Reflexión del Evangelio
Natividad del Señor
Ciclo C, Evangelio según San Juan 1, 1-18
Martes 25 de diciembre, 2018
“En el principio ya existía la Palabra y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros”. Y a cuantos lo recibieron les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre.
La Palabra se hizo carne, se hizo vida: de esa nuestra vida, vida amenazada y frágil, y tantas veces turbia. Esa vida Dios ha asumido, esa vida ha santificado, de ella se ha declarado enamorado, se hizo en todo parecido a nosotros, débil y frágil (Is 40, 6-8), destinado a la muerte; en todo parecido a nosotros: los sentimientos, las pasiones, las emociones, los condicionamientos culturales, el cansancio, las tentaciones, los conflictos interiores. En todo parecido a nosotros, excepto que el pecado. Ese anuncio es la causa de nuestra alegría (1Jn 1,1-4).
Y si Dios ha querido nacer en un establo, no se escandalizará de mí, de mi suciedad: habitará en mis miserias, en el nudo de pobreza y de mal que sé de ser y que él transformará. La Palabra se hizo carne, niño de Belén. Y si yo tengo que llorar, él también aprenderá a llorar, y si yo tengo que morir, él también saboreará el horror de la muerte.
Es la maravilla que conquistó también al ateo Jean-Paul Sartre. Él ponía en boca a María esa reflexión: “Este es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Él está hecho de mí, tiene mis ojos y la forma de su boca es la forma de la mía. Él se me parece. ¡Es Dios que se me parece!”. Ninguna mujer ha tenido de esa manera a su Dios para ella sola. Un Dios que se puede tomar en los brazos y llenar de besos, un Dios todo caliente que sonríe y respira, un Dios que me mira y me ama.
Solo un Dios podía tomar ese camino de tan extrema humildad. Y solamente los humildes creen en él, como los pastores, felices que Dios sea tan libre y sorprendente hasta preferir lo que el hombre margina. El prodigio más grande es que Dios ama lo que es humilde. Dios en la humildad: he aquí la palabra revolucionaria, la apasionada palabra de la Navidad.
Desde su primer aparecer en el mundo Cristo se ha colocado entre los últimos. Son ellos y no “los justos” que esperan de Dios una palabra de amor, de liberación, de esperanza. Crecido, Jesús continuará a vivir cerca de esas personas: hablará su lenguaje simple, utilizará sus parangones, las parábolas, las imágenes tomadas de su mundo, compartirá sus gozos y sus sufrimientos, se pondrá siempre de su lado contra todos los que traten de marginarlos. Los pastores no encontrarán a un niño con cara de ángel y una aureola luminosa en su cabeza: encontrarán a un niño del todo normal, con una sola característica: es pobre y está entre pobres.
La rueda de la historia siempre había girado en el sentido del pequeño a servicio del grande, la ley del más fuerte. El nacimiento de Jesús cambia los paradigmas. “Viene en el mundo la luz verdadera” (Jn 1,9): de Dios hacia el hombre, desde el grande hacia el pequeño, desde la ciudad hacia un establo. “A Dios nadie lo ha visto jamás” (v. 18; cfr. Jn 5,37 y 6,46; 1Jn 4,12.20; Ex 33,20), pero ahora es posible verlo realmente, concretamente, observando a Jesús. Para conocer al Padre bastará contemplar a Cristo, observar lo que hace, lo que dice, lo que enseña, como ama, a quien prefiere, a quien escoge, a quien regaña, a quien defiende. Y contemplarlo en la cruz, el momento más alto de su “gloria” y de su amor.
Navidad nos dice que la historia no pertenece a quien hace alarde de fuerza o de dinero (pensemos a los varios dictadores). Aquella es solamente una historia perdedora. María, lo había anticipado en su canto: “Ha derribado a los poderosos, ha enaltecido a los débiles”. Es el Niño Jesús dentro del pesebre a cumplir el juicio y la redención del mundo. Aquel que acepta de acercarse a él, será llenado de gozo, como los pastores. Ir cerca del pesebre nos transforma.
¿Quién de nosotros celebrará bien Navidad? Aquel que depone delante de aquel niño toda arrogancia, toda distancia, toda indiferencia, y descubre la voluntad de amar, lo que engendra gozo porque donde hay amor no hay miedo (1Jn 4,18). Celebrará bien Navidad, quien busca comunión y acoge a Dios en su carne. Porque Dios viene en la vida, en mis gestos, en mis ojos. Mi mirada entonces se hará tierna, atenta. Viene en mi oído afín que yo escuche con el corazón. Viene en mi boca, a fin que yo sepa bendecir la vida y las criaturas. Viene en mis manos a fin que se abran, se extiendan a donar paz, a enjugar lágrimas, a vestir a los desnudos, a quebrar injusticias.
Tristemente hay niños que sufren, abusados, matados. “Ver sufrir a los niños hace mal al alma, porque los niños son los predilectos de Jesús. No podemos aceptar que se les maltraten, que se les impida el derecho a vivir su niñez con serenidad y alegría, que se les niegue un futuro de esperanza” (papa Francisco, Medellín 9.09.2017).
“Hoy os ha nacido un Salvador”, dicen los ángeles a los pastores. Cristo ha nacido para vosotros. Cristo nace afín que yo nazca. El nacimiento de Jesús quiere, pide mi nacimiento, que yo nazca diferente y nuevo, que nazca del Espíritu de Dios, que yo nazca tan pequeño y libre que seré incapaz de agredir, de odiar, de amenazar. Que yo nazca tan humilde e ingenuo que llegue a pensar con el corazón. Que yo nazca con ojos tan puros que sepan ver huellas de Dios doquiera. Que yo nazca con labios tan buenos que sepan sólo bendecir, bendecir Dios, la vida, las criaturas. Si no aprendemos a bendecir, nunca seremos felices.
Digamos al Señor:
“Mi Dios, mi Dios niño, pobre como el amor, pequeño como cualquier hijo de hombre, mi Dios niño, humilde como la paja donde has nacido, mi pequeño Dios que aprendes a vivir como hombre, a tener hambre y frío, … mi Dios incapaz de defenderte y de agredir, mi Dios que como un niño no sabes hacer otra cosa que pedir y donar amor, enséñanos que no hay otro sentido, no hay destino, no hay futuro que volviéndonos como tú” (E. Ronchi).
Con el card Martini, digamos: “Tú, mi Dios, te has hecho carne para acercarte a nuestra humanidad, para compartir nuestro limites….El pesebre resplandeciente en la noche es la señal de tu amor por nosotros y nos sentimos amados, perdonados, salvados, buscados por ti también en este día. Creemos que cada hombre de buena voluntad puede encontrarte nuevamente… Tú, oh María, que conoces los problemas dramáticos… de tantos niños, ayúdanos a creer que la paz de Dios puede vencer el mal del mundo, a partir de cada uno de nosotros. Haz que cada uno de nosotros viva su propia responsabilidad personal en la luz de este día santo, para edificar la civilización de la paz y del amor”.
Nos socorra la Virgen Madre, hija de su Hijo, la clemente y pía, la dulce Virgen María.
¡Que el Niño de Belén nos done paz y gozo! ¡Feliz Navidad!
Amen.
Padre Franco Noventa, mccj

