Reflexión Dominical
Domingo de Resurrección
Ciclo C, Evangelio según san Juan 20, 1-9
Domingo 21 de abril, 2019
Cuando todo parece perdido, cuando la noche de la vida parece obscura como nunca lo ha sido, cuando en la mente se abre siempre más un camino el pensamiento que “ya no se puede más”, cuando el corazón está aplastado por la pesada piedra del dolor y no encuentra la fuerza de amar, he aquí una luz que se enciende, un deslumbramiento que rompe la obscuridad y anuncia un nuevo inicio. Dulcemente una mirada se apoya sobre tu rostro, una mano enjuga tus lágrimas: la piedra del dolor rueda a un lado dejando espacio a la esperanza.
¡He aquí el gran misterio de Pascua! En esa santa noche (día), la Iglesia nos invita a ser testigos de la luz del Resucitado, a creer que quien vive en él no pronuncia la palabra “ya”, sino se confía en la palabra “aún”: hay todavía otra posibilidad, hay todavía esperanza, hay vida porque Cristo ha vencido, y nosotros con él, la muerte.
Como comunidad estamos llamados a ser centinelas de la mañana que saben descubrir, los primeros, los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos que acorrieron al sepulcro en el amanecer del primer día de la semana.
Lo que se nos proclama es una historia de luz, la victoria del amor infinito de Dios, noche de liberación, de pasaje de la muerte a la vida con Jesús Resucitado.
Aquel sábado ante la Pascua fue diferente de todos los otros. Las mujeres preparaban en secreto aromas, pero había noche en sus corazones. También la Madre, María, esperaba en silencio. Es el sábado del silencio de Dios.
Así para nosotros, sentados frente al sepulcro. Pero llega el tercer día, y una mañana o una tarde o una noche, el encuentro advendrá, y será cuando y como él querrá. A mí me basta desear, hacer memoria y esperar. Y cuando llegue lo reconoceré, como las mujeres, por dos signos: un temor sagrado que pero no es miedo, y pues un gozo que explota adentro, humilde y fuerte, que inunda el corazón.
Y correré, como María de Magdala y las otras mujeres a anunciar a los hermanos, “con temor y gozo grande”, a decirlo con la vida: Cristo está vivo. Jesús les dice de no llorar, de no temer, de no encerrarse en la tristeza ni de vivir en su recuerdo, sino de ir a Galilea porque será allá que lo verán. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.
Jesús ha salido del sepulcro y nos invita a salir: “salir de nosotros mismos para ir al encuentro de los demás, a la periferia de la existencia, a los más alejados, a los olvidados, a quienes necesitan comprensión, consuelo y ayuda…. Cristo exige ‘salir’: él ha salido de sí mismo para venir a nuestro encuentro, ha colocado su tienda entre nosotros para traer la misericordia que salva y da esperanza. Es un tiempo de gracia que el Señor nos ofrece para abrir las puertas del corazón, de la vida, de las parroquias y movimientos, saliendo al encuentro de los demás y brindando la luz y el gozo de nuestra fe. Salir siempre con el amor y la ternura de Dios” (Papa Francisco, 24.03.13).
“El Señor en quien creemos es un Cristo lleno de vida o un Cristo cuyo recuerdo se va apagando poco a poco en los corazones?… Para encontrarnos con el Resucitado hemos de hacer ante todo un recorrido interior. Si no lo encontramos dentro de nosotros, no lo encontraremos en ninguna parte…
María se encuentra con el Resucitado cuando se siente llamada personalmente por él. Es así. Jesús se nos revela lleno de vida, cuando nos sentimos llamados por nuestro propio nombre y escuchamos la invitación que nos hace a cada uno. Es entonces cuando nuestra fe crece… Es el amor a Jesús buscado personalmente en el fondo de nuestro corazón, el que mejor puede conducirnos al encuentro con el Resucitado” (Pagola 2019).
Estamos pues llamados a anunciar al Resucitado sin miedo, con pasión, con gozo, porque es allí y no en otros lugares que Él nos espera. Si Jesucristo ha resucitado, si yo he hecho la experiencia de eso, entonces cada día es “nuevo”. Hay tantos signos de bien que se revelan en el corazón de quien es pequeño y se confía a la acción de Dios, a las sugerencias del Espíritu, a la amistad de los hermanos. Ya hoy es posible reforzar estos signos de bien para volver histórica la resurrección del mundo.
Si yo creo que Jesús ha bajado también en las partes más obscuras de mi ser, entonces él ilumina y trasfigura, resucita amor y belleza, y yo participo de su resurrección.
“El discípulo que Jesús amaba”, recibiendo el testimonio de las mujeres, corre con Pedro al sepulcro y vieron los signos de la muerte. Pedro constata pero no logra ir más allá pues “no habían todavía entendido las Escrituras, según las cuales Jesús debía resucitar de entre los muertos”. Juan al contrario “vio y creyó”.
Es la intuición del amor que permite a Juan de ver el sepulcro vacío y de creer antes que todos los demás. El gozo de Pascua madura solo sobre el terreno de un amor fiel. Una amistad que nada ni nadie podría quebrar. Frente a los signos de la muerte Juan percibe la victoria de la vida. Juan quedará guiado por una nueva luz y sostenido por una nueva esperanza.
Pascua es la fiesta de las peñas rodadas lejos de la embocadura del corazón y del alma. Y salimos de allí listos a la primavera de relaciones nuevas, de una vida nueva donada por el Cristo Resucitado. Cierto eso no es que el inicio. La fiesta de la cosecha será sólo para después, cuando Dios enjugará toda lagrima y no habrá más ni muerte, ni luto, ni lamentación, porque las cosas de antes habrán pasado y Cristo será todo en todos.
Anuncia: Jesús está vivo. Entonces, en el corazón del dolor, en proximidad de la muerte, en el abandono, el anuncio de Pascua hará que el amor sea más fuerte que cualquier sombra.
Que por nuestra fe y nuestro amor sepamos dar esperanza al mundo, la esperanza que viene del Resucitado. ¡Feliz Pascua!
Amén.
Padre Franco Noventa, mccj

