Salvación… para todos

Reflexión Dominical

XXI Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 13, 22-30

Domingo 25 de agosto, 2019

La liturgia de hoy se abre en la visión de la salvación según el proyecto de Dios. Dice el Señor en Isaías: “Yo vendré a reunir a todos los pueblos y todas las lenguas; ellos   vendrán y verán mi gloria” (Is 66,8).  Dios quiere hacer una sola familia de todos los pueblos de la tierra. Es un respiro universal de salvación, don del cielo para todos y nadie puede reclamarla por derecho. La salvación nunca es propiedad de una etnia, de un grupo, de una comunidad, de un pueblo, de una nación, de una civilización ni de una religión: siempre es un regalo de Dios.

Debemos comportarnos con un corazón sincero, sin hacer diferencias con ninguna persona.

Es lo que dice Jesús al final del evangelio de hoy: “Vendrán desde oriente y occidente, desde el norte y el sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Desde ahora, en cada eucaristía y en toda nuestra vida, podemos experimentar ese gozo de sentir a los demás no como extraños, sino como hermanos y hermanas.

En un mundo atravesado por el odio, la indiferencia o el rechazo de quien es diferente o de otra nacionalidad o religión y raza, los discípulos de Jesús estamos llamados de una manera especial a participar a la realización de ese sueño de Dios, a mostrar con palabras y gestos concretos que todos somos la única familia de Dios y que solamente en la fraternidad los hombres encontrarán su salvación.

El evangelio de hoy empieza con una pregunta de alguien que escuchaba a Jesús, inútil o presumida: “¿Son muchos o pocos los que se salvan?” Jesús no contesta directamente, sino con una parábola, como si dijera: no te preocupes del número, tu esfuérzate de entrar en el reino; sin excluir a otros, tu trata de ser acogido; no te compares con los demás, sino con el Señor que abre y cierra las puertas de la vida.

El camino hacia el banquete del Reino de Dios no es un cómodo paseo, la vía es estrecha, y la puerta más! Tenemos que hacernos pequeños, sabiendo que solo la misericordia de Dios puede salvarnos de nuestra fragilidad. Así podremos entrar.

Poco a poco la parábola nos muestra que la puerta se hace de estrecha a cerrada, y surge en nosotros practicantes, fieles de ayer y de hoy, que siempre comulgamos, una sutil angustia cuando leemos en el evangelio: “ábrenos Señor, somos los tuyos”, y aquella voz desde el interior que dice: “no os conozco”.

Palabras inquietantes. Desde toda la vida trato de conocerte Señor, y eres tú, ahora, ¿que dices de no conocerme? Eso porque “conocer” en la Biblia no es un simple hecho mental o teórico, sino el encuentro total, la intimidad.

No basta conocer el evangelio, hace falta vivirlo. Conocer a Cristo es entonces una atenta comunión de comportamientos, una imitación de Cristo y de Dios. La voz del Señor me dirá: “Te conozco”, solo si El descubrirá en mi vida algo de su vida. Entonces la puerta se abrirá para mí y podré sentarme a la mesa gozosa de Dios y de sus amigos. Dios me acogerá los brazos abiertos.

El Dios de la acogida buscará en ti huellas de acogida, semillas de comunión y pan compartido: encontrándolos, abrirá la puerta de par en par. En el umbral del eterno, el Amor buscará en ti algo en que mirarse. Y si Dios reconocerá en nosotros por lo menos un pequeño reflejo de su rostro, Él nos dirá: “Os conozco”. Nos reconoceremos recíprocamente como Padre e hijo, como manantial y agua que brota, como sol y como su rayo, como amor en cada amor.

Pero la puerta es estrecha y se necesita esfuerzo para entrar en ella. ¿Qué quiere decir con eso Jesús? ¿Es un llamado al sacrificio, a la austeridad? O, ¿quiere decir que el evangelio es demasiado difícil y que por eso serán pocos los que entrarán en la gran sala de la fiesta eterna?

Cierto, de nuestro egoísmo brotan ramas de orgullo, de odio, de avaricia, de envidia, de deshonestidad y cuanto más: con esas ramas no lograremos pasar por la puerta, hace falta cortarlas, podarlas; y esa poda, come dice la carta a los Hebreo (12,11): “en el momento duele, no parece causa de gozo sino de tristeza; pero después lleva un fruto de paz y de justicia”.

La puerta es Cristo y acogiéndolo con el corazón, Él nos introducirá al corazón de Dios. La puerta es estrecha, pero viviendo de Cristo pasarás por ella. Seremos atraídos a través de la puerta como la aurora es atraída por el sol, hasta desaparecer en él. La puerta es estrecha pero bella porque nos conduce a la fiesta. Eso ocurrirá solo si en nuestra vida tratamos de vivir como Jesús, de vivir las bienaventuranzas; una vida buena, donde el amor tiene la primacía.

La puerta es estrecha pero bella, estrecha pero suficiente pues la gran sala está llena de gente de todo país y raza, como hemos visto al principio. Todo racismo es contra Dios pues Dios llama a todos, se ofrece a todos.

Entonces empecemos a acoger en nosotros la puerta misma que es Cristo (“Yo soy la puerta” Jn 10,7), puerta estrecha como la ley del amor, más exigente que cualquier otra ley. Acojamos en nosotros los comienzos de un umbral que es comunión y devendremos nosotros mismos, lugar de pasaje, pequeña puerta por la cual entra y sale vida. Nuestro Dios es un Padre-Hijo-Espíritu Santo que me aman sin fin.

Que el banquete en el cielo esté preparado también por nosotros, y que el Señor desate las ligaduras que nos impiden de caminar en pos de Jesus.

 

Amén.

Padre Franco Noventa mccj

 

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