¡Amor total por Jesús!

Reflexión Dominical

III Domingo de Pascua

Ciclo C, Evangelio según san Juan 21, 1-19

Domingo 5 de mayo, 2019

“En aquella noche no cogieron nada” (Jn 21,3). Es la amarga experiencia de Pedro y de sus seis compañeros después de una fatigosa noche de pesca. La pesca es un fracaso completo. Vuelven con las redes vacías. “¿No es esa la experiencia de no pocas comunidades cristianas que ven cómo se debilitan sus fuerzas y su capacidad evangelizadora?” (Pagola 2019).

No tengamos miedos de acercarnos a Jesús.

“Noche”, que no es simplemente una anotación temporal, sino más bien signo de las “noches” de tantos hombres y mujeres, a veces nuestras, en qué hay como ausencia del Señor, la vida nos parece sin sentido y sin fruto, experimentamos la inutilidad de tantos esfuerzos, nos sentimos perdidos. “Sin mí, no podéis hacer nada”, decía Jesús (Jn 15,5). Es fácil la tentación del desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe?

En este contexto de fracaso el evangelio dice que al amanecer, un hombre se acerca al cansancio y frustración de los apóstoles. La cercanía de Jesús, no importa si reconocido o no, lleva la luz del inicio de un nuevo día. Él les pregunta, gritando desde la orilla del lago, si tienen peces para comer, y ellos, sin haberlo reconocido, le confiesan su pobreza e impotencia.

Pero obedecen a la invitación de ese desconocido a echar las redes a la derecha de la barca: gesto sin sentido, y sin embargo obedecen pues aquel hombre les asegura que sí, tendrían suerte.

Y se cumple el milagro, abundante, excesivo, que colma la distancia entre el deseo humano y su objeto y suscita un camino de fe: ¿Quién es el misterioso personaje que está en la orilla del lago? “El discípulo que Jesús amaba” cumple ese camino con los pasos rápidos del corazón, gritando: “Es el Señor”; Pedro, a la nada, entra en las olas del lago. Intuición de amor de Juan, y prontitud generosa de Pedro: dos actitudes de cualquier verdadero discípulo de Jesús.

“Venid a comer y traed de los peces que acabáis de coger”. Jesús ha preparado un don pero pide también la colaboración de los suyos. No tiene sentido comer con Jesús si no se contribuye. No tiene sentido venir a la iglesia si alguien en la vida no recibirá algo de nosotros. El don de Jesús tiene que volverse en nuestro don. Y con un gesto simple y lleno de ternura, como una madre que se pone a preparar la comida por sus hijos, Jesús no pide cuentas, no regaña, más bien comparte e invita: todos juntos, entorno de un fuego de brasas, a comer pescado y pan preparado por Jesús mismo, en un clima de amistad y de simplicidad.

“Y ninguno de los discípulos osaba preguntarle: ¿Quién eres?, pues sabían bien que era el Señor”. Lo reconocen por el don, no por el milagro. Jesús los nutre y los envía, para que, por el anuncio, la salvación pueda alcanzar a todo hombre.

Y en fin, después de comer, el magnífico dialogo de Jesús con Pedro. Parece que todo empiece nuevamente de cero. Jesús ya no lo llama “Kefas” (Pedro), sino Simón hijo de Juan. Conoce su generosidad y amor pero también su fragilidad: lo sana abriéndolo a una confesión de amor repetida tres veces, como las tres veces con qué lo había renegado.

Ahora puede realizarse la promesa que en otro momento Jesús le había hecho: “Tú eres Kefas (Pedro) y sobre esa piedra edificaré a mi Iglesia. A ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 18-19). La vocación, como la fe, es un camino, un regalo del Señor, que espera de nosotros cada día una respuesta nueva; es una riqueza que nunca acabaremos de descubrir en su plenitud.

“¿Simón, hijo de Juan, me amas tú?”. Jesús se lo pregunta tres veces. Por Él, un hombre no coincide con su pecado ni con tantas noches sin fruto. Un hombre vale cuánto vale su corazón, que Jesús quiere reavivar, ahora. “Santidad” no es ausencia de pecado, sino renovar su pasión por Cristo, ahora.  “La misericordia de Dios. Un amor tan grande, tan profundo… que siempre aferra nuestra mano y nos sostiene, nos levanta, nos guía… no perdamos nunca la confianza en la paciente misericordia de Dios” (Papa Francisco, 7.04.2013, homilía en San Juan de Letrán).

Jesús Resucitado vuelve entre los suyos para decirles que no hay amargura, decepción, traición o fracaso que no pueda ser vencido, y que ha llegado la hora de levantar la cabeza, de retomar el camino. Jesús no se resigna, no quiere que tu vida sea inútil. No te dice que no sirves para nada. Él abre siempre otra posibilidad. Te invita a intentar de nuevo, a echar las redes, a fiarte.

“¿Me amas tú?”. Las dos primeras veces Jesús utiliza el verbo griego “agapáo”, que significa el amor total, como lo de Dios por el hombre. Pedro, que siempre había querido sobresalir, deja la competición, consciente de su fragilidad y de sus límites y de que no era mejor que los demás; y contesta a Jesús utilizando el verbo “filéo”, el verbo de la amistad. “Jesús, ya sabes que te quiero, que soy tu amigo”. La tercera vez, Jesús abandona el verbo “agapáo” y adopta el verbo utilizado por Pedro, “filéo”: “¿Simón, hijo de Juan, me quieres, eres mi amigo?”.

Jesús rebaja por tres veces las exigencias del amor (¿Me amas más que éstos? ¿Me amas de un amor total? ¿Me quieres como un amigo?), se pone al nivel de Pedro. El “tu” es más importante que el “yo”, pues solo así el amor es posible. Jesús asegura a Pedro que su deseo de amor ya es amor. Por eso le confía la tarea de apacentar a su grey, abandonando todo sentimiento de superioridad, viviendo al servicio de los demás. Sí, porque en el amor, uno deviene capaz de hablar, de testimoniar, de hacerse cargo de sus hermanos, como el Buen Pastor que desgasta todas sus energías y dona la vida por sus ovejas (Jn 10), pastor “según el corazón de Dios” (Jr. 3,15).

Jesús nos pone hoy y cada día a nosotros también la misma pregunta: “¿Me amas tú?”. Un Dios que, para cambiar el mundo, se hace mendigo de tu amor. Si como Pedro podemos responder que sí, que él que nos ha amado primero es nuestro amigo, el centro de nuestra vida, entonces a nosotros también él nos confiará un rebaño a cuidar. Quizás nuestro grey será pequeño: unos familiares, unos amigos, unos pobres. No importa. “Sígueme”. Ya no importan las traiciones y los alejamientos. En su amor Jesús dirá de nuevo “sígueme”, a los apóstoles y a cada discípulo suyo.

Digamos a Jesús: “Si no buscas a hombres perfectos pero sí apasionados, entonces llámame y te seguiré y cuidaré de cuantos tú me confiarás, especialmente los más pequeños y débiles. Oh, Jesús Resucitado, atraído en el vórtice de tu amor, no tendré miedo de las fuerzas hostiles que quieren extinguir a tu Iglesia, pues tu amor sostiene a los sucesores de Pedro, sostiene a tu Iglesia y a cada miembro suyo que hace de ti y del encuentro contigo su vida, habilitándose así a dar testimonio de tu presencia y amor en el mundo. Que podamos llevar a nuestros hermanos, aunque sea con gestos sencillos y a veces invisibles, la ternura y el consuelo de Dios”.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

 

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