«Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón»

Reflexión del Evangelio

XIV Tiempo Ordinario

Ciclo A, evangelio según san Mateo 11, 25-30

Domingo 5 de julio, 2020

Jesús no propone nunca a sus seguidores algo que él no ha vivido.

El pasaje de hoy es el epilogo de un capítulo cargado de tensiones y polémicas. Jesús había empezado su vida pública con éxito, suscitando entusiasmos. Pero muy pronto llegaron incomprensiones y hostilidades. Muchos discípulos lo abandonaron (Jn 6,66). Hasta sus familiares eran difidentes (Jn 7,5). En Mt 11 el Bautista pasa una crisis de fe (Mt 11,3); hay un juicio muy duro de Jesús sobre su generación (vv 16-19) y llega hasta a amenazar las ciudades que han rechazado su anuncio (vv 21-24). A mitad de su vida pública el balance es decepcionante, un fracaso. Cualquier otra persona se hubiera retirado. Jesús al contrario se alegra y bendice al Padre.

“Te doy gracias, Padre”. Jesús bendice al Padre porque ha revelado los misterios del Reino a los “pequeños”. Esos “pequeños” no son tanto los niños, sino los discípulos, los que se dejan guiar por él, los que, como los niños, se dejan iluminar la mente y el corazón por el Señor y le entregan con confianza su vida. A esos pequeños, gente sencilla, pertenece el Reino.

Dios no es neutral, tiene preferencias. Lo decía también María en el Magníficat: “Ha mirado a la pobreza de su sierva… levanta a los miserables, colma de pan a los hambrientos” (Lc 1,48ss). Es la lógica de las beatitudes: dichosos los pobres, los que lloran, los perseguidos, los inermes. Dios escoge a los que nadie escoge, escoge lo que en el mundo es débil, para confundir lo que es fuerte (1Cor 1,26-29). Los ricos y los orgullosos llegarán a la salvación sólo cuando se habrán hecho pequeños.

“Pequeños” son los que reconocen sus propios límites y fragilidades. Pequeños, y por eso mismo libres interiormente, son los que a diferencia de los fariseos y de los doctores de la ley, creídos en su ciencia, se abren a la verdad y reconocen en Jesús al Hijo de Dios, el Mesías esperado por todos, aquel que ha venido a liberar a los oprimidos, a sanar las enfermedades del cuerpo y del espíritu, a anunciar un reino de paz y de justicia. Son los que tienen la sabiduría don del Espíritu, los que comprenden interiormente la verdad con el deseo de ponerla en práctica.

Jesús critica duramente a los escribas y fariseos que se sienten con derechos frente a Dios por sus obras buenas, su respeto de la Ley, su conocimiento de las cosas de Dios; llenos de orgullo y de autosuficiencia que les hace despreciar a los demás, como en la parábola del fariseo y del publicano en el templo. Para entrar en el misterio de Dios vale más una hora pasada a cargarse del sufrimiento de uno de esos pequeños que tantos estudios de teología y de ritos religiosos. A todos los agobiados, a nosotros, cuando se insinúa el pensamiento que la vida sea una caída permanente en el vacío; cuando todo se hace frágil y pesado, Jesús nos dice “Venid a mí”.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.  Él es el primero de los pobres, de los pequeños, de los mansos. Su confianza en el Dios Abbà, su donarse a los demás, es lo que ha dado sentido a su cansancio y a su fatiga, mezclados al gozo y a la esperanza. Por eso puede decir “aprended de mí”.

Es esa proximidad a Jesús que vuelve aguantable y ligera la cruz de quien lo sigue. Seguirán a Jesús no por obligación, sino por atracción. Jesús nos ofrece un descanso. Es desde ese descanso que nace la posibilidad de retomar el camino, de empezar de nuevo. Jesús nos atrae hacia el amor, no hacia leyes y preceptos.

“Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Alivio de la existencia es un amor humilde, un corazón manso, una criatura en paz, sin violencia ni presunción, que difunde un sentido de paz en la dureza de la vida. Y nuestra vida se afianza cerca de personas así.

“Aprended de mi corazón”. Se aprende Cristo, aprendiendo de su corazón, de su manera de amar. La escuela de ese amor es su vida. Jesús no propone nunca a sus seguidores algo que él no ha vivido. Por eso puede entender nuestras dificultades y nuestros esfuerzos, puede perdonar nuestras torpezas y errores, animándonos siempre a levantarnos.

“Cargad con mi yugo”. Yugo es una palabra estridente por nuestra sensibilidad.  ¿Cómo puede el yugo ser un ideal para el hombre moderno, celoso de cada pequeña porción de libertad, que ha luchado durante todo el último siglo para quitarse de encima todos los yugos?

Jesús al contrario nos dice: “Cargad con mi ley, que es dulce y ligera, el mandamiento nuevo del amor, a Dios y al prójimo”. La Ley está hecha para vivir y ser felices, no para morir de sentimientos de culpabilidad y de frustraciones moralizadoras.

El Evangelio de hoy es el mismo que la liturgia nos ha presentado en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Contemplemos ese amor. Contemplemos el Corazón traspasado de Jesús en la cruz, lugar del amor más grande: “me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20; Ef. 5,2). ¿Cómo no corresponder a tanto amor, como no ir a él? Contemplando a Jesús en la cruz, dejémonos tomar por sentimientos de gratitud, de amor, de estupor, de esperanza. “Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros?… ¿Quién nos separará del amor de Cristo? En todo, en la muerte también, saldremos triunfadores gracias a Aquel que nos amó hasta la cruz” (Rom 8, 31-37).

Es del Corazón de Jesús que brota su Espíritu, el agua pura que sacia toda sed. “Venga a mí quien tiene sed y beba quien cree en mí” (Jn 7,38). El Corazón de Cristo es la auténtica imagen de Dios que asume y lleva sobre de sí las muchas heridas de la humanidad. Si hemos “aprendido” del Corazón de Jesús, no podremos que asumir el dolor y las heridas de los hombres, nuestros hermanos, donándoles alivio y descanso.

El Papa Francisco decía al Ángelus del 19.04.2020: “Recibamos esta prueba del coronavirus como una oportunidad para preparar el mañana de todos, sin descartar a nadie: de todos, pues no hay diferencias ni confines entre quien sufre. Somos todos frágiles, todos iguales, todos preciosos, aun los más pobres”.

El padre Lorenzo Milani (el papa Francisco fue a ver su tumba en el pueblecito de Barbiana, cerca de Florencia), hijo de una familia judía muy rica, se hizo pequeño con los pequeños. El arzobispo de Florencia que no aceptaba sus ideas, lo envió como punición en aquel pueblecito sin nada y sin escuela. Y padre Lorenzo se dedicó completamente a los niños. Sus últimas palabras, elogio de la pequeñez y bendición-agradecimiento al Padre, pocos instantes antes de morir fueron esas: “Muchachos… está ocurriendo un gran milagro en ese cuarto: un camello está pasando por el ojo de una aguja”. Así sea para nosotros.

Amén.

Pbro. Franco Noventa mccj

 

 

 

 

 

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