Amar al estilo de Jesús

Reflexión del Evangelio

VII Domingo Tiempo Ordinario

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 5, 38-48

Domingo 23 de febrero, 2020

Estamos siempre en el sermón de la montaña. Hoy también Jesús nos pide un salto de calidad. No le basta que tengamos un comportamiento correcto y justo, dentro de los límites de la razón humana. Jesús quiere más, quiere que aprendamos a amar como él ha amado, desvistiéndonos de nosotros mismos y deviniendo servidores del gozo los unos de los otros. Antes de la comunión decimos: “Señor no soy digno”. ¿Por qué? Porque estamos conscientes que la unión con Cristo en la Eucaristía implica nuestro compartir su vida y sabemos que no logramos donarnos como Él a los hermanos sin reservas, que no tenemos la fuerza de dejarnos “consumir” por ellos. Pero unidos a Jesús podremos dar unos pasos.

Jesús quiere ensanchar el corazón de los hombres, rompiendo toda barrera.

Sólo de Jesús, que se ha entregado a sí mismo por nosotros, podemos aprender el verdadero valor del amor y la medida alta de la santidad. “Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (I lectura). “Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”. “Estamos todavía en exilio, lejos del Señor” (2Cor 5,6.9), pero predestinados a ser conformes a su imagen (Rom 8,9), a volvernos en manifestación de su amor que no conoce confines de raza ni de religión, un amor ofrecido indistintamente a amigos y enemigos.

El Evangelio da cumplimiento a la Ley haciendo del mandamiento del amor el punto de referencia absoluto. Amarás a los malvados, a los enemigos, a los perseguidores, rezarás por ellos. Amarás, tú primero, no como respuesta a un amor, sino para anticiparlo. Amarás sin esperar nada más que el amor mismo, amarás hasta a aquel que no es amable. Como Dios hace, buscando el bien de todos, con una justicia que no tiene en cuenta el mal recibido. Sería una utopía si Jesús, primero, no hubiera vivido integralmente esa ética del amor absoluto e incondicionado.

En el equilibrio del dar y del haber (“ojo por ojo…”), en el ilusorio saldo contable del amor, Jesús introduce el desequilibrio: ¡Dad! Dad sin contar; orad (“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Lc 23,24), presentad la otra mejilla, bendecid, prestad, a amigos y enemigos. La lógica de la represalia no hace que redoblar la violencia, y el mal se prolongaría al infinito, como vemos en el Medio Oriente y en las “vendettas (venganzas)” de los narcotraficantes y mafia. El odio ha crecido en el mundo para justificar una guerra, para levantar una muralla, para tomarse el petróleo…

Jesús nos invita a no hacer violencia al hermano, más bien ser disponibles a soportar la injusticia (Mt 5,39). Jesús ha luchado contra sus adversarios en el plan de las ideas, nunca Jesús los ha eliminados. En la cruz dirá: “Padre, perdónalos…”. Los enemigos, al contrario, se eliminan recíprocamente.

A todos los que están convencidos, ayer como hoy, que a la violencia hace falta responder con la violencia, Jesús propone la alternativa de la no-violencia, la lógica del perdón. No se lucha contra el mal cuando se destruye a las personas. Hay que combatir el mal, pero sin buscar la destrucción del adversario.

“Presenta la otra mejilla”. Nos daría ganas de decir: “¡ser buenos, de acuerdo, pero no tontos!”. Pero Jesús insiste: baja las defensas, seas desarmado, no infundas miedo, muestra que no tienes nada que defender, tampoco tu vida, y el otro comprenderá que es absurdo serte enemigo. No se trata de una pasividad morbosa de quien no sabe reaccionar, sino de una precisa iniciativa: no cierres, relaza tu relación, haz tú, primero, un primer paso, perdonando, empezando de nuevo, amando sin esperar de ser amado en retorno.

Cierto es muy bello amar a los que nos aman: llena la vida. Pero hay más que la vida presente, hay un mundo nuevo a crear, un sueño de Dios a realizar. Dios, para cambiar el mundo, dona ternura, misericordia, perdón. Yo también puedo hacer surgir un poco de luz y de esperanza en un corazón colmo de maldad. Yo también puedo sembrar ternura en quien conoce solo la palabra odio o violencia. Y nuestra vida será más bella, más rica, más feliz.

Jesús quiere ensanchar el corazón de los hombres, rompiendo toda barrera, todo confín entre hombre y hombre, y eso por medio del amor a todos. Así hace Dios. Dios hace resplandecer su sol y envía la lluvia sobre justos e injustos, buenos y malvados, a todos distribuye sus dones, “sin distinción de persona” (Rom 2,11) y sin preferencias. Hagamos como nuestro Padre Dios, haciendo surgir un poco de luz y de esperanza a quien tiene solo obscuridad delante de sí, transmitiendo el calor de la ternura y la energía de la solidaridad.

La oración nos une al Señor, purifica la mente y el corazón de los pensamientos y de los sentimientos dictados por la lógica de este mundo y hace ver al malvado con los ojos de Dios, que no tiene enemigos. Que tristeza cuando, en nombre de Dios que nos invita a amar a los enemigos, la Iglesia ha desencadenado cruzadas contra los enemigos de Dios y sigue bendiciendo las armas que sirven para matar enemigos.

“Al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa”.  En Israel, hombres y mujeres no llevaban que esos dos vestidos sobre el cuerpo desnudo. Jesús nos dice que el discípulo tiene que estar dispuesto también a quedarse desnudo, como su Maestro en la cruz. “La disponibilidad a donarlo todo, a no guardar nada para sí mismo, a ponerse totalmente a servicio del hombre, incluido el enemigo, nos pone sobre las huellas de Cristo y nos  guía hacia la perfección del Padre… que no excluye a nadie de su amor” (Fernando Armellini).

“¿Si amáis a los que os aman que premio tendréis?”. “Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto”: lo que Lucas traducirá en “sed misericordiosos como el Padre vuestro celestial es misericordioso”. La perfección es la caridad, el amor sin confines.

Lo que deseo para mí es justamente todo eso: quiero ser amado y que alguien me bendiga porque existo, y que rece por mí; quiero ser desarmado por el perdón de quien me presenta la otra mejilla, y que se me rinda bien por mal; quiero que se tenga confianza en mí y que se me perdone; que se me aliente y se estime lo que tengo de bueno, y se considere de poca importancia lo que tengo de malo; que se respeten mis secretos y no se me trate nunca de inferior.

Eso quiero por mí, eso trataré de dar a los otros. Será el camino de mi perfección. Dios regala gozo a quien produce amor. El amor puede desarmar el odio. Es importante buscar caminos que nos lleven hacia la fraternidad y no hacia el fratricidio. El amor puede transformar el mundo.

Amén.

Pbro. Franco Noventa mccj

 

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