Jesús, el Buen Pastor

Introducción

San Juan en su Evangelio (10, 1-16) nos dice que Jesús se autoproclamó puerta y pastor de las ovejas al mismo tiempo: «En verdad, en ver-dad les digo: “yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante. Yo soy el Buen Pastor”» (7-11).

El corral o redil con las ovejas dentro es otra bella imagen de la única Iglesia de Jesucristo, y solo se puede entrar en este corral a través de Cristo. No existe otra puerta que no sea Él. Los que han entrado a este corral por otra puerta antes —los falsos profetas del Antiguo Testamento y de todos los tiempos— y los que entran después de Él son ladrones y bandidos, que solo entran «para robar y matar y hacer estragos». Al corral de la Iglesia se entra y se sale solo a través de la Puerta: Jesús de Nazaret.

Inmediatamente después de reconocer Juan a Jesús como la «Puerta» de sus ovejas, lo reconoce también como «Pastor». En tiempos de Jesús el oficio de pastor no solía ser bien visto en general por el pueblo judío; no se le consideraba un pecador, como al publicano, desde luego, pero los pastores solían ser gente con muy poca cultura. Gente sencilla, sí, pero de lenguaje y modales un tanto rudos; la mayoría no sabía leer ni escribir. Por su contacto con el ganado —solían dormir incluso con los animales—, olían a campo, a sudor, a leche de cabra y de oveja, a estiércol… Sabían poco de las profecías bíblicas mesiánicas sobre el futuro Salvador del mundo.

  1. El Buen Pastor en Ezequiel

Pero la figura de Buen Pastor aparece ya en el Antiguo Testamento, sobre todo en el profeta Ezequiel, con un marcado sentido de liderazgo. Dios mismo asume esta imagen para confundir a los reyes y príncipes de Israel que, en vez de pastorear —guiar— con sabiduría y sacrificio a las ovejas, su pueblo, se sirven de ellas para enriquecerse y engordar:  «“¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? Ustedes se comen las partes mejores, se visten con su lana; matan las más gordas, pero no apacientan el rebaño. No han robustecido a las débiles, ni curado a la enferma, ni vendado a la herida; no han recogido a la descarriada, ni buscado a la que se había perdido, sino que con fuerza y violencia las han dominado» (Ezequiel 34, 2-4).

Sin embargo, Jesucristo se proclamará «Buen Pastor» como modelo especialmente de aquellos que en su Iglesia tienen el mismo ministerio de pastorear —guiar—, como son los obispos y demás miembros de la jerarquía de la Iglesia (presbíteros y diáconos). Y no solo modelo para ellos, sino también para todos aquellos que asumen grandes responsa-bilidades bajo su gobierno, como son los padres de familia, los gobernantes, maestros, médicos, empresarios, y, por supuesto,  todos los líderes religiosos y agentes de evangelización…

El Señor, Dios de Israel, se compadecerá de sus ovejas, abandonadas y desamparadas por sus malos pastores, y saldrá a su encuentro para sanarlas de sus heridas, alimentarlas y, en definitiva, seguir siendo su Buen Pastor. Así dice el Señor: «“Yo mismo buscaré a mis ovejas y las cuidaré. Como cuida un pastor de su grey dispersa, así cuidaré yo de mi rebaño y lo libraré, sacándolo de los lugares por donde se había dispersado un día de oscuros nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas y las haré reposar. Buscaré la oveja perdida, recogeré a la descarriada; vendaré a las heridas; fortaleceré a la enferma; pero a la que está fuerte y robusta la guardaré: la apacentaré con justicia. Suscitaré un único pastor que las apaciente: mi siervo David; él las apacentará, él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios, y mi siervo David, príncipe en medio de ellos. Yo, el Señor, he hablado”» (Ezequiel 34, 11-12.15-16.23-24). El rey David, como sabemos, es figura del Mesías, Jesús de Nazaret, Rey de reyes y Señor de señores.

  1. Los pastores y Jesús

Muchos pastores de Aragón y Castilla he visto en España. Supongo que son semejantes a los pastores de Israel y pueblos semíticos en tiempos de Jesús. Básicamente un pastor suele hacer cuatro cosas: Después de sacar las ovejas del corral, en primer lugar se pone al frente de ellas para que le sigan, o se coloca detrás, animándolas a caminar —en este caso los perros van delante, cuidando a derecha e izquierda—. Segundo, su objetivo es llevar al rebaño a donde hay pastos y agua abundantes para alimentarlas durante la jornada. Tercero, debe cuidarlas y defenderlas de las alimañas o de los ladrones, y para ello lleva consigo un cayado que en la punta tiene un nudo o tocón grueso que sirve de arma defensiva; el bastón no es tanto para apoyarse, sino para defenderse él mismo de los peligros y defender también a las ovejas. Por último, no es raro que algún pastor pierda la vida, acosado por las fieras o por asaltantes.

Estos pastores son la imagen de Jesús, Buen Pastor, que viene a realizar las mismas funciones. Primero, nos llama a cada uno por nuestro propio nombre, porque conoce a cada uno en particular, y se pone al frente del rebaño, va delante con su ejemplo, con su testimonio; no dice una cosa y luego hace otra; eso hacían las autoridades religiosas judías: «Estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba con autoridad y no como los escribas» (Marcos 1, 22). Jesús predica, sobre todo con el ejemplo, ora en profundidad, es misericordioso, se compadece de la gente… Jesús, no cabe duda, es modelo único para cualquier guía.

Segundo, Él conduce a su Iglesia hacia manjares suculentos: nos ofrece a cada uno su propia carne y sangre como alimento espiritual para la vida eterna —«Yo soy el Pan de Vida»— y los demás Sacramentos de salvación, también su Palabra. Y su ternura, su misericordia y su bondad nunca nos faltan, porque su amor hacia nosotros no tiene fin, su paciencia es ilimitada; cuando tenemos necesidad de algo, Él sale a nuestro encuentro para saciar nuestras hambres y nuestra sed: «Vengan a Mí todos los que están cansados y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen con mi yugo y aprendan de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán su descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera». (Mateo 11,28-30).

En tercer lugar, el Buen Pastor nos defiende de los tres enemigos del alma: el mundo, el Demonio y la carne. Nuestro principal enemigo del alma es el Demonio, con otros nombres: Satanás, el Diablo, el Mentiroso, el Envidioso… El mundo y la carne no son otra cosa que sus aliados, como ocurre en cualquier conflicto bélico internacional, que un país es el que monta una guerra y varias potencias son las que la secundan. Y ya por último, Jesús, al defendernos del Diablo —la Ser-piente tentadora—, no solo se le enfrentó a él, sino que cargó con los pecados de toda la humanidad, conforme a la figura del «Siervo de Yahvé» de Isaías —«Varón de dolores»—, según los proyectos providenciales de Dios Padre. «Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras» (1 Corintios 15, 3). Él es el verdadero «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Juan 1, 29).

  1. Discípulos pastores

Si Jesús es nuestro único modelo a imitar y seguir —somos discípulos misioneros suyos—, esto quiere decir que nosotros debemos estar siempre muy atentos para ser los primeros en dar ejemplo a las ovejas que Él nos ha confiado, ya sea como sacerdotes, padres de familia, educadores, gobernantes, empresarios o como responsables de cualquier comunidad civil o social…Todos somos llamados a ser «pastores», es decir, responsables de una pequeña o grande comunidad. Ir siempre delante de todos con nuestro buen testimonio.

Y no solo debemos estar atentos a ser los primeros en vivir lo que predicamos, sino también estar atentos a ofrecer alimentos sólidos a quienes viven a nuestro alrededor, es decir, aquellos alimentos que son los que verdaderamente satisfacen: los espirituales. Existe demasiada preocupación por lo material. Si aquellos que estamos llamados a ser pastores en nuestro propio ambiente nos preocupamos tan solo de lo que es caduco y banal y descuidamos nuestra propia vida espiritual y la de los nuestros, ¿a dónde creemos que vamos a llegar? Es como edificar la casa sobre la arena,  y no sobre la roca, Cristo (ver Mateo 7, 24-27).

Muchos pastores se lamentan al ver descarriarse su pequeño o gran rebaño; pero, ¿qué han hecho para evitarlo? Las cosas materiales les han desbordado. ¿Para qué acumular tantas cosas materiales a nuestro alrededor, cuando sabemos que todo, absolutamente todo, lo vamos a dejar? Lo más importante es vivir en santidad y transmitirla a los demás como único alimento que sacia el alma. En gran parte de los hogares cristianos no se leen revistas o libros formativos, ni se escucha música ni se ven películas de contenido moral o religioso… Lamentablemente en muchos hogares entra de todo, incluso lo malo, pero carecen de formación cristiana. Hay dinero para todo, menos para gastarlo en retiros, cursos de formación permanente (biblia, liturgia, teología…), ejercicios espirituales, etc. Y así es como poco a poco nuestras generaciones se van corrompiendo y han perdido el norte. ¡Han construido su casa sobre arena!

Además de lo que acabamos de decir, es también muy importante la defensa de los valores humanos y cristianos. En cualquier sociedad, sea grande o pequeña, sus pastores tienen que estar atentos para defender el rebaño a ellos confiado; estos deben estar dispuestos a dar su vida por sus ovejas, a morir día a día a sí mismos, a sus pasiones, gustos y caprichos, porque tienen una responsabilidad muy grande delante de Dios: la de custodiar y defender sus ovejas de la voracidad de los lobos y la astucia de los ladrones.

Cuando uno asume una responsabilidad en la familia o en la sociedad religiosa o civil —eso es el pastoreo— ya no puede actuar como un adolescente, sino que debe ser un atento vigilante de su rebaño, porque el Maligno —el «Mentiroso»— está siempre al acecho, y, si hay que morir todos los días a muchas de nuestras cosas y a nosotros mismos por nuestras ovejas, que Jesús, nuestro Buen Pastor venga en nuestra ayuda y sepamos capaces de ofrecer la vida incluso hasta derramar sangre, como Jesús. Si nuestra sociedad anda muchas veces tan mal, no nos quejemos, porque no hemos puesto empeño en evitarlo: hemos pasado de largo ante el lobo y el ladrón.

  1. San Agustín y los pastores de la Iglesia

San Agustín de Hipona escribió una obra «Sobre los pastores» donde él mismo reflexiona sobre su ministerio episcopal —Él es pastor de Hipona, Cartago— y comenta lo siguiente: «El Señor, no según mis merecimientos, sino según su infinita misericordia, ha querido que yo ocupara este lugar y me dedicara al ministerio pastoral; por ello debo tener presente dos cosas, distinguiéndolas bien, a saber: que por una parte soy cristiano y por otra soy obispo. El ser cristiano se me ha dado como don propio; el ser obispo, en cambio, lo he recibido para el bien de ustedes. Consiguientemente, por mi condición de cristiano debo pensar en mi salvación, en cambio, por mi condición de obispo debo ocuparme de la de ustedes.

En la Iglesia hay muchos que, siendo cristianos pero sin ser obispos, llegan a Dios; ellos andan, sin duda, por un camino tanto más fácil y con un proceder tanto menos peligroso cuanto su carga es más ligera. Yo, en cambio, además de ser cristiano, soy obispo; por ser cristiano deberé dar cuenta a Dios de mi propia vida, por ser obispo deberé dar cuenta de mi ministerio». (Sermón 46 de san Agustín, obispo, sobre los pastores). Muy convincente san Agustín. Otro tanto debería decir cada uno de nosotros, si es que Dios le ha confiado algún ministerio o servicio en la Iglesia, en la política, en la familia o en la sociedad…

 

 P. Damián Bruyel

Misionero Comboniano

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *