Resucitó de veras…

Reflexión del Evangelio

Vigilia Pascual y Domingo de Resurrección

Ciclo A, evangelio según san Mateo 28, 1-10 y según san Juan 20,1-9

Domingo 12 de abril, 2020

Cuando todo parece perdido, cuando la noche de la vida parece obscura como nunca lo ha sido, cuando en la mente se abre siempre más un camino el pensamiento que “ya no se puede más”, cuando el corazón está aplastado por la pesada piedra del dolor y no encuentra la fuerza de amar, he aquí una luz que se enciende, un deslumbramiento que rompe la obscuridad y anuncia un nuevo inicio. Dulcemente una mirada se apoya sobre tu rostro, una mano enjuga tus lágrimas: la piedra del dolor rueda a un lado dejando espacio a la esperanza.

Como comunidad estamos llamados a ser centinelas de la mañana que saben descubrir, los primeros, los signos del Resucitado.

¡He aquí el gran misterio de Pascua! En esa santa noche (día), la Iglesia nos invita a ser testigos de la luz del Resucitado, a creer que quien vive en él no pronuncia la palabra “ya”, sino se confía en la palabra “aún”: hay todavía otra posibilidad, hay todavía esperanza, hay vida porque Cristo ha vencido, y nosotros con él, la muerte.

Como comunidad estamos llamados a ser centinelas de la mañana que saben descubrir, los primeros, los signos del Resucitado, como han hecho las mujeres y los discípulos que acorrieron al sepulcro en el amanecer del primer día de la semana. Magdalena era una prostituta. Pedro, un hombre lleno de pasiones y de contradicciones. Juan, un joven fascinado por la figura y el mensaje de su Maestro. ¿Por qué han creído? Porque los tres estaban enamorados, eran unos apasionados, llenos de defectos, de crisis, de traiciones, pero llenos de amor.

En esa noche de vigilia nuestras tinieblas son disipadas por la narración de la historia de la salvación y nos recuerda como Dios, desde la creación del mundo, es siempre fiel a sus promesas y no olvida a su pueblo. A pesar de las traiciones y fragilidades del pueblo, Dios no abandona a Israel, sino cuida de él con infinita ternura y con generosidad perdona todas sus culpas (Is 55,7).

Lo que se nos proclama en esta noche es una historia de luz, la victoria del amor infinito de Dios, noche de liberación, de pasaje de la muerte a la vida con Jesús Resucitado. Aquel sábado ante la Pascua fue diferente de todos los otros. Las mujeres preparaban en secreto aromas, pero había noche en sus corazones. También la Madre, María, esperaba en silencio. Es el sábado del silencio de Dios.

Así para nosotros, sentados frente al sepulcro. Pero llega el tercer día, y una mañana o una tarde o una noche, el encuentro advendrá, y será cuando y como él querrá. A mí me basta desear, hacer memoria y esperar. Y cuando llegue lo reconoceré, como las mujeres, por dos signos: un temor sagrado que pero no es miedo, y pues un gozo que explota adentro, humilde y fuerte, que inunda el corazón.

Y correré, como María de Magdala y las otras mujeres a anunciar a los hermanos, “con temor y gozo grande”, a decirlo con la vida: Cristo está vivo. Jesús les dice de no llorar, de no temer, de no encerrarse en la tristeza ni de vivir en su recuerdo, sino de ir a Galilea porque será allá que lo verán.

La Galilea, que ha sido la tierra del ministerio ordinario de la vida de Jesús, es ahora símbolo de aquella vida normal, ordinaria en qué todos estamos sumergidos y que estamos llamados, como testigos del Resucitado, a iluminar con la luz de la fe.

Es como decir que el Resucitado tenemos que reconocerlo no en las cosas sensacionales, extraordinarias, sino sobre todo en aquellas de todos los días. Estamos pues llamados a anunciar al Resucitado dentro de nuestras Galileas, sin miedo, con pasión, con gozo, porque es allí y no en otros lugares que Él nos espera.

Pascua. Cristo está vivo, hoy. Y antes de resucitar “descendió a los infiernos”, en el fondo obscuro de la historia y de la materia, para darle energía y dirección hacia la luz, el amor, la libertad. Si yo creo que Jesús ha bajado también en las partes más obscuras de mi ser, entonces él ilumina y trasfigura, resucita amor y belleza, y yo participo de su resurrección.

Pascua es la fiesta de las peñas rodadas lejos de la embocadura del corazón y del alma. Y salimos de allí listos a la primavera de relaciones nuevas, de una vida nueva donada por el Cristo Resucitado.  Cierto eso no es que el inicio. La fiesta de la cosecha será sólo para después, cuando Dios enjugará toda lagrima y no habrá más ni muerte, ni luto, ni lamentación, porque las cosas de antes habrán pasado y Cristo será todo en todos.

Digamos a Jesús: ámame, aunque yo no sea amable, aunque yo sea pobre y te ame poco, aunque no lo merezca. Ámame tú Señor. Cuando no tengo ganas de amarte, cuando tengo miedo de ti y huyo, cuando nadie me ama, ámame tú Señor. Y correré como Juan, dirigiré mi mirada hacia ti como María, arderá mi corazón como a los dos de Emaús. Ámame tú Señor y será Pascua, y lo anunciaré a mis hermanos, que contigo la vida es bella y buena, iluminada por el amor, inundada de paz, perfumada de gracia.

Nosotros, testigos del Viviente y no asustados custodios de un sepulcro, nosotros hombres tendidos a la vida, decimos: “Este es el día que ha hecho el Señor” (Sal 118,24). Tenemos que aprender a vivir como resucitados. A vivir como enamorados de la vida. A la religión del miedo, del pecado, del sacrificio, tenemos que contraponer comunidades que vivan con entusiasmo el Evangelio de las Bienaventuranzas. A una sociedad siempre más encinta de arrogancia, de violencia, de indiferencia, de banalidad, contrapongamos comunidades siempre más grávidas de acogida, de hospitalidad, de solidaridad.

Como decía con un pensamiento lleno de esperanza el gran poeta Pablo Neruda: “Pueden cortar todas las flores, pero no podrán impedir la llegada de la Primavera”. “Cristo, nuestro gozo ha resucitado” es la salutación querida por el Oriente cristiano. “Cristo resucite en nuestros corazones” es el augurio que nos damos unos a otros, la bella noticia que queremos comunicar a todos, con la gracia, la fuerza y la paz de Cristo Resucitado.

¡Feliz Pascua! A pesar del momento difícil que vive el mundo y nosotros a causa del coronavirus! Y son sobre todo los “Niños de la calle” (hoy es la Jornada Internacional para ellos), unos 250 millones que sufren. Recemos por ellos

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

 

 

 

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