Los medios para descubrir la llamada
Quizá tu disposición sea buena. Estás convencido que Dios puede llamarte, que Dios quiere meterse en tu vida, que Dios te quiere pedir un mayor compromiso en tu vocación cristiana. Pero, ¿cómo saber lo que Dios quiere de mí? ¿Cómo se ve la vocación? ¿De qué señales se sirve el Señor para manifestar su voluntad?
Me parece que la lectura del Nuevo Testamento nos puede ayudar a resolver esta incógnita. Encontramos dos pasajes muy ilustrativos: son como los dos extremos que tiene la voluntad divina de manifestarse al hombre.
El primero es la conversión de San Pablo: «Estando ya cerca de Damasco, de repente se vio rodeado de una luz del cielo; y cayendo a tierra, oyó una voz que decía: ¿Saulo, Saulo, por qué me persigues? Él contestó: ¿“Quién eres, Señor?” Y Jesús respondió: Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que has de hacer». Es la manifestación expresa, inapelable de lo que Dios quiere.
Veamos ahora el otro extremo: «Ahora, pues, conviene que de todos los varones que nos han acompañado todo el tiempo en que vivió entre nosotros el Señor Jesús, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que fue elevado al cielo, uno de ellos sea testigo con nosotros de su resurrección. Fueron presentados dos: José, por sobrenombre Barsaba, llamado Justo, y Matías. Y haciendo oración, dijeron: “Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra a cuál de estos dos, escoges para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado del que prevaricó Judas para irse a su lugar”. Echaron suertes sobre ellos y cayó la suerte sobre Matías, que quedó agregado a los once Apóstoles».
Para saber en quién ha recaído la elección lo echan a suertes. Creo, de todos modos, que ni tú ni yo debemos esperar a montar a caballo para que un rayo de luz nos tumbe, ni tampoco coger una moneda y jugárnoslo a cara o cruz. Los pasajes de los Hechos de los Apóstoles nos ayudan a comprender que Dios se sirve de los medios más insospechados para manifestar su voluntad. La lógica de Dios no es la lógica humana.
Pero, como antes te decía, me parece que estos dos pasajes sean los extremos de la manifestación de la voluntad de Dios. Normalmente Dios no se nos manifestará como una luz cegadora ni tendremos que depender de la suerte. Dios es providente. Cuida amorosamente de todo el acontecer humano. Y Dios se sirve de causas segundas— de personas, situaciones, etc.- para manifestar su voluntad. No esperes una intervención extraordinaria de la gracia. Dios se sirve normalmente de otro hombre. «Un día— no quiero generalizar, abre tu corazón al Señor y cuéntale tu historia, quizá un amigo, un cristiano corriente igual a ti, te descubrió un panorama profundo y nuevo, siendo al mismo tiempo viejo como el Evangelio. Te sugirió la posibilidad de empeñarte seriamente en seguir a Cristo, en ser apóstol de apóstoles. Tal vez perdiste entonces la tranquilidad y no la recuperaste, convertida en paz, hasta que libremente, porque te dio la gana, que es la razón más sobrenatural, respondiste que sí a Dios». Éste es el camino normal. El que tú y yo nos encontramos en unas circunstancias concretas, en tal ambiente, en tal ciudad, con estas personas que tú conoces, etc., no es fruto del azar, de un destino ciego, sino del cuidado amoroso de Dios, de su providencia ordinaria.
Es verdad que tú te podías haber encontrado en otras circunstancias, en otro ambiente, con otras personas…, pero si estás donde estás, no lo olvides, es por la gracia de Dios, no por el azar ciego. Si no sabes ver a Dios detrás de cada suceso jamás sabrás lo que Dios quiere de ti.
Puede que tú pidas a Dios todo tipo de garantías para estar seguro de la llamada, de la misión que Dios te da. Así ocurrió con Zacarías, cuando el Arcángel Gabriel le anunció que tendría un hijo, Juan Bautista.
«Dijo entonces Zacarías al ángel: ¿de qué modo sabré yo esto? Porque yo ya soy viejo, y mi mujer de edad avanzada». No le basta la presencia milagrosa del Arcángel. Quiere una señal: otra, aún más clara. Y la recibe, pero como castigo a su falta de fe: «he aquí que tu estarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que esto se cumpla, por cuanto no has creído en mis palabras, que se cumplirán a su tiempo».
Es lógico que acudas a Dios para pedir luz, pero debes preguntarte: ¿estoy dispuesto a responder que sí, si descubro que Dios me llama? ¿Quiero, de verdad, ver claro, o lo que busco son excusas para decir que no? Es posible que te sobren excusas y te falte rectitud de intención. Por eso, debes ir a la oración y sincerarte con Dios. Incluso, puede ser que busques una seguridad para decidirte que no la pides para otras cosas que llevan consigo un riesgo, como puede ser, por ejemplo, la elección de una carrera o el buscarte novio o novia. Si uno buscase una seguridad absoluta, se quedaría sin carrera y sin noviazgo. Si hay rectitud de intención se ve lo que Dios te pide, con el riesgo que supone siempre cualquier elección libre.
Pero, como es un paso decisivo, aunque es tu voluntad libre quien decide, debes pedir consejo. Petición de consejo a esa persona que te conoce bien y que conoce también el camino que vas a emprender. Al leer la conversión de Saulo, no sé si te has fijado en un detalle: la gracia de Dios que ayuda en la búsqueda personal. «Levántate y entra en la ciudad y se te dirá lo que tienes que hacer.» Y es Ananías, un discípulo del Señor, a quien acude Pablo. Y aquél, un hombre, es él que le transmite lo que Dios quiere de él; el que le impone las manos por orden de Dios y caen las escamas de los ojos y le hace ver con claridad. El Señor nos da su luz, que muchas veces nos ciega. Tenemos ganas de ser santos, de cumplir su voluntad, pero estamos ciegos como Pablo: no acabamos de ver. Es necesario que un hombre, este amigo tuyo, o el sacerdote que te está ayudando en tu camino, te diga lo que Dios espera de ti.
En el Antiguo Testamento encontramos otro pasaje similar. Es el libro de Samuel: Yahvé volvió a llamar a Samuel por tercera vez, y éste se levantó y fue a Elí y le dijo: ‘Heme aquí, pues me has llamado». Samuel oye la llamada de Dios pero no discierne y acude a Elí que era sacerdote. El Señor llama una y otra vez a Samuel, quien no sabe todavía lo que es la llamada y acude las tres veces a Elí. Éste comprendió que era Dios quien llamaba a Samuel y le aconseja. Como te decía antes, cuando se oye que Dios nos llama, tenemos que acudir al sacerdote, pero a aquel que nos conoce bien, al que es Buen Pastor para nuestra alma. Él te puede indicar si lo que «oyes» es la voz de Dios.
Buena Meditación. El próximo tema será: la entrega es fruto de la libertad.
