El hombre nuevo nace del corazón traspasado de Cristo

Reflexión del Evangelio

Domingo de Ramos de la Pasión del Señor

Ciclo A, Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26, 14-27, 66

Domingo 5 de abril, 2020

Jesús, el Mesías, que hasta aquel momento se había tenido escondido, toma posesión de la ciudad santa de Jerusalén y del templo, revelando así su misión de verdadero y nuevo pastor de Israel, aún sepa que eso lo llevará a la muerte. “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila” (Zac 9,9). Jesús entra en Jerusalén como rey. La gente parece intuir eso y extiende sus mantos por el camino, como se usaba en Oriente al pasaje del rey, y agitaban ramas de palmas. El grito “Hosanna”, que significa “Dios, sálvanos”, expresa la necesidad de salvación y de ayuda que la gente sentía. Finalmente llegaba el Salvador.

Cristo subió a la cruz sólo para estar conmigo y ser como yo.

Jesús entra en Jerusalén y en nuestras ciudades de hoy come aquel que puede liberarnos de nuestras esclavitudes y hacernos partícipes de una vida más humana y solidaria. Su rostro es aquel de un hombre manso y humilde. Dentro de pocos días será aquel de un crucificado, de un vencido. Es el triunfo y la pasión de Jesús. La Liturgia, con la narración de la Pasión de Jesús, quiere como abreviar el tiempo y mostrarnos en seguida el verdadero rostro de ese rey, cuyo crimen es de haber amado y enseñado a amar.

La única corona que pronto se le pondrá en la cabeza es aquella de espinas, el cetro es una caña y su uniforme un manto carmesí de burla. Cuan verdaderas son las palabras de  Pablo: “Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos… se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz” (Fil 2, 6-7).

Aquellos ramos de palmas que hoy son el signo de la fiesta, dentro de unos días, en el jardín del Getsemaní, lo verán sudar sangre por la angustia de la muerte. Jesús no huye, toma su cruz y con ella llega hasta el Gólgota donde viene crucificado. Aquella muerte que a los ojos de muchos pareció una derrota, en realidad fue una victoria, pues sólo Dios podía vivir y morir en aquella manera.

El ramo de palma que llevaremos a nuestras casas, signo de paz y reconocimiento, como gritaban los niños judíos, que Jesús es el “bendito que viene en el nombre del Señor”, sea en el mismo tiempo el signo de nuestro empeño a estar cerca del él en estos días, para consolar a un hombre que va a morir para todos.

Ojos y corazón estén con Jesús en su vía dolorosa, a los pies de la cruz; sus palabras resuenen dentro de nosotros; su alto grito lacera el silencio. En ese grito está nuestra vida. Frente al Evangelio de la Cruz advertimos la exigencia de silencio, silencio participe y que adora; sentimos la necesidad de creer y de contemplar su ilimitado amor y la misteriosa y no menos dolorosa “pasión” del Padre.

Sobre la cruz Jesús experimenta la desolación la más amarga y el dramático abandono de Dios. Pero el silencio del Padre no es un silencio de indiferencia, es un silencio de sufrimiento y de impotencia. El Padre se constriñe a la impotencia para que el Hijo pueda dar la prueba suprema de su amor: “Nadie tiene un amor más grande de quien dona la vida para sus amigos” (Jn 15,13).

Así que el Padre también sufre. Sufre por el hombre que se pierde. Sufre por perder la vida de su Hijo, su bien más querido: “Dios ha tan amado el mundo que le ha dado a su Hijo unigénito”. “Dar”, sinónimo del verbo “amar”.

Cristo subió a la cruz sólo para estar conmigo y ser como yo. Sólo para que yo pueda estar con él y ser como él. Sólo un Dios sube a la cruz y entra en la muerte, porque en la muerte entra cada amado suyo. No baja de la cruz porque sus hijos no pueden bajar. Cualquier otro gesto nos habría fijados en una falsa idea de Dios. Sólo la cruz quita toda duda. Cualquier hombre, cualquier rey, si pudiera, bajaría de la cruz. Sólo un Dios no baja del madero.

La cruz es el abismo donde Dios se convierte en el amante.  Eso expresan las primeras palabras pronunciadas sobre el mundo después de la muerte de Jesús: “Realmente éste era Hijo de Dios”. El acto de fe nace frente a la cruz. Creer a la Pascua es fácil, demasiado bello. Fe verdadera es el viernes santo, cuando ni un eco responde al fuerte grito de Jesús. “La esencia del cristianismo es la contemplación del rostro del Dios crucificado”. (Card. Martini) que se hace compañero de cada hombre sufriente y oprimido. “Yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,13).

El hombre nuevo nace del corazón traspasado de Cristo. Entonces la cruz es un mensaje de gozo y esperanza enviado a cuantos están en la angustia y en el dolor, envueltos en tinieblas de muerte. El Reino de Dios ha empezado cuando, sobre la cruz, el Señor ha manifestado todo su amor y su interés por el destino del hombre.

Como creyentes estamos llamados nosotros también a cumplir la misión del “Siervo”, de Cristo: mantenernos a la escucha de la palabra de Dios, traducir en actos lo que hemos escuchado y estar dispuestos a cualquiera consecuencia. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto” (Jn 12,24). Probablemente no moriremos mártires, pero todos estamos llamados a hacer algo por nuestros hermanos a llevar un poco de esperanza a los ancianos solos y abandonados, a tantas mujeres víctimas de la violencia, a jóvenes sin trabajo y sin futuro, a tantos pobres que encontramos cada día en nuestro camino.

Como decía San Juan-Pablo II: “Escucha a quien ha sido crucificado, escúchale hablar a tu corazón. Escúchale a él que te dice: tu vales mucho para mí”. Que sepamos escuchar a Cristo crucificado y a cuantos son hoy como Él. “El triduo pascual es memorial de un drama de amor que nos dona la certeza de que no seremos jamás abandonados en las pruebas de la vida” (Papa Francisco).

Amén

Padre Franco Noventa, mccj

 

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