Sigamos construyendo la Iglesia

Reflexión Dominical

Solemnidad de Pentecostés

Ciclo C, Evangelio según san Juan 14, 15-16. 23-26

Domingo 9 de junio, 2019

Hoy, Pentecostés, revivimos aquel día decisivo para los discípulos de Jesús, reunidos con María en el Cenáculo en la oración y memoria de Jesús, cuando hubo sobre de ellos la irrupción del Espíritu Santo. Se cumple lo que Jesús anunció en la Ascensión: “Quedaos en la ciudad hasta que no seáis revestidos de un poder desde lo alto” (Lc 24,49) y la promesa de “otro” Paráclito “que quede siempre con vosotros” (Jn 14,16). Fue una experiencia que cambió profundamente su vida.

Fue la primera Pentecostés. La Iglesia empezaba su camino en la historia de los hombres. Aquellas puertas del Cenáculo guardadas atrancadas durante cincuenta días “por miedo de los judíos”, en fin se abren de par en par, y los discípulos, no más replegados sobre sí mismos, empiezan a hablar a la muchedumbre que se había agolpada, atraída por el ruido extraño: son judíos de Roma y prosélitos que han venido de todos países a Jerusalén para celebrar la Pascua.

Que el Espíritu nos permita dar testimonio en medio de la sociedad.

Y cada uno, asombrado, oía en su propio idioma a los apóstoles que anunciaban las maravillas hechas por el Señor. Es claro ahora que la salvación lograda por Jesucristo está destinada a todos los pueblos. De tantos hombres de pueblos diferentes, el Espíritu hace una sola familia, la Iglesia.

Los Apóstoles, libres de todo miedo, anuncian a Jesús, la “Palabra” que todos comprenden, toca los corazones, los conmueve y convierte.

La fiesta de Pentecostés es la fiesta del respiro de Dios, que da respiro a la Iglesia, que ayuda el mundo a respirar mejor. Cuando hablamos de “espíritu”, en el lenguaje común, pensamos a algo de inconsistente e indeterminado. Al contrario el Espíritu de Dios es el signo de su infinita proximidad que se hace respiro, ruah, afín que las fibras de la vida no mueran.

Vivimos en un tiempo en que percibimos por nuestra Iglesia una extrema necesidad del Espíritu. Como decía Juan XXIII al card. Ottaviani, jefe del “Sant’Uffizio”: “Es el tiempo de abrir las ventanas, sin dilación, sin miedo, para dejar que el Espíritu vuelva a soplar y nos alcance”, como ocurrió en la primera Pentecostés.

El Espíritu de Dios nos dice que Dios es libre y engendra la libertad. No se puede capturarlo, archivarlo, burocratizarlo. Cuando la Iglesia no sabe reconocer la voz del Espíritu, se vuelve en cárcel de Dios… y de los cristianos. “¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta? Nos hará bien hacernos estas preguntas durante toda la jornada” (Papa Francisco, Pentecostés 2013).

El Espíritu de Dios en hebraico es “ruah”, que es un término al femenino. El griego y el latín lo han traducido al masculino. Hoy el Espíritu nos recuerda la primacía de la ternura y del amor, mientras en su historia la Iglesia ha sido a veces tan pobre de compasión y de ternura. Por eso el Papa Francisco abrió el año de la Divina Misericordia.

El Espíritu de Dios da la posibilidad de hablar en la lengua nativa de cada hombre, de cada cultura. Eso significa que nadie puede sentirse y sobretodo ser tratado de extranjero. El Espíritu de Dios pide a las iglesias de saber declinar los verbos de la fraternidad, de la justicia, de la paz, y no los verbos de la exclusión, de la opresión, del poder. Pentecostés es un mensaje de universalidad, marca el inicio de una Iglesia que da vida al principio de identidad, respetando las diferencias.

Pentecostés nos invita a custodiar las voces y las miradas de los pueblos, su polifonía. Como decía el Papa Francisco en Rumania el 31.05. 2019: “Que nos renueve el Espíritu Santo, que no ama la uniformidad y quiere plasmar la unidad en la más bella y armoniosa diversidad. Que su fuego consume nuestras difidencias”.

El Espíritu nos pide hoy de construir todos juntos una iglesia que busca la felicidad del hombre, una iglesia más libre, más pobre, más responsable y confiada. Y tomar consciencia de que el Espíritu habita en mí y también en el otro, en el “diferente” de mí, viviendo así la hospitalidad y la reciprocidad. Siempre en Rumanía, el Papa Francisco dijo: “Ayúdanos Padre a no ceder al miedo, a no ver en la apertura un peligro y… caminar, y buscar siempre con transparencia y sinceridad el rostro del hermano”.

“Espíritu de amor, llena nuestros corazones de esperanza y de tenacidad, afín de que nunca desesperemos de tu don, y seamos testigo de ti ahora y siempre” (card. Martini).

El Espíritu nos da la fuerza de vencer al espíritu y a los deseos de la carne, nos hace hijos de Dios, capaces de amarlo como Él nos ama. “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5) y nos hace gritar: “¡Abbá, Padre!”.

El Espíritu nos recuerda las palabras de Jesús no guardándolas como en un relicario de cristal, sino haciéndolas vivas, presentes, fecundas como una semilla que germina para crear la familia de Dios. El Espíritu es viento, aire nuevo, movimiento. Es fuego que purifica, ilumina, contagia.  “He venido a llevar el fuego en la tierra y como querría que ya prendiera” (Lc 12,49), decía Jesús.

La efusión del Espíritu nunca se interrumpe, continúa en el tiempo en la medida del deseo y del amor de los creyentes que siempre lo imploran, con Cristo, para que la luz y la gracia de Dios baje sobre cada hombre para renovarlo y renovar el mundo: nuestro mundo, que espera la verdadera libertad, la salvación, y el verdadero gozo.

“El Espíritu de Dios es de todos, porque el amor inmenso de Dios no puede olvidar ninguna lagrima, ningún gemido ni anhelo que brota del corazón de sus hijos e hijas… El Espíritu de Dios sigue trabajando silenciosamente en el corazón de la gente normal y sencilla, en contraste con el orgullo y las pretensiones de quienes se sienten en posesión del Espíritu” (Pagola 2019).

“Envía Señor el Espíritu Santo prometido por tu Hijo… para que nos abra al conocimiento de la verdad” nos hace pedir la liturgia al ofertorio. !Ven Espíritu Santo!

Amén.

Padre Franco Noventa mccj

 

Un comentario

  1. Flor de María

    Muy clara y completa su expocisión.
    Gracias P. Franco

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