Reflexión Dominical
III Domingo de Adviento
Ciclo C, Evangelio según San Lucas 3, 10-18
Domingo 16 de diciembre, 2018
¿Qué pide el hombre a la vida, sino la felicidad? La Biblia tiene unos veintisiete sinónimos para expresar sentimientos de gozo. ¿Pero cómo llegar al gozo? No bastan riqueza, buena salud, éxito, divertimientos, placeres, alegría con los amigos. La Palabra nos dice hoy que el verdadero gozo es un don de Dios, un fruto del Espíritu que podemos solamente acoger como un don.
“Regocíjate… grita de júbilo, alégrate y goza de todo corazón” nos dice Sofonías. “Estad siempre alegres… os lo repito, estad alegres” nos dice San Pablo. Y el Evangelio termina diciendo que Juan el Bautista “anunciaba el Evangelio”, es decir la gozosa noticia. ¿Cuál es la causa de tanta alegría? “Porque el Señor tu Dios está en medio de ti, se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo” nos dice el profeta. La vida se vuelve fuerte y nueva cuando se siente amada. “Porque el Señor está cerca” nos dice San Pablo; “porque viene Él que puede más que yo y os bautizará con Espíritu Santo” nos dice el Bautista.
Es extraordinario ese Dios que me dice a mí, a ti, a toda criatura: “Tú me haces feliz”. Tú eres fiesta de Dios. Entonces la Palabra de Dios nos empuja a no dejarnos tomar por la tristeza y la angustia, a pesar de las violencias, injusticias y corrupciones de nuestro mundo. El motivo de nuestro gozo y de nuestra esperanza es que no estamos solos, el Señor viene cerca de nosotros y nosotros vamos a su encuentro para que Él nos renueve por la fuerza de su amor.
Sobre Cristo, el Hijo de Dios venido en la carne por nuestra salvación, muerto y resucitado por nosotros, se fundamenta el gozo al cual la liturgia nos exhorta hoy, en la profundidad del alma, allá donde está enraizada nuestra fe en el Salvador. En Él ponemos toda nuestra esperanza y lo esperamos con confianza hasta que vuelva en la plenitud de su divinidad.
Mientras en las dos primeras lecturas se nos anunciaba el canto del amor feliz, el Evangelio empieza con la pregunta, la más ferial, dirigida al Bautista: “¿Qué tenemos que hacer?”. Es una pregunta que tantas veces nos hacemos cuando la angustia nos aniebla la vista y nos hace perder el camino; otras veces cuando, positivamente, queremos ofrecer nuestra disponibilidad.
“¿Qué tenemos que hacer?” es la pregunta que dirige al Bautista la muchedumbre, los publicanos, odiados recaudadores de los impuestos, y también unos soldados. Es la consecuencia de la invitación que el Bautista nos hizo el domingo pasado: “¡Convertíos!”. La pregunta supone un reconocimiento del error de lo que se hace, ignorancia de lo que se ha de hacer, disponibilidad a acoger la indicación de Dios para traducirla a la práctica. Es nuestra pregunta para saber qué tenemos que hacer para acoger al Señor que viene.
El Bautista, responde: aquel que tenga dos vestidos que done uno de ellos al que no tiene nada; aquel que tiene comida que la comparta con el que no tiene. Es el camino de la justicia, de la solidaridad, de la sobriedad. El primer verbo de un mundo nuevo: dar. Donar. En todo el Evangelio el verbo amar se traduce con el verbo dar (no hay amor más grande que dar la vida; aquel que habrá dado aun solamente un vaso de agua fresca…; hay más gozo en el dar que en el recibir…). Es ley de vida: para estar bien, el hombre tiene que dar. El camino hacia Dios pasa a través del prójimo.
Nos reunimos con gusto para rezar, cantar, pero cuando se nos pide de poner a disposición de los hermanos los bienes que poseemos… todos nuestros entusiasmos religiosos desvanecen rápido. Tenemos que invocar el Espíritu Santo cada día para que nos haga criaturas nuevas a semejanza de Jesús (Ez 36, 25-27).
Vienen publicanos y soldados, y Juan repite el mismo mensaje, al negativo: no robéis a nadie, no hagáis extorsión, no aprovechéis de nadie. Tres respuestas para un programa único: tejer en el mundo la fraternidad, construir una tierra donde reine la justicia, rehacer alianza entre hombre y hombre. Construir un mundo en el cual poder decir a uno, a cien, a muchos, a quien está cerca de mí: tú eres más importante que yo, tú vienes antes que yo y mis cosas.
¡Qué campo inmenso de conversión!
Puedes ser empresario o humilde trabajador, sacerdote o campesino, médico o policía, profesor o estudiante: no cuenta la profesión, sino la calidad de tu acción, con cuanta justicia, compromiso, humanidad, con cuanta autenticidad cumples tu tarea. Allí adonde estés llamado a vivir, en el humilde cotidiano, allí tienes que ser un hombre de justicia y de comunión. Es nuestra manera de anunciar el Evangelio. “Que vuestra afabilidad la conozca todo el mundo” nos decía san Pablo. Nunca digas como Caín: “¿Soy acaso el guardián de mi hermano?” (Gen 4,9).
La espera del Mesías se cumple entre caridad y justicia, entre misericordia y respeto, entre ternura y compasión. Nuestra fe tiene que manifestarse en las obras (St. 2, 14-26) sino no es fe, es puro conocimiento que no basta para salvarnos.
“¿Qué tenemos que hacer?”. Cristo, antes de morir, nos ha dejado esta consigna: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado. Vosotros sois mis amigos – nos dice Jesús – si haréis lo que yo os mando” (Jn 15,12-14). Este amor es el anuncio más claro y creíble que Cristo es nuestro Dios presente en medio de nosotros. Y cuando el Señor está presente, florece el gozo. El cambio no está en las cosas o situaciones exteriores, sino “dentro” de nosotros.
A veces, en nuestro camino de conversión hay sufrimiento y cruz: pero eso es por la vida. Es la aflicción del parto, no el estertor de la agonía. La resistencia en la prueba aguantada con fe, es la linfa del gozo. Digamos al Señor: creo en Ti, Señor, porque eres un Dios feliz. Creo en Ti porque por el amor haces joven y nueva toda vida. Creo en Ti porque desde la eternidad te preocupas del hombre y de su felicidad, te preocupas de mí.
¡Ánimo! nos dice hoy la liturgia: viene en medio de nosotros el Dios del gozo.
Amén.
Padre Franco Noventa, mccj

