Jesús, luz del mundo

Reflexión del Evangelio

IV Domingo Tiempo Cuaresma

Ciclo A, Evangelio según san Juan 9, 1-41

Domingo 22 de marzo, 2020

“Llegaba en el mundo la luz verdadera que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9): Cristo que ha venido a disipar nuestras tinieblas, a aclarecer nuestras noches, a introducirnos en la familia de los “hijos de la luz e hijos del día” (1Tes 5,5).

Hace falta amar, tender la mano a quien lo necesita, pararse, hablar.

El Evangelio de hoy nos habla de un hombre ciego de nacimiento que finalmente obtiene de Jesús, “luz del mundo”, la vista. Al final, el ex-ciego llega a la fe, y esa es la gracia más grande que Jesús le hace: no solamente de “ver”, sino de “verlo”, pues quien sigue a Jesús luz del mundo “no caminará en las tinieblas, sino tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

Es todo un camino progresivo que hace aquel ciego: al principio habla de aquel que lo ha sanado como de un hombre llamado Jesús; en seguida afirma que tiene que ser un “profeta”; pues proclama con coraje que es alguien “que viene de Dios”; en fin, llega a la fe: Jesús es “el Hijo del Hombre”, es “el Señor”. Los fariseos al contrario, que creían de ver, de saberlo todo, encerrados en su presumida verdad, se quedan en sus tinieblas pues no quieren abrirse a la verdad de Jesús. “Vino a su propia casa, y los suyos no lo recibieron; pero a todos los que lo recibieron les dio capacidad para ser hijos de Dios” (Jn 1,11). “Los hombres se fijan en las apariencias, pero el Señor se fija en el corazón” había dicho Dios a Samuel en la I lectura.

Todos conocían a aquel ciego. Algunos le hacían una limosna presurosa y proseguían en su camino. Jesús lo ve y se para. Los discípulos le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres. Según el judaísmo corriente, la desgracia era efecto del pecado. Dios castigaba al hombre en proporción de su culpa. Un concepto triste y ofensivo de Dios que ha pasado también entre los cristianos; cuantas veces, en el medio de una prueba, escuchamos decir: “¿Qué mal he hecho, para que el Señor me castigue de esa manera?”. Casi que el Señor esté espiando nuestras debilidades para castigarnos.

Dios no es la causa de nuestros males. Dios no es indiferente a nuestros sufrimientos y dramas. El viene en nuestro socorro para sanarnos. Dios es “compasión”, no explicación. Por eso Jesús, desde que vio a ese ciego, decidió rescatarlo de aquella vida de mendigo, despreciado por todos como pecador, porque se siente llamado por Dios a defender, acoger, y curar a los que viven excluidos y humillados.

El ciego en efecto no busca una explicación de su desgracia: busca compasión y manos que lo toquen con ternura, y alguien que ponga sobre sus ojos apagados algo de sí mismo, con aquella mínima liturgia de manos, de barro, de saliva, de cura. En aquella mano de Jesús que lo toca se cumple el misterio del amor de Dios. Jesús abre los ojos de aquel ciego para que se manifieste la obra de Dios, una vida libre del mal. Jesús invita a aquel ciego a ir a lavarse en la piscina de Siloé. El ciego fue, se lavó y vio.

La gente no cree que aquel hombre fuera el mismo mendigo conocido por todos. Los fariseos se fastidian en lugar de alegrarse por un hombre que empieza a ver, por alguien que encuentra esperanza, sonrisa, gozo. Los fariseos son hombres lejanos de la vida, sin compasión para los demás. Así intentan de humillarlo y lo echan de la sinagoga. Burócratas de la religión, analfabetas del corazón: ninguna pena por los ojos vacíos del ciego, ningún entusiasmo por sus ojos nuevos iluminados.

Al final de la narración, Jesús vuelve al ciego que de él conocía sólo el sonido de las primeras palabras y el toque de sus manos. “¿Crees?”… “Yo creo Señor”. En esas simples palabras pasa el secreto de la vida. Es la profesión de fe de un hombre que, amado, reconoce en el amor el rostro de Dios. Es la luz de Jesús, luz que vence el mal, luz que ilumina la vida y la hace eterna.

“Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman, aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón. ¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús…a los que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo (José Antonio Pagola)

Y es extraordinario ese ciego. Es libre y valiente, dice lo que piensa, hasta usar ironía; no se deja asustar por los que, abusando de su poder, insultan, amenazan, recorren a la violencia (vv 24 ss.).  “¿Acaso también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” (v. 27). Padece violencia, pero no renuncia a la luz recibida y prefiere ser expulsado de la institución (v. 34).

Y cuando Jesús se le acercará y le preguntará si cree en el Mesías, él, dispuesto a reconocerlo, dirá a Jesús: “¿Y quién es, Señor, para que yo crea en él?”. Cuando Jesús le dice conmovido: “Soy yo, que estoy hablando contigo”, él dice: “Creo Señor, y postrándose, lo adoró”. Admirable esa progresión en la fe de ese ciego de nacimiento sanado por Jesús.

Estamos llamados a ser como Jesús. Hace falta amar, tender la mano a quien lo necesita, pararse, hablar. Sólo así podremos ayudar a quien no ve, a reencontrar la vista.

El Evangelio de hoy nos invita a conquistar una vista nueva, un rostro radiante, a ser luz en el Señor. ¿Cómo? Pensemos a Moisés (Ex 34, 28-35): su rostro era radiante “porque había conversado con el Señor”. Hablar con Dios, nos hace luminosos, la oración abre las puertas de la luz que se condensa, se queda enredada en el rostro y en el corazón del orante.

El hombre deviene lo que contempla. El hombre deviene lo que ama, lo que mira con los ojos del corazón; el hombre deviene lo que reza. Entonces seremos de verdad, como nos dice la II lectura de hoy, “luz en el Señor”: “mirad al Señor y seréis radiosos…” (Sal 34).

En este tiempo de cuaresma tendríamos todos que perder un poco más de nuestro tiempo para mirar a Jesús, para dejarnos mirar por él, para escucharlo y contemplarlo. De manera que transparente un poco de cielo desde el fondo de nuestro ser, cumpliendo como Jesús gestos de amor. No basta la mirada de Cristo llena de estupor y de piedad. Hacen falta las manos de Cristo llenas de atención y de ternura. Que nuestras manos puedan florecer en gestos de compartir.

Que el Señor nos done fe y serenidad en las pruebas de nuestra vida. Dejemos que el Señor plasme también nuestros ojos, nuestra vida. Dejémonos encontrar por Cristo, dejémonos iluminar por él. Entonces sabremos ver al hermano que sufre, pararnos como Jesús y sanarlo. Rechazando a Jesús luz del mundo, vivimos en las tinieblas. Jesús logra a abrir los ojos únicamente a los que no quieren guardarlos cerrados. Dios nos sorprende: escoge a los últimos (el domingo pasado la Samaritana) para anunciar y hacer crecer su Reino en el mundo. Hagamos con Jesús un diálogo de corazón a corazón, de amigo a amigo.

Amén

Padre Franco Noventa, mccj

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