¿Cómo evangelizar hoy?

Presentación

 

«La primera carta de san Pedro define a los apóstoles como aquellos que han anunciado el Evangelio en el Espíritu Santo (1,12). En esta definición encontramos expresados los dos elementos fundamentales de la predicación cristiana: su contenido y su método. El Evangelio es el objeto sobre el que hay que predicar y el Espíritu Santo es el medio o el modo con el que predicar» (P. Raniero Cantalamessa).

Basándome en un artículo de este conocido capuchino y gran predicador de la Casa Pontificia, trataré de hacer un resumen con las aportaciones más importantes que él hace, para que nos sea a todos más fácil retenerlas en nuestra mente y en nuestro corazón, confiando luego en que los lectores las profundicen y las amplíen.

                       

1.Contenido de la predicación: Cristo crucificado

Dos significados  de la palabra «evangelio»: a) la buena noticia anunciada por Jesús; b) el mismo Cristo anunciado. El Evangelio es ante todo el Misterio Pascual de Cristo: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Corintios 1, 23). El Cristo predicado.

¿Qué lugar ocupa Cristo en la sociedad de hoy? En nuestra cultura popular, Cristo está presente (Navidad, Semana Santa…), ciertamente. Pero desde la fe, Cristo es el Gran ausente y a veces hasta rechazado… ¿En qué creen, en realidad, muchos de los «creyentes»? En un Ser supremo. La gente es «religiosa», pero en sus vidas Cristo es el ausente…

En el N.T. la fe es la aceptación en mi vida de ese Jesús que «me amó y se entregó por mí» (Gálatas 2, 20). Nosotros, pues, predicamos, a Cristo, y este crucificado. No tengamos miedo a las falsas profecías sobre la posibilidad de un fin inevitable de la Iglesia y del Cristianismo… Eso no ocurrirá jamás. Nosotros contamos con las profecías de Jesús: «Yo estaré con ustedes hasta el fin del mundo». «Los cielos y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Maeo 24, 35).

2. «Kerygma» y «didajé»

 

En el anuncio de la Palabra de Dios hay que distinguir entre la predicación o anuncio como tal (kerygma), y lo predicado o anunciado (didajé). Al primer anuncio o kerygma en el N.T. y en la primitiva Iglesia se le llama «evangelio». El núcleo del Evangelio sería: «¡Jesús es el Señor!». Él es mi Señor (no puedo tener otros señores en mi vida) y es mi Salvador, el cual me amó y se entregó por mí, muriendo en la cruz y resuci-tando. «Cristo Jesús se despojó de sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó, de modo que toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor» (Filipenses 2, 6-11).

 

Redescubrir el kerygma. Hay peligro de quedarnos solo en la rica tradición teológica y dogmática de la Iglesia y de descuidar el anuncio (kerygma). Presentarse al hombre de hoy, ignorante a menudo de quién es Cristo, con todo el abanico de doctrina, es como vestir a un niño con brocados de oro y plata… Hay que buscar todos los espacios posibles para anunciar a Cristo como nuestro Señor. Los funerales serían una óptima ocasión de hacerlo, pues el hombre está más abierto. La riqueza de los nuevos movimientos apostólicos consiste en centrarse en el kerygma…

 

3. El método de la predicación: Espíritu Santo

Entendemos como método de la predicación al modo o el medio con el cual se persigue un objetivo. Si yo quiero difundir una noticia, lo primero que me planteo es con qué medios transmitirla: a través de la prensa, la radio, la televisión, el internet… Pero ¿cuál es el medio natural de transmitir mi palabra? Es mi voz, mi aliento, el soplo. También la Palabra de Dios sigue esta ley: Se transmite por medio de un aliento, de un soplo o ruah de Dios. Según la Biblia, se trata del ¡Espíritu Santo!

Textos bíblicos: Jesús comenzó a predicar «con la potencia del Espíritu Santo» (Lucas 4, 14 ss). Él mismo declaró: «El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado a evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad», etc. (Lucas 4, 18). Jesús comunica a los suyos: «Tendrán la fuerza del Espíritu Santo, que descenderá sobre ustedes y darán testimonio de mí» (Hechos 1, 8). Nadie podrá jamás explicar mejor la íntima conexión entre evangelización y Espíritu Santo, cuando Jesús en la tarde de Pascua dice: «Como el Padre me ha enviado a mí, también yo los envío a ustedes. Dicho esto sopló sobre ellos y dijo: Reciban el Espíritu Santo» (Juan 20, 21-22).

Concluyendo: San Pedro, lo dijimos al comienzo, define a los apóstoles como «aquellos que han anunciado el Evangelio en el Espíritu Santo» (1Pedro 1, 12).

 

4. El método de la predicación: La oración

 Saber cómo se puede contar con el Espíritu Santo no es difícil. Basta ver a Jesús y a la Iglesia el día de Pentecostés.

a) Jesús. En su bautismo Lucas dice: «Mientras oraba, se abrieron los cielos, bajó el Espíritu Santo sobre Él» (Lucas 3, 21-22). ¡Mientras estaba orando! En el mismo Lucas leemos: «Acudía mucha gente a oírlo y a que los curara de sus enfer-medades, pero Él solía retirarse a despoblado y se entregaba a la oración» (Lucas 5, 15-16). Jesús no se deja arrastrar por la gente.

 b) La Iglesia primitiva. El Espíritu Santo viene sobre la Iglesia en Pentecostés cuando ellos «perseveraban unánimes en la oración» (Hechos 1, 14).

El empeño por una nueva evangelización tiene dos peligros fundamentales: a) La pereza, no hacer nada y dejar que otros lo hagan todo… b) El activismo incontrolado. Los dos peligros conducen al vacío espiritual. Quien no ora y no invoca el Espíritu Santo para luego predicar, pierde el tiempo…

Dos modos de preparar una predicación:

a) Primero, me siento a la mesa y elijo yo mismo la Palabra que quiero anunciar, basándome en mis conoci-mientos, mis materiales, etc., y luego, una vez preparado, me voy a la capilla del Santísimo a pedirle a Dios luz y fuerza a mis palabras. Es una actitud buena, pero no profética. Le digo a Dios que me ayude a predicar lo que yo he preparado…

 b) Hay que hacer lo contrario. Primero me pongo de rodillas delante del Señor y le pregunto a Él qué Palabra quiere proclamar (Él, no yo). Luego, sentado en la mesa, me preparo y hago el resto.

 

5. El método de la predicación: Una predicación humilde

Después de la oración, la humildad es importantísima: «Algunos anuncian a Cristo por envidia y rivalidad» (Filipenses 1, 15). Otros se anuncian a sí mismos, no a Cristo: «Nosotros no nos predicamos a nosotros mismos, sino a Jesucristo el Señor» (2 Corintios 4,5). Lucas en los Hechos nos presenta la antítesis entre Pentecostés y Babel.

a) En Babel hablaban una sola lengua, pero quisieron construir un templo a Dios (no eran impíos) para que todos luego hablasen de ellos mismos, no para alabanza de Dios. Construyeron un templo «a» Dios, no «para» Dios…

 b) En Pentecostés las distintas lenguas entienden, porque los apóstoles «proclaman las grandes obras de Dios» (Hechos 2, 11). No se buscan a sí mismos, sino a Dios. Ya no discuten sobre quién es el más importante, sino que están preocupados por la grandeza de Dios. En este sentido, hay que tener cuidado de que la nueva evangelización no se convierta en una Babel, en vez de un nuevo Pentecostés…

6. El método de la predicación: Evangelización y compasión

La predicación debe ir siempre acompañada de la caridad: «Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que una campana» (1 Corintios 13, 1). Jesús es el hombre de la compasión, de la ternura y de la misericordia. «Pasó haciendo el bien», dirá san Pedro. Recor-demos el episodio de la planta de ricino y Jonás. Dios quiere ante todo tener misericordia de Nínive.

Una parroquia bien organizada se preocupa no solo de la evangelización y catequesis, sino también del ministerio de la caridad (Cáritas, misiones, voluntariado, etc.). Podemos concluir diciendo que no existe una auténtica evangelización sin la ternura, la bondad, la misericordia; es decir, sin el amor. El amor está por encima de todo cuanto hacemos y predicamos.

 

Lily Portillo de Sánchez, Laica Misionera Comboniana guatemalteca. Evangelización en la periferia de la Ciudad de Guatemala

P. Damián Bruyel

Misionero Comboniano

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