Reflexión Dominical
II Domingo Cuaresma
Ciclo C, Evangelio según San Lucas 9, 28-36
Domingo 17 de marzo, 2019
Jesús había hecho su primer anuncio de su pasión y muerte: el Hijo del hombre tiene que sufrir mucho, ser rechazado, ser matado. Los apóstoles caen en el desconcierto, en las dudas, todo se hace tan difícil de entender y de vivir. Jesús mismo se detiene, y busca en el Padre el sentido profundo de lo que está por ocurrirle.
En el contacto con el Padre, mientras oraba, su rostro se transformó, iluminado por una luz intensa y bella. Jesús ha hecho suyo el proyecto del Padre; ha entendido que su sacrificio no se seria concluido con una derrota, más bien en la gloria de la resurrección.
Orar transforma, te cambia adentro, tú te vuelves en lo que contemplas, en lo que escuchas, en lo que amas. Oras y te transformas en Aquel que invocas, entras en intimidad con Dios, que tiene un corazón de luz que te ilumina.
Lámpara a tus pasos es la Palabra y el corazón de Dios, como lo fue por Jesús. Dios nos regala el rostro de Jesús que chorrea luz, rostro sobre el cual debemos tener fijos nuestros ojos para enfrentar el momento en que la vida chorrea sangre, como Jesús en el jardín de los olivos, en su pasión y en la cruz.
El Evangelio nos presenta a Jesús que sube al monte junto a los tres discípulos Pedro, Santiago y Juan. “Los tomó consigo”, para asociarlos a su vocación, a su vida, a su misión, a su camino. Y sobre el Tabor contemplarán la gloria de Jesús, la transfiguración de su rostro, que no pueden captar en la vida ordinaria de cada día.
Y es nuestro destino: liberar toda la luminosidad y la belleza sepultadas en nosotros. Como dice el salmo 66: “El Señor te bendiga con la luz de su rostro”. Y la bendición de Dios no es riqueza, salud y éxito, sino simplemente luz: luz interior, luz para caminar y escoger, luz a gustar. En la oración y en el silencio es posible vislumbrar, desde la fe, algo de la identidad oculta de Jesús. La oración es fuente de un conocimiento que no es posible obtener de los libros.
Entonces creer será como beber a las fuentes de la luz, y podremos decir con Pedro: “es bello quedarnos aquí”. Pero Jesús, nos dice en el evangelio de hoy, que tiene que cumplir un éxodo y los discípulos son invitados a seguirlo.
Después de momentos intensos de oración y de gozo, no volvemos de buena gana a la vida ordinaria, con todos los problemas que tenemos que enfrentar y que nos dan miedo. Pero sabemos que la escucha de la Palabra de Dios no es todo. Hace falta salir para encontrar y servir a los hermanos, para ayudar a quien sufre, para estar cercanos a los que necesitan amor. Hace falta ponernos en camino con Jesús que sube a Jerusalén para donar su vida.
Jesús se transfigura mientras ora. La oración es inicio cotidiano de transfiguración. El contemplar transforma: el hombre se vuelve en lo que mira con los ojos del corazón, se vuelve en lo que ama, se vuelve en lo que reza. Y una luz transparentará en el rostro del orante.
La oración nos hace más lúcidos y fuertes, capaces de distinguir lo necesario del efímero, capaces de ir contra viento y de enfrentar peligros, capaces de expresar posiciones no alineadas al “se dice”, “se cree”, “se piensa”.
Hay una palabra fundamental en el evangelio de hoy: “Escuchadle”. Quien escucha a Jesús, se vuelve como él; escucharlo significa ser transformados. Su palabra llama, hace existir, sana, cambia el corazón, hace florecer la vida, dona belleza, es luz en la noche.
El Padre toma la palabra, pero para desaparecer atrás de la palabra de su Hijo: “Escuchadle”. La fe judaico-cristiana no es una religión de la visión sino de la escucha. Subes al monte para ver y eres reenviado a la escucha. Bajas del monte y te queda en la memoria el eco de la última palabra: “Escuchadle”.
El rostro luminoso de Jesús es la meta, punto “omega” del mundo. Pero si ahora lo vemos emanar luz, en la última noche, en el Getsemaní, destilará sangre. Gotas de sangre y gotas de luz, inseparables: la verdad resplandece no sólo en las montañas del éxtasis, sino también en el corazón mismo de los sufrimientos de los hombres, de su infierno, de su muerte. La cruz sin la transfiguración es ciega; la transfiguración sin la cruz es vacía. Ser cristianos es tener juntos cruz y Pascua; la cruz gloriosa, un rostro empapado de dolor y bañado de luz.
No es fácil creer a la revelación de Jesús y aceptar su proposición de vida. Pero la transfiguración de Jesús, ocurrida mientras oraba, nos llama a buscar tiempo y corazón para la contemplación: allá encontraremos el rostro de Cristo, allá él me cambiará el corazón de tiniebla que todavía resiste. El amor es la fuerza capaz de restablecer la fe.
Unidos a Jesús, nuestra esperanza, no tendremos más miedo y gustaremos una manera diferente de vivir, nos volveremos más parecidos a él que transfigurará nuestra vida y nuestro corazón. En este tiempo de Cuaresma caminemos con Jesús que será con nosotros luz, fuerza, consuelo, sostén para continuar nuestro camino hacia la Pascua.
Entonces podremos ir al encuentro de tantos rostros desfigurados y transfigurarlos con la fuerza del Señor. Que podamos devolver la dignidad y la sonrisa a los rostros afeados y desfigurados por la sociedad.
Como escribe el Papa Francisco en Misericordiae Vultus 15, y repite continuamente: “Abramos nuestros ojos para mirar la miseria del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo”.
“Que las palabras de Jesús desciendan de nuestras cabezas hasta el corazón. Nuestra fe sería más fuerte, más gozosa y contagiosa”. (Pagola 2019).
Amen.
Padre Franco Noventa, mccj


Maravillosa reflexión que nos contagie a ser humildes y expresivos a nuestros semejantes y vivamos esa pascua unidos al amor de Dios.