EL HOMBRE, AMADO POR DIOS

“Somos del Señor” (Rom 14,18)

  1. El Padre Raniero Cantalemessa, Predicador Apostólico en el Vaticano, en uno de sus libros, narra la experiencia de cuando se difundió en Italia, la sorprendente e impactante noticia de que la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), había terminado. A su Pueblo, alguien llegó de la ciudad, gritando: “¡armisticio, armisticio!” (es decir, suspensión de las hostilidades) y aquella palabra se difundió como rayo, de casa en casa en todo el pueblo, y la gente salía a la calle, unos gritando la misma palabra, y todos abrazándose con lágrimas de felicidad, porque la guerra había terminado.

Cuando San Pablo se dirige a los Romanos, comunicándole la sorprendente noticia, la más bella que les puede comunicar, va directo a lo esencial y les anuncia que son “amados por Dios” (1,7), que Dios los ama, y que entonces hay paz entre el cielo y la tierra y que todos estamos bajo la gracia de Dios.

Como lo ha declarado solemnemente la Constitución Pastoral Gaudium Et Spes (Alegría y Esperanza) del Concilio Vaticano II, esa es precisamente la razón profunda y fundamental de la dignidad del ser humano: su “vocación a la intimidad divina” (GS 19). Somos destinatarios del amor infinito de Dios, somos su Tesoro, creados por El y para El.

La Sagrada Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento, está atravesada toda ella, por esta inesperada buena noticia, a saber, de que Dios haya tomado una única y definitiva decisión: hacerlo todo en favor del hombre, aunque nada sin contar con él.

De su parte, el profeta Oseas nos ofrece una imagen del amor de Dios, más que sorprendente:

“Cuando Israel era niño, lo amé…. Yo enseñe a caminar a Efraín, tomándolo por los brazos pero ellos no sabían que yo los cuidaba. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor; yo era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer” (Os 11,1-4).

Estas son imágenes familiares que todos podemos evocar y que nos ayudan a sentir vivamente el amor de Dios por nosotros. “Habiéndonos amado, nos amó hasta el extremo” (Jn 13,1). ¿De qué te quejas, diría el grande místico San Bernardo, cuando eres el “tesoro de Dios”?.


  1. Uno de los mayores filósofos del siglo pasado Martín Heidegger, ha escrito: “Ninguna época ha logrado -como la actual- nociones tan numerosas y variadas acerca del hombre. Ninguna época como la nuestra ha alcanzado un saber entorno al ser humano en modo tan eficaz y tan asombroso, y a comunicarlo el modo tan rápido y fácil. Sin embargo, también es verdad que ninguna época ha sabido menos que la nuestra qué sea realmente el hombre. Nunca el hombre ha asumido un aspecto más problemático como en nuestros días”.

Esta afirmación ha sido publicada hace ya más de 60 años, pero no cabe ponerla en discusión, más bien su sentido se ha ido radicalizando. En efecto, si por una parte, estamos asistiendo a múltiples y muy variadas expresiones que evidencian la dignidad del ser humano y de sus derechos, por la otra, todos somos testigos del humillante y doloroso abaratamiento del ser humano. Hoy en día es tan fácil descartarlo, sacrificarlo y destruirlo. Y lo más trágico es el hecho de propuestas legales y jurídicas con la absurda pretensión de justificar varias prácticas de supresión de lo que es lo más digno de la naturaleza y el fin de la misma, el ser humano.

Como había afirmado en su momento, el iluminado teólogo San Gregorio de Nacianzo (330-390), el hombre tiene que ver con lo Infinito, porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios que es Infinito (Gn 1,26). Es esa sorprendente “infinitud” suya que da razón de que la Filosofía haya puesto de relieve tantas y tan sorprendentes aspectos de su realidad. Y entonces se ha afirmado y escrito que el hombre es ante todo “inquieto e insatisfecho” (San Agustín); es un ser “angustiado” (Kierkegaard); “ser económico” (Marx); “erótico” (Freud); “proyecto” (Heidegger); “simbólico” (Cassiser); “utópico” (Bloch); “problemático” (Marcel); “falible y culpable” (Ricoeur); “manojos de impulsos” (posmodernidad).

Son imágenes del ser humano que quizás parezcan propias de especialistas, pero que de hecho han suscitado gran interés y amplia difusión en las múltiples manifestaciones de la cultura contemporánea, inclusive a nivel popular.


  1. En definitiva pues, ¿cómo podemos contestar a la fundamental y apremiante pregunta: “¿Qué es el hombre?”? No debe tratarse de una respuesta que excluya a cuanto de positivo – y es muchísimo- que se haya dicho de él por las distintas ciencias humanas (antropología, psicología, sociología…), sino de un acercamiento al misterio del hombre que salvaguarde la razón última de su excelsa dignidad.

Para nosotros, que tenemos el inmerecido don de la fe, la Semana Santa (¡La Semana Mayor!), que acabamos de celebrar, nos ha ofrecido y ha “celebrado” la respuesta que buscamos. Ya en el salmo octavo el autor sagrado, se preguntaba: “¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él? De gloria y honor lo coronaste, poco inferior a un Dios lo hiciste”. Y así es: San Pablo con tono autobiográfico escribió: “apenas habrá quien dé su vida por un justo; quizá por un bienhechor se exponga alguno a perder su vida. Pero Dios nos demuestra el amor que nos tiene en el hecho de que, siendo todavía pecadores, murió Cristo por nosotros” (Rom 5,7-8).

Infinita pues es la dignidad del hombre, porque infinito es el amor que Dios nos tiene en Cristo…. ¡A qué precio hemos sido comprados!, les escribe el mismo San Pablo a los Corintios cfr (1Co 6:20).

Si hay que hablar del precio del hombre, sabemos pues que su precio es Dios mismo. “No fueron comprados con oro o plata sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pd 1,18-19), les escribe San Pedro a sus primeros cristianos.

De ahí que podemos y debemos decir, que quien “toca” al ser humano al que sea, “al más pequeño”, toca a Dios cfr (Mt 25,40). Y como no cabe disponer de Dios así es absurdo pretender “disponer” del ser humano. ¡Él no es disponible!, proclamaba con toda su fuerza el Papa Benedicto XVI, porque “somos del Señor” (Rom 14,8) y como lo hemos comprendido, contemplándoLe en la cruz, no podía dar más para que fuéramos de su propiedad.

+P. Vittorino Girardi S. mccj

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