Pentecostés

Reflexión del Evangelio

Pentecostés

Ciclo A, evangelio según san Juan 20, 19-23

Domingo 31 de mayo, 2020

Que sople Jesús su Espíritu Santo sobre toda la Iglesia y en cada uno de nosotros.

Pentecostés era originariamente para los judíos la fiesta estiva de la siega de la mies. Pues, poco a poco, se transforma en gozosa conmemoración del don de la Ley en el Sinaí, y celebración de la nueva alianza, con el Espíritu de Dios que invade y cambia el corazón de piedra del hombre pecador para ser su Dios y ellos su pueblo (Jer 31,33; Ez 36, 25-26)).  En esa línea se desarrolla también la Pentecostés cristiana que es presentada dos veces en el Nuevo Testamento.

Una primera Pentecostés es aquella que Juan pone en la noche de Pascua, en el cenáculo. Jesús cumple un acto simbólico, extraño para nosotros, pero para un oriental y un lector de la Biblia, lleno de alusiones: “Exhaló su aliento sobre ellos”. En hebraico como en griego, hay una misma palabra para decir “viento” y “espíritu”, el “soplo” de aire y el “hálito” vital.

En nuestra experiencia humana sabemos cómo sea importante el respiro. Con el respiro hay vida, sin respiro la vida se para. El respiro tiene que salir, no solo entrar. En ese movimiento del respiro Dios parece haber inscrito el secreto de la vida. Dejemos libre el respiro de encontrar un diálogo entre el adentro y el afuera. Que sople Jesús su Espíritu Santo sobre toda la Iglesia y en cada uno de nosotros.

En la Pentecostés, según Juan en la noche de Pascua, Cristo aparece como el creador del hombre nuevo, libre del pecado y del mal. En efecto las palabras que acompañan el gesto simbólico del soplo son emblemáticas: “A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”. Pentecostés es por excelencia la fiesta del perdón, de la novedad, de la libertad. Esa era la espera del profeta Ezequiel, cuando Dios habría puesto su Espíritu en el hombre, habría escrito la ley sobre tablas de carne de su corazón, y habría perdonado su iniquidad.

La segunda Pentecostés, es la que nos narra Lucas en los Hechos de los Apóstoles. El evangelista la pone, como la Pentecostés hebraica, cincuenta días después de la Pascua, y nos propone el símbolo del “viento-espíritu”. Una energía que inviste a los que están en el cenáculo, un prevalecer de otra vida en su vida.

“Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar” (He 2,1). “Todos ellos perseveraban juntos y concordes en la oración, en compañía de María, la madre de Jesús” (He 1,14). La unidad no está en el estar en el mismo lugar, codo a codo, sino en la unión de los corazones. En este contexto llega el Espíritu Santo, como viento impetuoso, con un ruido enorme como de terremoto, y lenguas de fuego se posan sobre cada uno, “y se llenaron todos de Espíritu Santo”. Desaparece el miedo, y una exigencia interior que no pueden coartar, empuja a los apóstoles a salir y anunciar las Palabras del Señor que habían recibido.

El Espíritu, que hoy de una manera especial quiere bajar también sobre nosotros, nos dona nuevos horizontes, otra comprensión del mundo, un nuevo estilo de vida. Por ejemplo, vivir nosotros más sencillamente afín que otros, más pobres, puedan simplemente vivir. Serás otro hombre. “No soy más yo que vivo, sino es Cristo que vive en mí” (Ga 2,20).  Así que tú no eres tus defectos, no eres tu cansancio, no eres tu fatiga, pues Él habita en ti, está contigo. Entrenzadas a tus fuerzas hay siempre aquellas de Dios. Injertada en tus sombras hay siempre la luz de Dios. Este es el regalo que el Espíritu Santo quiere hacernos, si estamos abiertos a recibirlo.

Todo prodigio es posible allá donde irrumpe el Espíritu de Dios, capaz de transformar el corazón del hombre, de cardo en árbol fecundo, capaz de producir las obras de Dios (cfr. Ez 47, 1-12).

Y hay más en la fiesta de Pentecostés. La gente que acorre fuera de la casa donde están los apóstoles, atraída por el ruido extraño hecho por el Espíritu, gente de toda raza y lengua (Partos, Medos etc.…), se quedan desconcertados porque “cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma”.  A la confusión y a la dispersión, a la división y al odio, a la unificación opresiva de las Babilonias imperialistas de todos los tiempos, incluida la Iglesia en algunos momentos de su larga historia, se oponen ahora la concordia y la armonía que el Espíritu entreteje.

Como dice Pagola “Solo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Este Espíritu está siempre con nosotros. Si lo acogemos en nuestra vida, no nos sentiremos huérfanos y desamparados. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar solo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No solo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él” (Pagola 2020).

Si lo invocamos cada día, el Espíritu Santo infunde el amor en nuestros corazones, nos revela nuestra filiación divina haciéndonos orar con el “Abbà, Padre”. “Abbà” son las primeras palabras de un bebé que hace sonreír al papá. Que estrecha a su pecho y besa al niño. “Abbà”, palabra de amor. El Espíritu “ayuda nuestra debilidad”, es fuente de la verdadera libertad. Nos llena de sus dones y carismas para la edificación de la Iglesia. Los carismas se abren a los hermanos y se manifiestan sobretodo en la caridad, “la mejor de todas las vías”, el don supremo que une en armonía perfecta todos los otros dones.

Así que Pentecostés es una invitación a no tener miedo, a retomar el camino con esperanza.

Ven Espíritu Santo.

Amén.

Pbro. Franco Noventa, mccj

 

 

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