¿Cómo perdonar y amar a un enemigo?

Reflexión Dominical

VII Domingo Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según San Lucas 6, 27-38

Domingo 24 de febrero, 2019

El evangelio de este domingo sigue inmediatamente el discurso sobre las beatitudes. Las palabras de Jesús son del todo extrañas a nuestro sentir común. Todos experimentamos cuán difícil es perdonar a alguien que nos haga un daño; ¿cómo perdonar y amar a un enemigo?

Aquel que ha sido interiormente transformado por el amor y por el Espíritu de Cristo va más allá que todas las lógicas de los hombres y pone en el mundo un signo nuevo: el amor hacia quien no lo merece.

Acojamos la enseñanza que Jesús nos hace en el Evangelio de hoy. San Agustíin dirá: «Ama y haz lo que quieras».

David, no era alguien que se dejaba enternecer frente a sus enemigos (1Re 2, 1-9) y cometió muchos crímenes (1Cro 22,8), sin embargo en el pasaje de hoy no escucha a Abisai y escoge el perdón. Porque reconoce en Saúl a un ungido del Señor. Y todos nuestros enemigos tienen imprimida en su alma, aunque deturpada, la imagen de Dios.

Jesús, después de haber proclamado las beatitudes, dirige a la muchedumbre que lo escuchaba un principio desbaratador: “Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os difaman”.

La violencia nunca mejora las situaciones, más bien las complica; la violencia nunca ayuda al malvado a volverse mejor, lo aplasta, suscita en él el odio y el deseo de venganza. La violencia puede eliminar al enemigo, no salvarlo. La única actitud que crea algo nuevo es el amor y el perdón.

“Es fácil terminar la vida sin amar a nadie de manera verdaderamente gratuita. No hago daño a nadie. No me meto en los problemas de los demás. Respeto los derechos de los otros. Vivo mi vida. Ya tengo bastante con preocuparme de mí y de mis cosas. Pero eso: ¿es vida?” (Pagola 2019).

Hay cristianos que reconocen, aunque se esfuercen, que nunca lograrán a amar a quien les ha provocado daños irreparables, a quien los ha calumniado destruyendo su carrera, la serenidad y la paz en sus familias, a quien ha matado a un miembro de sus familias.

Pero Jesús no exige que nos volvamos amigos de quien nos hace el mal. Ni Jesús ha probado simpatía por Anas y Caifás, por los fariseos o por Herodes que hizo asesinar al Bautista. La simpatía no puede ser comandada, surge espontánea entre personas que se estiman. Jesús nos pide de amar, es decir de no mirar a nuestros derechos, y dar el primer paso esperando que el otro se convierta.

No es fácil. Por eso Jesús encomienda la oración. Solamente ella apaga la agresividad, desarma el corazón, comunica los sentimientos del Padre que esta’ en los cielos, dona la fuerza que nace del amor de Dios.

La oración por el enemigo es el punto más alto del amor porque presupone un corazón dispuesto a dejarse purificar de toda forma de odio. Así seremos como el Padre que “hace resplandecer el sol sobre los malvados y los buenos y hace llover sobre los justos y los injustos” (Mt 5, 45).

No se prohíbe a los discípulos de exigir la justicia, defender sus derechos, proteger sus propios bienes, su honor, su vida. Ellos no son unos cobardes que aguantan la opresión, los abusos hacia los más débiles. Amar no significa aguantar en silencio sin reaccionar. Sin embargo el cristiano no recorre a las armas, a la violencia, a la venganza. No se deja vencer por el mal, sino vence al mal con el bien (Rom. 12, 17-21).

“Lo que queréis que los otros os hagan, hacedlo vosotros también a ellos”. Es la gratuidad del cristiano y de los hijos de Dios. Dios nos ama sin esperar nada a cambio. Necesitamos volver visible a los ojos de los hombres el rostro del Padre celestial (vv. 36-38), que no condena a nadie, solamente se conmueve frente a quien se equivoca (Os 11,8) y se compromete para recuperarlo a la vida.

De tu deseo aprenderás lo que hace falta hacer. “Yo quiero ser amado y que alguien me bendiga porque existo, y que rece por mí; quiero ser desarmado por el perdón de quien me presenta la otra mejilla, y que me dona bien por mal; y quiero que los otros me alienten y que estimen lo que tengo de bueno… que se respeten mis secretos y que nunca me traten de inferior. Eso quiero por mí, eso trataré de donar a los demás.” (E. Ronchi).

Como no recordar la escena en el jardín de los olivos cuando Jesús llama a Judas “amigo” en el momento en que lo traiciona… Esta imagen es el icono más bello de la amistad, la imagen más clara de las palabras: “amad a vuestros enemigos”. Dichosos seremos si sabemos por lo menos guardar esas palabras en nuestro corazón.

Amen.

Padre Franco Noventa, mccj

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