El fuego es la pasión de Dios

Reflexión Dominical

XX Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 12, 49-57

Domingo 18 de agosto, 2019

Asombra la facilidad con que el escepticismo o la irrisión logren a resfriar los entusiasmos, a apagar los ideales, a volver inocuas las enseñanzas más nobles. Jóvenes que movidos por una sincera pasión de construir un mundo nuevo y una iglesia más evangélica, después de algunos años hayan renunciado a sus sueños.

“Yo he venido a traer fuego a la tierra, y cuanto desearía que ya estuviera ardiendo”.

Se han dejado tomar por el desaliento y en seguida por la resignación. No habían puesto en cuenta la oposición, las resistencias, los conflictos, las dificultades, y no han resistido.

Jesús ha alertado a sus discípulos sobre este peligro: “Si el mundo los odia, sepan que antes me odió a mí. No sería lo mismo si ustedes fueran del mundo, pues el mundo ama lo que es suyo” (Jn 15,18). Un destino dramático acomuna, desde siempre, a los justos (Lc 6, 23.26).

El fuego anunciado por los profetas y encendido por Jesús salva, es el fuego de su palabra, es su Espíritu que en el día de Pentecostés bajó como flama sobre los discípulos (Act 2,3-11) y ha empezado a difundirse en el mundo como un incendio benéfico y renovador. “Yo he venido a traer fuego a la tierra, y cuanto desearía que ya estuviera ardiendo”.

“El fuego que arde en el corazón de Jesús es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren… Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida… Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos” (Pagola 2019).

Este fuego que ilumina es la Palabra de Jesús “que deben tener como una lámpara que luce en un lugar oscuro, hasta que se levante el día y el lucero de la mañana brille en sus corazones” (2Pt 1, 19-20).

Lo que el Señor todavía busca son discípulos cuyo corazón quema, como a los dos discípulos de Emaús (Lc 24,32). Los que el Señor rechaza son los cristianos como los de Laodicea, ni calientes ni fríos (Ap. 3,16).

“Yo no sé si la fe asegura una vida feliz, pero yo sé que la fe vuelve la vida encendida, intensa, vibrante, apasionada, luminosa: y creo que esa sea la vida feliz, esa sea la manera más humana de participar al milagro de existir” (E. Ronchi).

El fuego, las llamas, son el símbolo del amor de Dios. Así en efecto se concluye el Cantar de los Cantares: “Es fuerte el amor… sus flechas son dardos de fuego como llamas de Dios. Quién apagará el amor? Las grandes aguas no podrán apagar el amor” (8, 6-7).

Ese es el fuego que Jesús ha venido a llevar: un Dios amante, que está como fuego dentro de quien lo ama, zarzal inextinguible del cual sacar luz y calor.

Pero antes Jesús tiene que recibir un bautismo, ser inmergido en las aguas de la muerte (cfr.  Mc 10, 38-39) por sus enemigos que quieren apagar para siempre el fuego de su palabra, de su amor, de su Espíritu. Y obtienen el efecto contrario: comunican a ese fuego una fuerza que no se puede contrastar ni apagar.

Cierto, los que se sienten amenazados por este fuego no se quedan pasivos. Se oponen con cualquier medio. Reaccionan con violencia porque quieren perpetuar el mundo del pecado. Entonces explotan incomprensiones, divisiones y conflictos, hasta las persecuciones y las violencias hasta la muerte. Disentimientos necesarios aunque dolorosos, sobretodo cuando implican miembros de la misma familia.

Como el profeta Jeremías, el cristiano tiene que escoger si rendirse a las ideas del “así hacen todos” y al sondeo de las opiniones, o bien resistir con una fe a caro precio. “Los cristianos deberían a veces acariciar el mundo contrapelo” (Leonardo Sciascia).

Hemos oído hablar después del Concilio de la estupenda imagen de los “signos de los tiempos”. Imagen que aparece en la boca de Jesús en el evangelio de hoy (vv. 54-57). Por los campesinos es importante saber reconocer los cambios del tiempo. Tienen que saber cuándo están llegando las lluvias para sembrar al momento justo. Saben de no poder equivocarse porque arriesgan de ver las semillas sembradas, quemadas por el sol, como ocurría tantas veces en el Tchad y la gente… no tenía otras semillas!

Cómo es, dice Jesús, que los hombres están tan atentos a los signos del calor y de las lluvias, y no saben reconocer los signos del mundo nuevo que ha aparecido? Es porque son hipócritas. Pueden ver, y no quieren abrir los ojos, no por ignorancia, más bien por mala voluntad.

La realidad nueva introducida por Jesús los molesta, los incomoda, y fingen (como los actores, los “hipócritas” precisamente) de no darse cuenta de lo que está ocurriendo. Tienen miedo de las consecuencias del Evangelio, de las novedades que está introduciendo.

“Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús” (Pagola 2019).

“Mi Dios, haz de mí el canal invisible de tu gracia y que mi vida manifieste tu amor… Mi Dios, que una chispa de tu amor ilumine nuestras tinieblas” (Madeleine Danielou).

Amén.

Padre Franco Noventa mccj

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