Jesús subió a la cruz para estar conmigo

Reflexión Dominical

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Ciclo C, Pasión de Jesús según San Lucas

Domingo 14 de abril, 2019

Cada “domingo de Ramos”, la Pasión del Señor nos ofrece en la liturgia y en la Palabra una riqueza infinita que solamente en la oración y la contemplación personal cada uno puede intentar de sacar y hacerla alimento espiritual propio. Jesús sufre y muere en la cruz “para mí”, para liberarme de mi pecado y salvarme del miedo. El “sabe decir al abatido una palabra de aliento” (Is 50,4).

Jesús desde la cruz nos perdona.

Jesús, por una vez, acepta de entrar gloriosamente en Jerusalén aclamado por la muchedumbre como rey: “Bendito el que viene como rey en nombre del Señor”, casi anunciando anticipadamente su gloriosa resurrección, su triunfo sobre la muerte, precediéndonos en la gloria. Pero, solamente unos días después, aquel rey será condenado sobre una cruz: “Jesús de Nazaret rey de los Judíos”. Los mismos que aclamaban a Jesús, gritarán: “Crucifícalo, crucifícalo!”. Y Jesús, inocente, “llevará nuestros pecados sobre su cuerpo en el leño de la cruz, para que, no viviendo más por el pecado, viviéramos para la justicia, recordando que de sus llagas hemos sido sanados” (1Pt 2, 21-24).

Lucas nos recuerda como entre gritos de dolor, Jesús logra pronunciar unas palabras que descubren lo que hay en su corazón “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Así es Jesús. Ha pedido a los suyos “amar a sus enemigos” y “rogar por sus perseguidores”. Ahora es él mismo quien muere perdonando. Convierte su crucifixión en perdón. Su misericordia no tiene fin.

Jesús ha pasado su vida pública en perenne búsqueda de los excluidos y de los pecadores: ahora muere entre dos malhechores. A los gritos que suben a su cara de todo lado para que se salve, baje de la cruz y la gente crea, Jesús resiste. “No son los clavos que fijan a Jesús en la cruz, sino el amor” (Santa Catalina de Siena). Jesús no se sirve de su poder de Hijo de Dios, sino se hace servicio y don, abandonándose en las manos del Padre (Sal 31).

Jesús ha vivido confiando siempre en el Padre, y con la misma confianza muere. Aún en la hora de las tinieblas continúa a confiar en el amor. En la cruz Jesús experimenta hasta el fondo la debilidad del amor y su aparente derrota. Como nos recuerda Marcos el grito dramático del crucificado: “Dios mío, Dios mío, porque me has abandonado?”.

“Este grito de Jesús, identificado con todas las víctimas de la historia, pidiendo a Dios alguna explicación a tanta injusticia, abandono y sufrimiento, queda en labios del crucificado reclamando una respuesta de Dios más allá de la muerte: Dios nuestro, porque nos abandonas? No vas a responder nunca a los gritos y quejidos de los inocentes?” (Pagola 2019).

Pero Jesús dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Nada ni nadie lo ha podido separar de Él. El Padre ha estado animando con su Espíritu toda su vida. Terminada su misión, Jesús lo deja todo en sus manos. El Padre romperá su silencio y lo resucitara’.

En la cruz resplandece el rostro de Jesús, rostro de Salvador. Aquella mirada del Crucificado atrae a sí. Decía san Daniel Comboni: “Hace falta tener los ojos fijos en Jesucristo en la cruz, amándolo tiernamente… gustando un misterio de tanto amor… así seremos felices de ofrecernos a perderlo todo y a morir por Él y con Él” (E. 2720-2722).

“Tengo sed, dijo Jesús, cuando en la cruz se encontraba privado de todo consuelo. Renueven su celo para saciar esa sed en las dolorosas semblanzas de los más pobres entre los pobres: ‘Ustedes a mí me lo hicieron’… Jamás separen estas palabras de Jesús!” (Escritos de Madre Teresa de Calcuta).

“Cuando caminamos sin la cruz, cuando edificamos sin la cruz, y cuando confesamos un Cristo sin cruz, no somos discípulos del Señor: somos mundanos… pero no discípulos del Señor. Quisiera que todos… tengamos el valor… de caminar en presencia del Señor, con la cruz del Señor, y de confesar la única gloria: Cristo crucificado. Y así la Iglesia avanzará” (Papa Francisco, Misa con los cardinales, el 14.03.13)

¿Por qué Jesús ha venido? Porque desde siempre la tierra resuena de un grito de dolor y de nostalgia por el paraíso perdido, el Dios perdido, el amor y la paz perdidos. La crueldad prolonga en la historia la agonía de Jesús en la cruz. La tierra a veces parece como un inmenso llanto. Por eso un día Dios ya no pudo aguantar y entonces ha venido, ha alcanzado a sus hijos, se ha encarnado y ha gritado con ellos en la angustia y en la esperanza.

Jesús subió a la cruz para estar conmigo. El amor conoce a muchos deberes, pero el primero es de estar con el amado, cercano, unido, como una madre que querría tomar sobre de si el mal de su niño, enfermarse ella para sanar a su hijo. La cruz es el abismo donde Dios se hace el amante. Entra en la muerte porque allá va cada hijo suyo. No baja de la cruz, porque sus hijos no pueden bajar. Sólo la cruz quita toda duda, no hay engaño en la cruz.

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso” dice Jesús a uno de los malhechores. No hay nada que pueda separarnos de Jesús, ni mal, ni traiciones, ni muerte. Allí, en ese malhechor justiciado, ha sido consagrado el misterio de la persona humana: en su límite último, el hombre es todavía amado, todavía salvado. Nadie está perdido para siempre, nadie podrá ir tan lejos que no pueda ser alcanzado por el amor de Cristo. Jesús continua a morir de amor por mí y doquiera yo vuelva la mirada lo encontraré, eternamente clavado en un abrazo, que grita: “Te quiero”. El hombre renace ahora del Corazón traspasado del Hijo de Dios.

“Escucha a quién ha sido crucificado, escúchalo hablar a tu corazón. Escúchalo a él que te dice: Tu vales mucho para mi” (Juan-Pablo II).

“Sin embargo, que no desviemos nuestra mirada de los crucificados que están ante nuestros ojos… La manera más auténtica de celebrar la Pasión del Señor es reavivar nuestra compasión… Que nuestro beso al Crucificado nos ponga siempre mirando hacia quienes, cerca o lejos de nosotros, viven sufriendo” (Pagola, 2016).

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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