Reflexión Dominical
IV Domingo de Adviento
Ciclo C, Evangelio según San Lucas 1, 39-45
Domingo 23 de diciembre, 2018
Un día más y ya celebraremos la noche de Navidad. Luces y adornos en las tiendas y en las casas. Una muchedumbre que andaba agitada desde semanas comprando regalos. Para muchos es la fiesta del sentimentalismo, de la tradición: si borráramos todas esas cosas, no sería Navidad para ellos.
La carta a los Hebreos (II lectura) hace decir a Cristo: “Aquí estoy, Dios mío; vengo para hacer tu voluntad”. Eso es el Adviento: Cristo que viene para implicarnos en su proyecto, para comunicarnos su Espíritu que nos llevará a cumplir, como él ha hecho, la voluntad del Padre.
Que no se aplique a nosotros lo que Isaías decía del pueblo de Israel: “Esto dice el Señor: este pueblo se me acerca sólo de palabra y me glorifica sólo con los labios, mientras su corazón está lejos de mí, y el culto que me da es sólo precepto humano y rutina” (Is. 29, 13).
No basta preparar un portal bonito. En mi experiencia de 9 años en el Chad, la gente no se daba regalos, no habían árboles de Navidad, no teníamos más que unas lámparas de petróleo como luces, y una estatua del Niño Jesús: pero era conmovedor ver a todas esas personas, sobre todo niños, católicos, protestantes, musulmanes, paganos que se amontonaban en el hangar que nos servía de Iglesia, para dar un beso a la estatua del niño Jesús, para celebrar con alegría al Hijo de Dios que se hacía hombre para salvarnos. Cada uno sentía que para él venía Jesús, y por eso eran felices.
El estupor y la alegría es lo que nos recuerda el evangelio de hoy. María saludó a Isabel. Los judíos, desde siempre, se saludan diciendo “Shalom”, Paz. En la boca de María, “Shalom” anuncia que en el mundo ha llegado el esperado Mesías y que con él inicia el reino de paz anunciado por los profetas. En Belén los ángeles cantarán “Paz en la tierra a los hombres que Dios ama” (Lc 2,14) y Jesús dirá a sus discípulos: “En cualquier casa entréis, digáis primero: paz a esta casa” (Lc 10,5).
En ese encuentro contemplamos el estupor de Isabel al saludo de María, y el estupor de María que se hace cántico de alabanza a Dios. Estupor frente a los dones de Dios y del Dios de los dones imposibles a los hombres. Es el Señor, en efecto, que llama a una maternidad inesperada a una mujer mayor y estéril, y que, de una virgen, humilde hija de Sion, hace la Madre del Santo, el Hijo del Altísimo. Es el encanto por los dones de Dios.
Siempre donde llega María, hay una explosión de gozo: el Bautista danza en el vientre de su madre, Isabel grita su gozo por ser visitada por el Señor. Acoger al Señor que viene, no significa renunciar al gozo, sino abrir de par en par las puertas al verdadero gozo.
Solo con el corazón de María, la pura, humilde y pobre sierva del Señor, es posible exultar y regocijarnos por el gran don de Dios y por su imprevisible sorpresa.
Es el estupor de San Juan-Pablo II en su encíclica sobre la Eucaristía: “Cuando, en la visitación, María lleva en su regazo el Verbo hecho carne, se hace a sí misma de alguna manera ‘sagrario’, el primer sagrario de la historia, donde el Hijo de Dios, todavía invisible a los ojos de los hombres, se concede a la adoración de Isabel, casi irradiando su luz por medio de los ojos y la voz de María” (n 55). Y nosotros ¿Irradiamos a Jesús allí donde vamos y con cualquier persona que encontramos?
María, la Virgen del “sí” como su Hijo (“aquí estoy para hacer tu voluntad”), la Sierva del Señor, se pone en viaje, de prisa, para ofrecer su servicio a su anciana prima que, ella también, está esperando a un hijo. “De prisa”, porque aquel que ama, no demora, corre.
Lucas contempla las dos mujeres en la espera de ser madres, habitadas por hijos inexplicables: casa de Dios y casa de la humanidad nueva, regazos cargados de cielo y de futuro. Ellas son el gran sacramento de la vida.
Lucas contempla el abrazo de dos mujeres. El cántico de María no nace en la soledad, sino en un espacio de ternura, en el compartir la fe, entre ellas y más en profundidad entre sus hijos. Dios siempre se nos acerca en las relaciones, en las mediaciones de personas, de encuentros, de diálogos, de abrazos.
“Bendita tú, entre las mujeres”. La primera palabra de Isabel es una bendición, que de María baja sobre todas las mujeres. Sí, que cada mujer, fragmento de María, sea bendita y bendito sea el fruto de su vientre. En la Iglesia “las mujeres sufren al ver… que apenas se cuenta con ellas para pensar, decidir e impulsar la marcha de la Iglesia… El peso de una historia multisecular, controlada y dominada por los varones, nos impide de tomar conciencia del empobrecimiento que significa para la Iglesia prescindir de una presencia más eficaz de la mujer. Nosotros no las escuchamos, pero Dios puede suscitar mujeres creyentes, llenas de espíritu profético, que nos contagien alegría y den a la Iglesia un rostro más humano. Serán una bendición. Nos enseñaran a seguir a Jesús con más pasión y fidelidad” (Pagola).
Podamos pasar en el mundo magnificando, como María, a Aquel que hace de nuestros días un tiempo de estupor, y se pliega sobre todos los pobres, sobre de mí, porque soy pobre, con poca luz, con fuerza incierta, con fe dudosa.
Allá donde llega un cristiano, en el cual vive Cristo como en María, tendría que florecer el gozo. El Señor viene: si lo reconoceremos como en su maravilla asombrosa lo descubrió Isabel, si nos abriremos al don de Dios como María, que se coloca entre los pobres haciéndose interprete de sus sentimientos de gratitud, entonces podremos cantar con ella el “Magníficat”, y nuestra vida se transformará finalmente en luz.
La Virgen María nos acompañe en este camino de descubrimiento del amor de Dios en nuestra historia y en la historia del mundo.
Bendita tú, María, no por tus milagros, no porque eres la predilecta y la favorita de Dios, sino porque has creído. Acompáñanos al encuentro de tu hijo, fuente del gozo verdadero y de la paz. Que sepamos, como tú, llevar a Jesús a nuestros hermanos, porque el mundo no está condenado a la obscuridad. Una luz está por venir y todos podrán verla.
Amén.
Padre Franco Noventa, mccj

