Reflexión Dominical
VI Domingo Tiempo Ordinario
Ciclo C, Evangelio según San Lucas 6, 17.20-26
Domingo 17 de febrero, 2019
Este domingo podríamos llamarlo “el domingo de las beatitudes o de la felicidad”. Dios quiere responder a nuestra necesidad de felicidad, porque es deseo de Dios que el hombre sea feliz. En esa palabra “dichosos” el deseo del hombre y el deseo de Dios se funden, en nuestra vida y en el corazón de Dios.
Jesús, después de haber pasado la noche en oración, con sus apóstoles y discípulos en la llanura para ponerse a nivel de una muchedumbre que lo esperaba. Gente pobre, cansada, enferma, rechazada y explotada por los ricos, y que esperaban de poder encontrar una vida mejor por medio de aquel joven profeta de Nazaret, pues “de él salía una fuerza que sanaba a todos” (v. 19).
“Dichos vosotros los pobres!”. Los pobres enternecen el corazón de Dios y sobre ellos vierte su misericordia. Los pobres que son dichosos, quedan pobres. Su felicidad no consiste en poner sus manos sobre el dinero de los ricos. El cambio de la pobreza no es la posesión. Lo ha mostrado santa María en su canto del Magníficat: “Dios ha mirado a mi pobreza”. María queda pobre, pero canta: “Dios por mí ha hecho maravillas”.
La maravilla no es el fin de la pobreza, sino el canto que nace en quien ha lanzado el corazón más allá que las cosas y siente Dios cercano: Dios y el amor le bastan. Y la vida de estéril se vuelve fecunda.
Seremos felices y dichosos si sabemos estar con Dios, quien está siempre del lado de los pobres, de los afligidos, de los que tienen hambre; y sobretodo somos invitados a exultar de gozo cada vez que, aun reconociendo la belleza y la riqueza de lo que es humano, no lo confundimos con Dios.
“Ay de vosotros los ricos…”, es un llamado a la conversión. Tu vida no depende de tus bienes (Lc 12, 13-21), la cantidad no asegura la felicidad. De cosas, de bienes, de dinero se muere; se muere a los demás, a la comunión, al futuro, a la fe que es confiar y confiarse.
Jeremías nos dice hoy que el rico es estéril, su vida es inútil pues no ve el bien y el bello de la vida. En el rico palpita un corazón árido como el desierto, arena que el viento esparce.
“Ay de vosotros los ricos…” es un lamento sobre vidas equivocadas, estériles e inútiles, que viven en la soledad. Hace falta que echen su corazón más allá que las cosas y el dinero, y cuando no tengan más nada que donar, donen a sí mismos y así se volverán como Dios nos sueña, y un mundo en el cual el tesoro son las personas y no las cosas.
El ideal del cristiano no es la indigencia, más bien un mundo en el cual nadie acumula por sí mismo, nadie desperdicia, y cada uno pone a disposición de los hermanos lo que ha recibido de Dios. Así que “Dichosos vosotros los pobres” no es un mensaje de resignación sino de esperanza, esperanza en un mundo nuevo en el cual nadie se encuentre en la miseria (Acta 4,34).
“Dichosos vosotros que ahora tenéis hambre…”: ninguna ilusión, ninguna promesa de una vida fácil y cómoda. Pero Jesús los asegura: “El Señor os saciara’”, y por medio vuestro Dios “saciara’ de pan a sus pobres” (Sal. 132,15; 146,7).
“Dichosos vosotros que ahora lloráis…”: El que se hizo pobre no ve los resultados de su sacrificio y de su compromiso, y se llena de tristeza hasta llorar. Dios lo consolará transformando su llanto en gozo. Las semillas de bien echadas en el dolor crecerán y darán frutos abundantes (Sal. 126,6) y, como la mujer que está para parir sufre, pero cuando ha dado a la luz al niño “no se recuerda más de la aflicción por el gozo de haber dado la vida a un hombre” (Jn 16,21).
“Dichosos vosotros cuando seréis perseguidos, insultados, odiados…”: la persecución es el destino que desde siempre acompaña a todos los justos. El discípulo no es feliz “a pesar” de la persecución, no exulta porque un día sus sufrimientos se acabarán y gozará de un premio en el cielo. Es dichoso en el momento de su sufrimiento porque se siente unido a Jesús, como los mártires de Japón que acabamos de festejar el 6 de febrero, Pablo Miki y sus compañeros.
Los cuatro “Ay de vosotros…” son dirigidos a los discípulos para ponerlos atentos al peligro siempre presente de dejarse seducir por “la lógica de Satanás”, a dar culto a la cuenta en el banco y a la carrera, a las seducciones de la riqueza acumulada y desperdiciada, mientras otros lloran y mueren de hambre. «El Señor sacará a la luz lo que está oculto en las tinieblas y pondrá al descubierto las intenciones del corazón” (1Cor 4,9).
“La palabra de Jesús sigue siendo decisiva para los ricos y para los pobres. Palabra de denuncia para unos y de promesa para otros, sigue viva y nos interpela a todos” (Pagola 2019)
Pongámonos en camino atrás de Jesús y seremos felices. Es Jesús nuestra beatitud.
Amen.
Padre Franco Noventa, mccj

