Reflexión Dominical
VIII Domingo Tiempo Ordinario
Ciclo C, Evangelio según San Lucas 6, 39-45
Domingo 4 de marzo, 2019
Jesús es un maestro original. Habla y actúa de una manera diferente de los otros maestros. No da lecciones en una escuela. Enseña en las calles. No exige un dinero de los que lo escuchan, se dirige a los pobres de Israel que los maestros “oficiales” desprecian.
Jesús es un maestro libre en la interpretación de la Torah y sorprende porque en lugar de invitar a los discípulos a seguir los preceptos de la Ley, invita a seguirlo a él. La ley es su persona, su vida y no el enebral de las disquisiciones rabínicas.
En los Evangelios los apóstoles nunca son llamados maestros, sino siempre y solamente discípulos, que tienen que aprender no una lección, más bien una vida, siguiendo al único Maestro.
En el evangelio de hoy, Jesús empieza con un proverbio muy popular: “Un ciego no puede guiar a otro ciego” (v. 39). Todos los judíos se consideraban maestros capaces de guiar a los ciegos, es decir a los paganos. Fariseos y judíos eran esas guías ciegas, pero Jesús hablaba también a sus discípulos: para ellos también existe el peligro de comportarse como guías ciegas.
El ojo bueno es una puerta de luz por la cual el otro entra y encuentra vida. El ojo malo es como una viga en la cual clavamos al hermano. El ojo bueno y luminoso es como una lucerna (Mt 6, 22), difunde luz, mientras el ojo malo está apagado y emana obscuridad.
Los cristianos tendrían que ser los que ven bien, los que saben escoger los buenos valores en la vida, que saben indicar el buen camino a los que van a tienta en la obscuridad. Pero eso no siempre ocurre y Jesús dice a sus discípulos el peligro de perder la luz del evangelio. Hay cristianos siempre seguros de lo que dicen, enseñan, viven. Y no se dan cuenta de tener en los ojos una viga (vv. 41-42) que les impide de ver la luz.
Esas vigas son sus pasiones, la envidia, la voluntad de dominar sobre los demás, la ignorancia, el miedo, las patologías psicológicas de las cuales nadie está completamente exente. Todas esas vigas impiden de comprender con claridad las exigencias de la palabra de Dios. Así que hace falta de tener eso en cuenta con humildad, y comportarnos con menos intransigencia, y menos seguros cuando juzgamos el operado de los demás.
Tenemos que admitir que muchas veces los cristianos hemos estado ciegos y ahora tenemos que proponer el evangelio con humildad, sin juzgar a los que no lo aceptan.
Jesús llama “hipócritas” a esos maestros cristianos seguros de sí mismos y de sus ideas. Hipócrita significa “actor”, gente del teatro que tienen mascaras. Los que juzgan a los demás son por Jesús unos “actores”. Ellos son también pecadores, pero “recitan”, se asientan en el tribunal como jueces y pronuncian sentencias terribles.
Lucas está preocupado de lo que pasa en sus comunidades, divididas por las críticas, por los chismes, por los juicios malévolos. Por eso recuerda las palabras duras de Jesús sobre eso.
¿Pero cómo distinguir en la comunidad cristiana los buenos o los malos maestros? ¿Cómo saber en quién podemos confiar y en quién no? ¿Cómo reconocer los que son ciegos o tienen vigas en los ojos? La última parte del evangelio (vv. 43-45) ofrece el criterio para juzgar: “El hombre bueno saca el bien del tesoro de su corazón… el hombre malo saca de su corazón el mal, pues la boca habla de lo que está lleno el corazón”.
En la confusión y ruido de nuestro mundo, tenemos que buscar momentos de silencio que nos ayuden “a entrar en contacto con nosotros mismos para recuperar nuestra libertad y rescatar de nuevo toda nuestra energía interior… Sin ese silencio interior, no se puede escuchar a Dios, reconocer su presencia en nuestra vida y crecer desde dentro como seres humanos y como creyentes… Muchas personas comenzarían a transformar su vida si acertaran a detenerse para escuchar todo lo bueno que Dios suscita en el silencio de su corazón” (Pagola 2019).
En el juicio final (Mt 25) el drama no serán las manos sucias, más bien las manos vacías, una vida estéril. El fruto bueno es siempre para el otro, el árbol no produce frutos para sí mismo, es fecundidad por los otros, pájaros, insectos, hombres. La ley del don es una ley de vida. Es el camino del gozo: hay más gozo en el donar que en el guardar (Act. 20,35).
Nuestro corazón vive, solo si le ofrecemos tesoros a esperar, a buscar, a donar. De otra manera se vuelve en un estéril nudo de espinas. Nuestra vida es viva cuando tiene un tesoro por el cual valga la pena de vivir, por el cual valga la pena de morir.
Amén
Padre Franco Noventa, mccj

