1. Era todavía oscuro, pero el alba estaba a punto de estallar, allá tras la cumbre negra del Monte de los Olivos, María Magdalena, con otras dos mujeres, iban hacia la tumba del Maestro. Era María Magdalena la que llevaba el vaso de perfume para ungir el cuerpo del Señor… pero improvisadamente la tierra tembló, se escuchó un ruido sordo de la piedra del sepulcro que rodó y cayó. Una gran luz se encendió en el huerto… Las mujeres tuvieron miedo, pero el ángel del Señor les reconfortó y les dijo: “no tengan miedo y no busquen entre los muertos al que vive, vengan y vean en dónde Él estaba” (Mt 28, 6). Ellas volvieron al Cenáculo para anunciárselo a los discípulos, todavía con miedo, pero a la vez “con gran gozo”. Y en el camino de vuelta, Jesús resucitado, les salió al encuentro y les repitió: “no tengan miedo, vayan y anuncien” (Mt 28, 10).

Es el Espíritu de Cristo resucitado, quién mantiene a la Iglesia “en salida”, en estado permanente de misión.
El cristiano, el que vive de la certeza de que Cristo ha resucitado, debe desterrar de su corazón el miedo y vivir en la serenidad y la paz. El miedo frena nuestros impulsos al bien y hasta puede paralizarnos. El miedo es como un “demonio” que devora nuestras energías, que destruye nuestras positivas ganas de vivir. ¡Y hay tantos miedos!: El miedo a lo que dirán, el miedo al fracaso, al desprecio de los demás; el miedo provocado por nuestros complejos de culpa y de nuestro posible sentido de inferioridad, el miedo de que no nos amen, de que nos abandonen… El miedo a la muerte.
¡Pero, es Pascua! Cristo ha vencido la muerte, la suya y la nuestra: Él vive y vive para siempre, y quiere lo mismo para todos nosotros.
2. La Magdalena no se conformó con la luz y el esplendor que invadieron el huerto. Ella siente el impulso de ver, de tocar ese santo cuerpo que hacía poco había visto, contemplado, cubierto de heridas, de sudor, de salivazos y que ahora acaba de ver tan resplandeciente. Ella quiere fijarse en su rostro. Improvisadamente, he ahí: ¡lo ha reconocido! Pero no en su rostro sino por su voz, por ese modo tan suyo, solo de Él, de llamarla por su nombre: ¡María! Ella lo quisiera retener, quisiera tocarlo y que se quedara ahí con ella. Pero Jesús nuevamente la sorprende, diciéndole: “no quieras detenerme; aún no subo a mi Padre” (Jn 20, 17-18).
La Magdalena deberá pues volver a los “hermanos” de Jesús, a sus apóstoles, porque solo entre ellos, con ellos, podrá encontrar el Corazón enamorado de Cristo. “Él vive y sigue vivo” en la comunidad que cree en su Resurrección. Ahí todo discípulo del Resucitado podrá y deberá suplicar a Jesús, como lo hizo la Magdalena y como lo harían en esa misma noche de Pascua, los dos discípulos de Emaús: “quédate con nosotros, no te alejes, Señor, ya que sin ti todo se obscurece” (cfr. Lc 24, 29). Allá, en la Comunidad reunida, en el Cenáculo del amor, en que Él mismo lavó los pies a los suyos, en un gesto de amor “exagerado”, allá en donde todos participaron en el único Pan y en el único Cáliz de su sangre, allá va a resonar el saludo para todos: “¡Shalom! Paz a todos ustedes”… En esa primera noche del día de su resurrección, no estaba con los apóstoles el Gemelo, Tomás. Sin embargo, la alegría por la victoria sobre la muerte inundó también su corazón, cuando, a los ocho días, Jesús volvió a aparecérseles y Tomás estaba con ellos, y entre confundido y lleno de gozo, exclamó: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28).
3. Para asumir plenamente la Pascua hay pues que volver a la comunidad, al Cenáculo. Es allá en que resonó el mandato misionero. La Pascua es esperanza para todos y su anuncio entonces debe llegar hasta los confines de la tierra, a todos. Es en el Cenáculo en donde van a resonar las palabras de Jesús: “se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, como el Padre me ha enviado, así los envío yo, vayan por todo el mundo, anuncien la más bella noticia, la noticia que la muerte ha sido derrotada; no le pertenece a ella la última palabra, sino a la Vida y la Vida para siempre, esa que floreció, pujante, sobre la tumba vacía. La existencia terrena de Cristo fue conducida y guiada por el Espíritu Santo, desde cuando se le manifestó en el día del Bautismo en el Jordán y desde cuando le llevó al Desierto, hasta el momento en que Él lo entregó para todos nosotros el día de su muerte. Justamente San Juan, en su evangelio, no nos dice que Jesús expiró, sino que “entregó al Espíritu” (Jn 19, 30).
Así sus apóstoles, y todos sus enviados, todos sus misioneros, necesitamos recibir la fuerza de lo Alto, es decir, la fuerza del Espíritu Santo, para que seamos sus testigos, en Jerusalén, en toda Judea y Samaria y hasta los confines de la Tierra (Cfr. Hch 1, 8). El Espíritu Santo es el “poder de lo Alto” que hace caer las barreras de todo tipo, que por otra parte, siempre tenemos la tentación y el riesgo de seguir levantando. Él es el verdadero “protagonista” de la Misión. Es el Espíritu de Cristo resucitado, quién mantiene a la Iglesia “en salida”, en estado permanente de misión. Dejémonos pues, llevar por el fuerte soplo del Espíritu, lejos de toda tentación de encerrarnos dentro de los límites de todo lo “nuestro”, para gritar fuerte, en cualquier situación y por todas partes, el Aleluya de la Pascua.
+ Mons. Victorino Girardi S. mccj.
Obispo Emérito Tilarán – Liberia
