Misioneros sin… Tierra de Misión

1. Estoy leyendo la última exhortación apostólica postsinodal de nuestro Papa Francisco, Vive Cristo nuestra esperanza. En ella, todo es bello, y precisamente lleno de esperanza y de cristiano optimismo, aunque el Papa reconoce los enormes y dolorosos desafíos con que hoy los jóvenes deben enfrentarse.
A mí, anciano, me impresionó, llenándome de admiración y emoción, el apartado dedicado a los Jóvenes Santos. (N. 49-63). Ahí el Papa nos presenta una lista, suficientemente amplia, de jóvenes que, en los pocos años de su corta vida, alcanzaron una muy elevada santidad.
Son santos que no conocieron la vida adulta y que nos dejaron el testimonio heroico de otra forma de vivir la juventud.
Unos son de Europa, como santa Juana de Arco (1412), joven guerrera que sale de todo posible esquema para defender su patria; otros de Asia, como el catequista Andrés Phȗ Yȇn, mártir vietnamita del siglo XVII; otros de África, como Isidoro Bakanja, laico del Congo, torturado por su fe y que murió en 1909 perdonando a sus verdugos. De América, el Papa recuerda a Santa Catalina Tekakwitha, de los pueblos originarios de la actual Canadá, perseguida por su fe y que expiró suspirando: “¡Jesús, te amo!”.
No podía faltar el recuerdo del beato Ceferino Namuncurá, joven argentino, hijo de un destacado cacique de los pueblos originarios y que murió, ya seminarista salesiano en 1905.
Debo decirlo, en la lista eché de menos el recuerdo de nuestro José Sánchez de Río, el muchacho de Sahuayo – Michoacán, mártir a sus 14 años. Le hubiese sido tan fácil quedarse libre, desde el momento en que cedió su caballo a su capitán, aun sabiendo que hubiese caído prisionero, al día en que fue sometido a horribles torturas para que traicionara a sus compañeros.
No sorprende que la devoción hacia este jovencito se esté difundiendo de prisa en nuestra América y más allá. A las torturas de sus verdugos, él respondía hasta cuando pudo, con su: “¡Viva Cristo Rey, viva la Virgen de Guadalupe!” Cuando se le conoce, se experimenta una extraordinaria y sobrenatural fascinación.

2. El recuerdo de estos Jóvenes Santos, me suscitó una normal curiosidad, la de saber cuántos han sido los jóvenes misioneros Combonianos que marcaron las historia de nuestras Familia Misionera, entregando su joven vida a la misión.
Entre los misioneros y misioneras a quienes el Espíritu Santo ha regalado el carisma de nuestro padre y fundador, San Daniel Comboni, desde el año de fundación (1867) 240 jóvenes de menos de 30 años, concluyeron su muy breve “carrera” misionera.
Nunca había caído en la cuenta de que fueran tan numerosos. Ha sido particularmente entre los que siguieron a nuestro fundador en Sudán en esos breves años (1867-1881) que la muerte “robó” a numerosas jóvenes vidas misioneras. El más joven fue el Hno. Birozzi Domingo, quien falleció en Khartoum a los 16 años… Eso significa que adolescente de 15 años siguió a Comboni hacia aquella dura misión. ¿Fue imprudencia o heroísmo? Nos inclinamos a pensar que fue imprudencia pero bien sabemos que fue heroísmo cristiano y misionero que solo la fuerza del Espíritu hace posible.
Entre las Misioneras Combonianas admirable es el caso de la Hna. Betuzzi María, quien falleció en el Obeid (Sudán) a los 21 años, en 1880, al estallar la revolución Mahdista.
Todos los misioneros y misioneras que siguieron a Comboni, bien sabían que se exponían a un viaje sin retorno. Sabían que de la anterior expedición de misioneros franciscanos, del actual norte de Italia y de Austria, nadie había sobrevivido…
Si Tertuliano había escrito “la sangre de los mártires es semilla de cristianos”, bien podemos afirmar que las jóvenes y florecientes Iglesias de África tienen los firmas cimientos de estos jóvenes verdaderos mártires, testigos de la irresistible fuerza de la pasión misionera.
No pocos jóvenes de nuestra provincia de habla Alemana vieron truncado su sueño de salir a misiones, porque fueron llamados al frente durante la segunda guerra mundial y murieron víctimas de los ataques o prisioneros en Rusia. Eran soldados alemanes comprometidos en una guerra absurda, pero con el sueño de un nuevo destino en África o en Perú.
Otros jóvenes, aunque no muchos, no pudieron llegar nunca a misiones porque murieron por enfermedad. De entre ellos, no puedo olvidar al joven español Mirás Farto Manuel. Murió a los 20 años, después de poder realizar su sueño de consagrarse a la misión con la profesión de los votos de castidad, pobreza y obediencia. Había sido su confesor y acompañante durante sus dos años de noviciado. Ya estaba yo en Kenia cuando me llegó su última carta en que me hablaba con extrema serenidad de su gravísima enfermedad. Me decía: “los médicos no me han dicho todo, pero yo investigué y sé que voy a morir pronto… Estoy en sus manos, ¡mi Dios y mi todo!”

3. Son recuerdos que consuelan y animan y que manifiestan la verdad de la afirmación de Pablo: “todo lo puedo en Aquel que me fortalece” (Flp 4,13), “por la gracia de Dios soy lo que soy, y la gracia no ha sido vana en mí” (1Cor 15,10).
Y la gracia no ha sido vana en estos jóvenes héroes porque supieron tomar la decisión más trascendental de su joven existencia, la de decir SÍ a la acción de Dios en ellos. Lo hicieron al estilo de María. Escribió recientemente de ella el Papa Francisco: “María no conocía esa expresión: vamos a ver qué pasa. Era decidida, supo de qué se trataba y dijo SÍ, sin vueltas”. Fue el SÍ de quien quiere comprometerse y de quien quiere arriesgar, de quien quiere apostarlo todo, sin más seguridad que la certeza que era portadora de una promesa. (CHV 43).
Los jóvenes que hemos recordado hasta aquí se sentían portadores de una invitación divina: “¡ven y sígueme!” (Mc 10, 21); “como el Padre me ha enviado yo te envío” (Jn 20,21).
Seguirle a Jesús y ser enviado, implica inevitablemente complicaciones, pero no serán nunca, sin duda, las complicaciones que se producen cuando la cobardía nos paraliza.
Jóvenes misioneros y misioneras, fuertes del SÍ que un día pronunciaron al que los llamó y que se volvieron así, portadores de esperanza para nuestra Familia comboniana y para la Iglesia toda… Desde la meta alcanzada, aún sin alcanzar la tierra de misión, están intercediendo para que no se apague la luz de la esperanza.

Mons. Vittorino Girardi

Obispo Emérito de Tilarán-Liberia

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