Les tentaciones de Jesús

Reflexión Dominical

I Domingo Cuaresma

Ciclo C, Evangelio según San Lucas 4, 1-13

Domingo 10 de marzo, 2019

Las tentaciones de Jesús en el desierto resumen los grandes engaños de nuestra vida. Cada vez que empezamos la Cuaresma, escuchamos este Evangelio, y sin embargo pensamos que no nos concierne, que las tentaciones de Jesús no son nuestras tentaciones. Y nos equivocamos: “Las grandes tentaciones, las verdaderas, no son las de las cuales se preocupa o se obsesiona un cierto cristianismo moralista… las que conciernen la esfera sexual. Las grandes tentaciones son las que van a demoler la fe” (Olivier Clément).

El Evangelio de hoy no es una crónica fiel, redactada por un testigo ocular de la lucha entre Jesús y el demonio. El pasaje quiere decirnos que Jesús no fue tentado con tres tentaciones, sino con “toda especie de tentación” (v. 13). Los tres cuadros son la síntesis simbólica de la lucha contra el mal sostenida por Jesús en cada momento de su vida, como nosotros, con la sola diferencia que nunca Jesús fue vencido por el pecado (Heb 4,15).

La primera tentación de Jesús es la de reemplazar a Dios, de substituirlo con cosas, poniendo el principio de la cantidad como principio absoluto.: “Dile a esa piedra que se convierta en pan”. Eso – dice el tentador – es el verdadero problema, ese cuerpo tuyo es la vida, no hay nada más que importe. Y Jesús contesta al demonio: “No de solo pan vive el hombre”.

La segunda tentación es la del poder: “Te daré el poder y la gloria… todo será tuyo… si me adoras”. Dice el tentador: ¿Quieres salvar al mundo? Toma el camino de los tronos, abandona aquel Dios ingenuo que hará de los pobres los príncipes de su reino. Eso dice el diablo a nosotros también. No vayas tras de aquel que hará de un niño el modelo del que busca al Reino, no vayas tras de aquel que se hizo siervo de los últimos, amigo de publicanos, de pecadores y prostitutas. No sigas aquel Dios que dice haber venido para servir y no para dominar a los demás. Olvida ese Dios que no entrará en los palacios de los poderosos que como prisionero, que no ha alistado ejércitos, que querrá conquistar el mundo con la locura de la cruz (cf. 1 Cor 1,18).

La tercera tentación, la de tirarse abajo desde el alero del templo, demuele la fe, imitando la fe: “Pide a Dios un milagro, ten fe, te escuchará. ¿O no tienes bastante fe?”. Y lo que parece ser el máximo de la fe – me tiro y pues proveerá la Providencia de Dios – es al contrario una caricatura de la fe; no es confianza en Dios, más bien amor a si mismo hasta el delirio.

El sentido profundo que une las tres tentaciones es un ataque frontal a la fe en el Dios que Jesús anuncia. Un ataque a la manera de ser Mesías, de ser Dios, que Jesús mostrará con sus elecciones concretas. Equivocarnos sobre Dios es lo peor que pueda ocurrirnos.

Moisés (Dt 30,19) dice: ¡Escoge la vida! Las tres tentaciones son entonces un ataque frontal a la verdad del hombre. Lo invitan a escoger la muerte, el vacío ilusorio. El gran engaño consiste en hacernos creer que toda nuestra vida consista en un poco de pan, en un poco de poder, en un poco de éxito, y que todo nuestro futuro consista en un puñado de cosas, en el vender el alma y los valores por un poco de carrera, en el entrar en el gran circo de imágenes que muestran todo y no demuestran nada.

La tentación es borrar nuestra hambre de cielo y de paz, hambre de justicia y de belleza, hambre de servir la vida. Entonces no queramos caminar sobre las manos de los ángeles, sino avanzar con toda la fuerza de nuestros ideales, con toda la fuerza de la Palabra de Dios, con tanta fuerza cuanto basta a dar el primer paso. Fuertes, como niños, no de nuestra fuerza, sino sólo de la fuerza con qué nos estrecha el abrazo del Padre.

El pasaje de las tentaciones en Lucas es también el cuento de cómo se atraviesan las tentaciones. ¿Huir las ocasiones? No siempre sirve. Es el Espíritu Santo que lleva a Jesús como en brazos en el desierto para que sea tentado por el Diablo. ¿Mantenerse firme, resistir, fuerza de voluntad? Es mejor que ceder, pero esa es la elección del junco que baja la cabeza esperando que pase la crecida del río. Así no se construye nada, así el hombre no crece pues hay poca fe en juego. El método de Jesús es un desafío a cara descubierta: no huye, más bien enfrenta la palabra de satanás con una palabra más alta: “De solo pan el hombre muere”.

El pan es bueno, pero más buena es la Palabra. El pan da vida, pero más vida viene de la boca de Dios. “No sólo de pan vive el hombre” y en Mateo 4,4 “El hombre vive de lo que sale de la boca de Dios”. Vive. No solamente resiste, se cansa, espera que pase la tempestad, sino vive, tiene vida, elige la vida.

Así se atraviesan las grandes tentaciones de la vida, oponiendo a la palabra del engaño la palabra de Dios; oponiendo al falso valor un valor más alto, venciendo a un amor ilusorio con un amor firme como Jesús en la cruz que se abandona en las manos de Dios Padre.

Las tentaciones son siempre una elección entre dos amores, que continuará hasta el último día en nuestro corazón profundo, hecho de ceniza y de luz; de ceniza que resurgirá luminosa cada vez que la Palabra de Dios se levantará a guiarnos en el camino de la vida. Dejemos que el Señor nos transforme, nos renueve y convierta, particularmente en ese camino de cuaresma, que nos conduce al gozo de la Pascua del Señor, a la victoria de la vida sobre la muerte.

La tentación es una oportunidad, un pasaje obligado para alcanzar la madurez. San Pablo nos asegura: “Dios es fiel y no permitirá que sean tentados por encima de sus fuerzas. En el momento de la tentación les dará fuerza para superarla” (1Cor 10,13). Y el autor de la carta a los Hebreos nos recuerda otra verdad consoladora: Jesús ha experimentado nuestras mismas tentaciones, y por eso “sabe compadecer nuestras debilidades” y “por el hecho de haber experimentado la prueba, es capaz de ayudar a los que están padeciendo la tentación” (Heb 4,15; 2,18).

Nos acompañe, particularmente en ese tiempo de cuaresma y en nuestra lucha contra el demonio, la Virgen María, Madre de la Iglesia y modelo de cada autentico discípulo del Señor.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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