Ascensión del Señor

Reflexión del Evangelio

Ascensión del Señor

Ciclo A, evangelio según san Mateo 28, 16-20

Domingo 24 de mayo, 2020

“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. La pregunta de los dos hombres vestidos de blanco sorprende a los apóstoles, oprimidos por un sentido de vacío, suspendidos entre nostalgia del pasado y desconsuelo del presente, por la soledad en que se encuentran en la ausencia de la presencia física de Jesús. Su futuro parece sin esperanza. Es la misma situación en qué se encontraron después de la muerte de Jesús.

“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”.

Es lo que nos ocurre tantas veces. No es siempre fácil, en la vida de cada día, sentir que el Señor está presente por medio de su Espíritu y nos acompaña y sostiene. La tentación del desaliento, del pesimismo y de la desconfianza está siempre al acecho.

“Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?”. Es inútil perseguir aquel rostro. Ya es imposible tocar aquel cuerpo. Se acabó el tiempo de los encuentros y de los nombres, cuando él decía: “¡Pedro!”, “¡María!”, “¡Tomas!”. Se acabó el tiempo en que compartían el mismo pan y pescado entorno del mismo fuego.

Los apóstoles se han quedado solos. La Iglesia nace de un cuerpo ausente. Pero la invisibilidad no significa ausencia: el Señor no se ha ido lejos, al contrario, está más cerca que antes. Si antes estaba “junto” a sus discípulos, ahora estará “dentro” de ellos. El cuerpo de Jesús era también un límite, un obstáculo: sólo pocos pudieron verlo y tocarlo, pocos oyeron su voz que los llamaba por su nombre.

Ahora, con la Ascensión, hay el pasaje desde el Jesús de Nazaret a su presencia en todas las cosas, en todos los hombres, en todos los días, como lo decía san Pablo a los Efesios: “Cristo es aquel que se realiza todo en todas las cosas” (Ef. 1,23).  Cristo es la plenitud de cada cosa que existe. Cristo es nuestro futuro y llama a plenitud el tiempo y las cosas. Jesús con su ascensión nos dice que por cada uno de nosotros hay un futuro de gloria, de consuelo, de gozo.

Después de haber contemplado lo que es la Ascensión, estamos listos para recibir la tarea: “Vosotros seréis mis testigos” (He 1,8). El testigo es aquel que se convierte en transparencia límpida, fiel, serena del amor de Cristo. Somos nosotros la visibilidad de Cristo. A través de nosotros, los otros tendrían que ver a Cristo, si somos transparencia suya. Cuando por ejemplo alguien sentirá que es acogido por nosotros sin condiciones, que es perdonado, comprendido, alentado; cuando se sentirá tocado por una mirada de límpida piedad, en aquel momento podrá entrever, a través de nosotros, algo de divino. Como decía el santo obispo brasileño Helder Camara: “Eres cristiano no tanto por lo que dices, sino por lo que vives”.

Y testigos “en Jerusalén y.… hasta los confines del mundo”, haciendo discípulos “de todos los pueblos”. No es un consejo, sino una orden: “Id…”.  Orden tantas veces olvidada por la Iglesia en su larga historia, olvidada por las comunidades y las familias cristianas. ¿Cuantos obispos saben proponer a sus sacerdotes la misión de Cristo fuera de los confines de su país de origen, a los que todavía no conocen al Señor? ¿Cuantos padres de familia saben presentar a sus hijos como posibilidad de vida, bella y atractiva, la vocación misionera “ad gentes”?

Con la Ascensión de Jesús nace la misión de la Iglesia, la fatiga y la responsabilidad de nuestro compromiso de anunciar un camino de esperanza para todos, hacia el encuentro definitivo con nuestro Señor amado, esperado y servido. No basta anunciar el kerigma en nuestros “cenáculos”; hace falta hacer correr la palabra del Evangelio en las calles de nuestros barrios, de nuestras ciudades, del mundo entero. Cristo quiere necesitar de nosotros para revelarse al mundo y nos asegura su fuerza para realizar su misión.

La Iglesia y cada creyente existen solo para comunicar el Evangelio: esa es nuestra dignidad grande y bella, esa es nuestra responsabilidad. Los hombres necesitan testigos que les anuncien, con la palabra y la vida, el Evangelio que salva, que libera, que ilumina y sana.

Jesús se va y confía su misión a sus discípulos. Jesús cree en el hombre, cree en sus discípulos, cree en cada uno de nosotros. Tiene confianza en mí. Me invita a volverme en levadura del mundo, en sal de la tierra, en testigo de su Evangelio. Jesús confía su misión a los “once discípulos” (v. 16). El número 11, en la tradición semítica, indica imperfección. Jesús se sirve de gente simple, sin cultura, “hombres de Galilea”, región despreciada por los judíos de Judea. Como siempre Jesús se sirve de lo que es pequeño para realizar sus sueños, su Reino de justicia y de paz. A nosotros también Jesús confía ese don-responsabilidad de continuar su misión.

“Bautizad a las naciones, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”. Eso significa, más que verter unas gotas de agua sobre la cabeza de la gente, sumergir a cada hombre en la vida de Dios, poniéndolo en comunión con el Padre, el Hijo, el Espíritu. “Enseñándoles a guardar” su mandamiento: el amor.  Aprendiéndoles a conjugar el cielo con la tierra, la fe con la historia, la Eucaristía con la vida. Que nadie se sienta “maestro”, que todos se sientan “discípulos” enviados a tantos hermanos que buscan un horizonte, necesitan una esperanza. Decirles que Dios es amor salvador, puerta abierta a la vida eterna. Puerta que nadie puede cerrar.

“Estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. “Estoy”, al presente, no al futuro “estaré”. Está en mi corazón, en el tuyo, en el corazón de quien cree y también en el corazón distraído o que se siente apagado. Cuando amas a una persona, la sientes dentro de ti aun cuando está ausente: está lejos de tus ojos, pero presente dentro de tu corazón. Como decía San Agustín: “Cercano es Dios, más íntimo a ti que tú mismo”. Mientras todo pasa, él queda conmigo siempre. Esa es nuestra certeza en la fe, y nuestra fuerza. Si nos apoyamos en Jesús, no vacilaremos.

Sepamos tener los ojos fijos al cielo, meta de nuestra vida y de la entera historia humana, pues “nuestra patria está en los cielos y desde allí esperamos como salvador al Señor nuestro Jesucristo” (Fil 3,20); e iluminados por lo alto, sepamos comprometernos en la tierra con nuestra justicia, nuestra caridad, nuestra bondad, como anuncio de un mundo nuevo que en Cristo creemos e anticipamos. Decía la santa Madre Teresa: “No somos que el lápiz de Dios. Dejemos ese lápiz en sus manos, para que sea él aquel que escribe nuestra vida, nuestra historia”.

“Así es la comunidad cristiana. La fuerza del Resucitado la sostiene con su Espíritu. Todo está orientado a aprender y enseñar a vivir como Jesús y desde Jesús. El sigue vivo en sus comunidades. Sigue con nosotros y entre nosotros curando, perdonando, acogiendo, salvando” (Pagola 2020).

Amén.  

Pbro. Franco Noventa, mccj

 

 

 

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