El humilde sabe amar

Reflexión Dominical

XXII Tiempo Ordinario

Ciclo C, Evangelio según san Lucas 14, 1.7-14

Domingo 1 de setiembre, 2019

El pasaje del Evangelio de hoy empieza con un cruce de miradas: la gente observa a Jesús y él observa a los invitados al banquete y nota cómo ellos escogen los sitios más importantes, las primeras plazas. De esa observación nacen las dos parábolas de hoy.

¿Está Dios en nuestro primer lugar del corazón?

“Jesús no se siente cómodo…faltan sus amigos los pobres… que encuentra mendigando por los caminos. Los que nunca son invitados por nadie. Los que no cuentan: excluidos de la convivencia, olvidados por la religión, despreciados por casi todos” (Pagola 2019).

Como en el tiempo de Jesús, hoy también los hombres corren para tomar las primeras plazas. La vida parece ser: ser el número uno, vencer, tener éxito, estar más arriba que los demás. Lo vemos todos los días, en la vida civil, en la política y tristemente también en la Iglesia. Lo que es importante no es estar junto a los demás, más bien sobre los demás.

Escoger la primera plaza, concierne el corazón, no las sillas. Es poner a sí mismo delante de todo. Así que es claro que no es cuestión de sillas, sino de estilo de vida. Esa actitud nos hace enemigos uno de otro, condenándonos a una vida hecha de soplos, de empujones, de envidias, de abusos.

La palabra de Jesús, al contrario, es una amonestación fuerte que dice: “Vete en la última plaza”. Pero porqué la última plaza? La última plaza es la que Jesús eligió, “venido para servir y donar su vida” (Mt 20,28). La última plaza: porque si miras a alguien desde lo alto hacia abajo, no lo amas de verdad; porque somos todos invitados a una cena, y competir por los sitios en una cena es perjudicar su espíritu, que es comunión, amistad, fraternidad. Me gustó en un film de los “Caballeros Templarios” que estaban todos entorno de una mesa redonda: todos iguales!

Quien pone precedencias entre hermanos y amigos, los separa, cumple la obra de aquel que es “el divisor desde el principio” (1Jn 3,8). Sin embargo Jesús no habla solamente de igualdad entre invitados, de igualdad entre los hombres. Mucho más: habla de la última plaza. Es un poco como la “puerta estrecha” del domingo pasado: hace falta hacerse pequeños y humildes como niños, porque solamente ellos entrarán en el Reino de los cielos, en la fiesta del Padre.

El Señor no soporta a los soberbios y no tolera a los egoístas. Él es “el Padre de los humildes”. Dice el Siracide: “Hijo… cuanto más grande eres, tanto más humíllate y encontrarás gracia delante del Señor… porque por los humildes Él es glorificado” (Sir 3, 17-20).

Humildad es reconocer que solo Dios es grande, bueno, misericordioso. Ninguno de nosotros es bueno por carácter o por naturaleza; al contrario estamos todos amasados de egoísmo. La bondad es fruto de conversión, de escucha de la palabra de Dios, de la práctica de la caridad. El humilde comprende, sabe amar, sabe ser hermano y hermana, sabe rezar, sabe ser humano.

Jesús hace de la ironía sobre los escribas que aman pasear con vestidos anchos y les gusta ser saludados en las plazas, y tener los primeros asientos en las sinagogas y en los convites (Lc 20,46).

Jesús, después de haber analizado el comportamiento de los invitados, se fija sobre la actitud de aquel que invita. Otro vuelco: pasar de una invitación interesada a una basada sobre la gratuidad total. “Y serás dichoso!”, dice Jesús al final, porque la recompensa al don no es un retorno, sino la felicidad del otro y la vida que resucita entorno de ti.

Tristemente “es el eterno problema de la Iglesia: todos tendrían que hacerse servidores, pero hay siempre quien aspira a títulos honoríficos, se infla de orgullo, y llega a transformar hasta la Eucaristía en una ocasión de auto-celebración. Es el cáncer que destruye nuestras comunidades” (Fernando Armellini).

Jesús nos dice: “aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”.

Cuando ofreces un banquete – y ya es una cosa grande ser capaces de ofrecer – “no invites a los amigos, ni a los hermanos, ni a los parientes, ni a los vecinos ricos”! Bellos esos cuatro peldaños del corazón en fiesta, el circulo cálido de los afectos. Pero no los invites, dice Jesús, porque después ellos también te invitarán, y te quedarás en la ilusión de un balance entre dar y haber, cerrando las brechas para una vida más amplia.

Cuando ofreces un banquete, nos dice Jesús, “invita a unos pobres, lisiados, rencos, ciegos”. He aquí otros cuatro peldaños: esos te llevan más allá que el cerco de la sangre, más allá que el placer de la reciprocidad. Invita a esos extraños comensales no porque tú lo necesites, sino porque ellos lo necesitan. Esa gente no era admitida en el templo de Dios porque su miseria era signo de su estado de pecados (Lev 21,18; 2Sam 5,8)!

Para los pobres será un banquete feliz. Y “dichoso” serás tú, nos dice el Señor, porque el gozo más grande es aquel que de ti fluye y que retiras multiplicado del rostro del otro. Serás dichoso porque actúas como actúa Dios, porque vivir es donar: nunca la felicidad es solitaria. Serás dichoso porque, como decía san Pablo citando una palabra de Jesús, “hay más alegría en el donar que en el recibir”.

“Hemos de escuchar los gritos evangélicos del Papa Francisco en la pequeña isla de Lampedusa: la cultura del bienestar nos hace insensibles a los gritos de los demás…hemos caído en la globalización de la indiferencia… hemos perdido el sentido de la responsabilidad. Que podamos generar y desarrollar unas relaciones más humanas que hagan posible unas condiciones de vida digna para todos, empezando por los últimos” (Pagola 2019).

Jesús nos hace comprender que, si Dios ama a todo hombre, significa que en todo hombre hay algo de maravilloso, también en los más pobres. La felicidad de Dios está toda aquí: amar con gratuidad.

María Santísima, madre de Jesús y nuestra, tú que por tu humildad fuiste glorificada y por eso pudiste cantar el Magníficat; tú que nos donaste a Jesús hasta la cruz y por eso eres Madre de la Iglesia, apréndenos a imitarte y a amar como tú y Jesús en completa gratuidad, y ser así gozoso testimonio y anuncio del Evangelio.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

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