No tengáis miedo

Reflexión del Evangelio

XII Tiempo Ordinario

Ciclo A, evangelio según san Mateo 10, 26-33

Domingo 21 de junio, 2020

Antes de embocar una calle hace falta poner atención a la señal para averiguar si acaso no nos hemos puesto en un sentido vedado. Cuando miramos al sentido de marcha de los otros hombres, los discípulos de Jesús tememos de estar manejando contramano. Si escogemos la vía de las renuncias, del compartir los bienes, del amor desinteresado, del perdón sin límites, de la fidelidad a la palabra donada, parece que el choque será inevitable.

El amor perfecto echa fuera todo temor (1 Jn 4,38).

El justo es por el impío “insoportable solamente a verlo” (Sab 2,14), crea obstáculo (Sab 2,12); fastidia “porque su vida es diferente de la de los demás y diferentes sus caminos” (Sab 2,15). Entonces no queda otra cosa contra los justos que la persecución y la muerte. Pero si seguimos las indicaciones del Maestro no tenemos que dejarnos tomar por el miedo pues es él que nos guía en la buena dirección y procede en la luz.

Es la experiencia de Jeremías. Amenazado de muerte, rechazado por el pueblo y abandonado por todos podemos comprender su desaliento, incertidumbres, duda que su vocación haya sido un engaño. Grita a Dios todo su dolor hasta maldecir el día de su nacimiento (Jer 20, 14-18). Pero de inmediato vuelve a confiar en Dios que percibe a su lado y que no lo abandonará.

Es difícil ser profeta, decir la verdad, ser los primeros a levantar la voz contra lo que no está bien. Es más cómodo esconderse. Fingir de no ver, dejar que sean otros a hablar. Sin embargo, si queremos una sociedad nueva, una iglesia más conforme al evangelio y más dócil al Espíritu, si se aspira a una novedad de vida, necesitamos a profetas que, como Jeremías, tengan el valor de decir lo que el Señor les sugiere, también a riesgo de su propia vida.

Es lo que Jesús dice en su “discurso misionero” a sus discípulos que temen la persecución y la muerte. Aquel que teme perder su posición y la estima de los superiores o jefes, de perder amistades, de ser degradado, se deja guiar por el miedo y no puede seguir a Cristo. Aquel que teme ya no es libre. El miedo nos vuelve incapaces de vivir, de amar, nos paraliza. Y Jesús insiste por tres veces (vv. 26.28.31): “No tengáis miedo…”.

Principio y fin de nuestra vida no es la nada, más bien el Padre que nos ama y que amamos. El amor perfecto echa fuera todo temor (1 Jn 4,38). Mientras vivimos en esa tierra nuestro amor no es todavía perfecto. Por eso tenemos también miedo. Tenemos que reconocerlo. Pero que no sea nuestro punto de llegada. La confianza en el Espíritu de aquel que ha dado su vida por nosotros nos permitirá hacer lo que deseamos.

Ninguna violencia puede privar el discípulo del único bien duradero: la vida que ha recibido de Dios y que nadie puede quitarle. Como escribía Pablo: “Sí, de eso estoy cierto: ni la tribulación ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la espada… nada podrá nunca separarnos del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor” (Rom 8, 35-39).

Tenemos miedo y fe, como Jesús en el jardín de los olivos. Y yo tengo fe en un Jesús que ha tenido miedo. Su fe que suda sangre es la mía. Aquella noche, las venas llenadas de angustia en su cuerpo, miedo en la sangre, sangre en su sudor: pero no se ha dejado guiar por el miedo. Al final se ha abandonado en las manos del Padre: “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42).

“No tengáis miedo” significa entonces: no decidáis de vuestras vidas en nombre del miedo, porque Dios hace por ti lo que nadie nunca hizo, lo que nadie nunca hará: cuenta todos tus cabellos. Es decir que tu vales mucho por él, que cada pequeña parte de ti es preciosa por él, que cada fibra de tu cuerpo cuenta por él. Tu vales por Dios, vales más de muchos pájaros.

Dios se interesa de cada criatura suya, también de la más pequeña: ¡cuanto más seguirá la causa de quien esté luchando por la venida de su Reino! Jesús reconocerá delante el Padre suyo a cuantos lo habrán reconocido delante de los hombres (vv. 32-35), y no habrán tenido miedo de anunciar su evangelio aun pagándolo con la vida.

La imagen de los pájaros y de los cabellos contados, esas criaturas frágiles, me hace pensar a los más frágiles entre los hermanos, a los enfermos, a los anciano, a los que no pueden más trabajar, que no pueden más producir, que se sienten inútiles y débiles. Es a ellos que Jesús dice: “No temas, tu vales más. Aunque tu vida fuera sólo como la de un pájaro o frágil como un pelo en tu cabeza, tu vales más, porque vives, eres amado y Dios se entrenza con tu vida. En ti hay el respiro de Dios”.

“Tengáis miedo a quien puede arrojar al lugar de castigo el alma y el cuerpo”. El alma es vulnerable, es una llama que tengo que reavivar. El alma muere de superficialidad, de indiferencia, de culto de la imagen; el alma muere cuando eres hipócrita, cuando desanimas a los demás, cuando difundes calumnias o te ríes de los ideales.

Es la falta de amor que hace morir. San Juan nos decía: “Sabemos de haber pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos” (1Jn 3,14). ¡Pero cuantos cumplen el camino contrario, cuantos pasan de la vida a la muerte porque viven sin amor! Seamos como pájaros que tienen su nido en las manos de Dios. Desde sus manos hemos tomado el vuelo. Desde sus manos tomaremos el vuelo hacia la eternidad.

“Jesús insiste en que sus discípulos no tengan miedo. Jesús dice: quien se pone de mi parte, nada ha de temer. El ultimo juicio será para el discípulo una sorpresa gozosa. El juez, dice Jesús, será mi Padre del cielo, el que os ama sin fin. El defensor, dice Jesús, seré yo mismo, que me pondré de vuestra parte. ¿Quién puede infundirnos más esperanza en medio de las pruebas?” (J.A. Pagola 2020).

Cuando un creyente escucha de verdad en su corazón las palabras de Jesús: “no tengáis miedo”, no se siente invitado a eludir sus compromisos, sino alentado por la fuerza de Dios para luchar por ellos, buscando nuevos caminos más fieles a Jesús, planteando de manera sencilla, clara y concreta lo esencial del evangelio “confiando en aquel que en la cruz venció para siempre el poder del odio y de la violencia con la omnipotencia de su amor” (Benedicto XVI 24.03.2008 Ángelus).

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

 

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