Quien confía en Jesús con él resucitará

Reflexión del Evangelio

V Domingo Tiempo Cuaresma

Ciclo A, Evangelio según san Juan 11, 1-45

Domingo 29 de marzo, 2020

“Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”, dice Jesús a Marta. El domingo pasado hemos visto la iluminación del ciego de nacimiento. La resurrección de Lázaro nos abre los ojos sobre la muerte, hipoteca de toda la vida. Mirar en los ojos a la muerte y escrutar su misterio, es necesario para vivir.

¡Yo soy la resurrección y la vida!

Jesús nos salva, no de la muerte. Es imposible, somos mortales. Sin embargo él nos salva “en” la muerte. Jesús nos hace ver como se puede vivir el amor hasta al dar la vida. Estamos libres de gastarla en el egoísmo o invertirla en el amor, sabiendo que “quien ama su vida la perderá, y quien odia su vida en este mundo, la guardará por la vida eterna” (Jn 12,25). “La gloria de Dios es que el hombre viva” (San Ireneo).

Desde Betania, Marta y María envían un mensaje a Jesús, diciéndole que su amigo Lázaro estaba muy enfermo. Pero Jesús se quedó dos días más allí donde estaba, antes de ponerse en camino. Cuando llega, Marta le dice: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Esas palabras introducen el tema del “atraso de Dios”.  Jesús nunca ha ocultado su cariño hacia Lázaro y sus hermanas Marta y María. Todos lloraban y Jesús también se puso a llorar y la gente se dio cuenta cuanto Jesús amaba a Lázaro.

“Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más intimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir… ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?” (Pagola)

Jesús no ha venido a modificar los ritmos de la vida y de la muerte del hombre, a modificar el decurso de las enfermedades, a atrasar indefinidamente el momento de morir, más bien ha venido a dar un sentido nuevo sea a la muerte que a la vida. Y el sentido nuevo es eso: quien cree en él, no morirá para siempre. La muerte no es que un paréntesis de sombra para después salir de nuevo en el sol: “Lázaro, ven afuera”, sal a la presencia de Dios y de la muchedumbre de los amigos. Ese es el misterio de muerte y resurrección, como una crisálida que sólo muriendo se transformará en una espléndida mariposa. Cierto, Lázaro morirá otra vez más tarde, pero su retorno a la vida es un signo de la victoria sobre el enemigo último del hombre (1Cor 15,26), es signo de resurrección, de comunión de vida con el Padre de la vida.

Queda, sin embargo, el atraso de Dios, frente a las tragedias, frente a la guerra, frente a cada muerte. Pueblos enteros están como encerrados por una losa pesada, sin esperanza, oprimidos por el hambre, la soledad, los prejuicios. Y los discípulos de Jesús, hoy también, tantas veces se quedan lejos de los tantos Lázaros sepultados y oprimidos. Y nos quejamos con Jesús “¿No podías impedir que mi familiar, mi amigo, aquel niño inocente muriera?”. Preguntémonos más bien: ¿Dónde estamos nosotros mientras millones de personas mueren de hambre, de sed, de enfermedades que podríamos curar? ¿Dónde estamos nosotros mientras cerca y lejos de nosotros hay personas que sufren y mueren sin que nadie se dé cuenta?

Jesús se acerca a sus hermanos abandonados, encerrados en la muerte, como Lázaro, y llora. Dentro de pocos días se le ocurrirá a él también de quedarse solo en el Getsemaní sudando sangre, soledad que lo acompañará hasta la cruz. El misterio del llanto de Jesús. Esas lágrimas son la salvación. Dios llora por mí; yo no moriré para siempre, y eso por su amor que no acepta de acabarse. Sus lágrimas “no son impotencia de dolor, sino potencia de amor” (S. Fausti).

Cada uno de nosotros es Lázaro, enfermo y amado. Soy yo el amigo que él no acepta ver acabar en la nada de la muerte, porque la muerte pone en juego la credibilidad de Dios: la muerte roba a Dios sus tesoros, sus hijos, pero no para siempre. La resurrección es posible por las lágrimas de Dios. Habitado por el amor de Dios yo soy ya habitado por la resurrección.

Desde unos días Jesús se había alejado de Jerusalén, escondiéndose al otro lado del Jordán, pues los judíos querían capturarlo y matarlo: “Tomaron piedras para lanzárselas, pero Jesús se ocultó y salió del templo” (Jn 8,59). Pero ahora está convocado por la amistad. Ahora encuentra el coraje de la amistad, un coraje que contagia, por lo menos una vez, a Tomas y a los otros: “Vamos también nosotros y muramos con él”. Jesús muestra que hay algo que vale más que su propia vida: su amistad por Lázaro. Yo soy Lázaro. Es para mí que Jesús arriesga su vida.

Y el último gran mensaje de ese Evangelio: “Si crees, verás la gloria de Dios”.  Gloria de Dios no es el milagro, sino el hombre viviente; gloria de Dios es la vida que vuelve a fluir. La vida del hombre es tan importante que lo empuja a arriesgar su propia vida. Es para mí que Jesús pierde su vida. Es para mí que él es la resurrección. El quita la losa y nos empuja como a Lázaro fuera de nuestras grutas muradas, suelta lo que nos ata, nuestro egoísmo, frialdad, indiferencia, amargura; nos invita a salir, a ir. “Ven afuera, desatadlo, dejadlo andar”. Verbos de vida y de futuro: vete hacia más libertad, más consciencia, más amistad; vete hacia una vida más comprometida. Y eso es posible porque Jesús vive en mí. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.

“Privado de la luz de la fe, todo el universo acaba encerrado dentro de un sepulcro sin futuro, sin esperanza” (Ben XVI cuaresma 2011). Solo con la fe tendremos vida. “Voy a abrir las tumbas de ustedes… y cuando haya abierto sus tumbas y los haya hecho levantarse, sabrán que yo soy Dios. Pondré en ustedes mi Espíritu y vivirán” (Ez. 37, 12…14).

“Lázaro, sal afuera”: cierto “huele mal”, como huelen los pobres, los campos de prófugos, todos aquellos sobre los cuales se derriba la maldad de los hombres. El amor del Señor no conoce barreras, quiere lo imposible. Pidamos a Jesús que pare el coronavirus sobretodo en Europa adonde hay tantos muertos (en mi ciudad, Padua, hay ya unos 600 muertos), en África adonde no tienen hospitales adecuados, y también en Costa Rica y en el resto del mundo.

Cierto, el atraso de Dios pesa, pesa hasta al escándalo. Cuantos prófugos hacia Europa mueren cada año, más de 10.000, en el Mediterráneo. Cientos de miles muertos en el Sudan del Sur. Sin embargo, digamos al Señor: creo en el sol aun cuando no resplandece, creo en el amor aun cuando no me es dado, creo en Dios aun cuando se calla. Porque, si el rostro de Dios es aquel de Jesús, si el nombre de Dios es “amigo”, mi nombre es “amado por siempre”.  Quien confía en Jesús, con él resucitará.

Amén

Padre Franco Noventa, mccj

 

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