag. ¡El taller está abierto!

Si pensamos no necesitar de conversión, preguntémonos: ¿Es verdaderamente cierto que en las varias circunstancias de la vida compartimos los sentimientos de Jesucristo?  ¿Logramos perdonar de corazón a quien nos ha hecho sufrir u ofendido? ¿En la prueba, es cierto que entregamos nuestra causa a Dios, en la confianza que no tenemos que angustiarnos de nada? ¿Sabemos sinceramente llorar con los que lloran y gozar con los que gozan? ¿Cuándo nos ocurra de deber mostrar con valentía nuestra fe, nos avergonzamos del Evangelio? ¿En nuestro cotidiano, siempre y en cada situación, feliz o adversa, sabemos vivir en la alabanza al Señor y en el agradecimiento sincero y convencido que todo es signo, gracia y don?

La historia es el campo de acción en que el hombre está llamado a colaborar con Dios. El Bautista “recorrió toda la comarca del Jordán”. La Palabra se mueve y el Profeta con ella; la Palabra se mueve y nosotros con ella, cambiando adentro y volviéndonos en voz afuera, llevando el Evangelio a todos. Si uno tiene el Evangelio en sus manos y en su corazón, y no lo anuncia, traiciona la Palabra. “La Iglesia o es misionera, o simplemente no es” (Pablo VI).

“Cada instante del tiempo viene a ti con un deber a cumplir y una gracia para cumplirlo bien; y vuelve a la eternidad para ser por siempre lo que tú habrás hecho de él” (San Francisco de Sales). Cada fragmento de tiempo tiene un peso decisivo. ¿Nada que reprocharnos?

Un desierto, un hombre, una palabra. Un granillo de arena del desierto en el mecanismo perfectamente oleado de los poderes del tiempo. La Palabra baja a vuelo de águila sobre Juan. Allá, en el desierto, se engendra el futuro. La nueva capital del mundo es el desierto de Judea. Dios parece jugar con la historia de los hombres: su elección es siempre a favor de lo que es débil, privilegia a los que no cuentan, hace historia con los que no tienen historia, lejos de quien confía en el poder y en la fuerza.

“También hoy Dios escoge el camino de la periferia: entra en el mundo allí donde hay alguien que no cuenta nada, allí donde hay alguien que sufre” (Roberto Vinco).

“La Palabra bajó sobre Juan”. Es nuestra vocación. Pongo mi nombre en lugar de Juan, y sé que muchas veces la Palabra ha venido sobre de mí y no ha encontrado casa. Pongo mi nombre, y sé que viene a buscarme por todos los barrancos, montes y valles en mi cotidiano más accidentado, con un amor que no se ha cansado de mí. Pongo mi nombre, y sé que puedo devenir voz libre en la historia equivocada de nuestro tiempo. Vendrá la Palabra, a condición que tú seas como Juan, un hombre libre, pobre, nunca plegado o cortesano de ningún poder.

Estamos llamados a ser voz de una palabra que es Cristo. Tú, o eres voz, o no eres cristiano. “Preparad el camino del Señor”. Es decir: preparad caminos donde resuene la Palabra, multiplicad las vías de escucha de la Palabra. En ese tiempo de adviento, en silencio y en tu eremitorio interior, abandona un poco tus palabras, dona cada día un poco de tiempo y un poco de corazón a la meditación del evangelio. Con perseverancia escucha la Palabra de Dios. Y pues, no resistas más. Cierto la Palabra es exigente. Rendirse a ella significa sufrir, bautismo de fuego, devenir voz que dice con la vida. Pero significa aún más gozar, porque la Palabra es luz, es voz que habla a tu corazón, colma y da sentido a tu vida.

Estamos llamados a anunciar la Palabra, a abrir en el corazón de los hombres una vía para Cristo, porque el hombre y Dios ponen mano juntos al mundo nuevo. Ninguno, nunca, sin el otro. Cierto no es fácil predicar en el desierto, no es fácil cultivar algo en el desierto, pero la gracia de Dios nos viene en ayuda, y la oración obtiene lo que deseamos y esperamos por la salvación de todos. En ese tiempo de adviento podríamos orar así:

“Señor, seas paciente con la profunda fragilidad humana, y renuévanos a todos, de manera que tu presencia y tu consuelo nos empujen a convertirnos a Ti. Ayúdanos a ser manantial de integridad, haznos fuertes para sostener a quien vacila, danos la gracia de llamar a los desviados, y haznos profetas de esperanza a gloria y alabanza tuya”. Aquí en la tierra, es el hombre que espera el regreso del Señor. Arriba, en el cielo, es el Señor que espera el regreso del hombre. La Virgen María nos ayude a guardar y difundir el gozo de la espera.

Amen.

Padre Franco Noventa, mccj

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