Jesús siempre está cerca

Reflexión Dominical

VI Domingo de Pascua

Ciclo C, Evangelio según san Juan 14, 23-29

Domingo 26 de mayo, 2019

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes. Todos saben que están viviendo las últimas horas con su Maestro. ¿Qué sucederá cuando les falte? ¿Quién los defenderá? ¿A quién acudirán? Jesús quiere infundirles ánimo descubriéndoles sus últimos deseos.

El Espíritu Consolador nos anima siempre.

“Si alguien me ama…”: en aquel “sí” está la libertad completa de nuestra elección. El amor a Cristo es respuesta libre del hombre a su amor, decisión que uno toma después de haber pasado por la escucha atenta de su palabra de vida, acogida en el corazón y vivida. Sólo cuando la Palabra, la enseñanza de Cristo se hace experiencia de vida, entonces damos la prueba de la autenticidad de nuestro amor por El, en la obediencia gozosa a su voluntad. “Si alguien me ama, obedecerá a mi palabra”.

Un dicho medieval afirma: “Los justos caminan, los sabios corren, los enamorados vuelan”. “El amor pone una energía, una luz, un calor, un gozo en todo lo que haces, que te parece de volar. Solo si la amas, la Palabra se enciende, sopla en las velas. Solo si has descubierto la belleza de Cristo, recibirás el empujón a vivir el Evangelio. Porque nuestra vida no avanza por golpes de voluntad sino por una pasión. Y la pasión nace de una belleza. En mí el amor por Jesús brota de la belleza que he intuido en él, de su vida bella y feliz” (E. Ronchi).

El amor-escucha de la Palabra deviene el lugar del encuentro con el Padre y el Hijo. El corazón del hombre que ama y escucha, se vuelve en casa de Dios, en el verdadero templo donde Dios ama morar. Desde siempre esa es la pasión de Dios: unirse al hombre, hacer comunión con él, llenarlo de sus dones por medio de su Espíritu Santo, un amor que se convierte en manantial de vida nueva.

Ese Espíritu de Jesús y del Padre nos dona la paz. Paz que queda inalterada también en las situaciones problemáticas y dolorosas, porque su fuente está en Cristo, príncipe de la paz, el sólo que puede decir: “No se turbe vuestro corazón, no tengáis miedo”. Paz que puede arraigarse en el profundo del alma porque Jesús dona a los suyos, a los que El ama, el Espíritu Consolador.

El verbo “con-solar” significa estar con quien se siente solo. El Espíritu Consolador nos anima aún cuando experimentamos, como los Apóstoles en la Pasión y Muerte de Jesús, la ausencia del Señor. “La soledad es el terreno de juego de Satanás” (Vladimir Nabokov). Al contrario, decía J. Lavergne: “He encontrado una octava obra de misericordia: suscitar gozo en las personas tristes”.

“Vendremos a él y haremos morada en él”. Bellísimo este venir de Dios, que ama la proximidad y elimina las distancias. Dios busca casa, busca comunión conmigo, busca ser uno conmigo: basta que le abramos la puerta de nuestro corazón. Basta que pensemos en él, que le hablemos, que lo escuchemos en el secreto. Basta que nos detengamos cerca de él. Si no, si no hay una liturgia en el corazón, todas nuestras liturgias eclesiásticas son mascaras de la nada, suenan vacías.

Entonces que venga el Espíritu del Padre y del Hijo, como incendio del corazón, como dinamismo y viento. No le gustan las puertas cerradas, pero a aquel que le abre, aunque fuera solamente un poquito, lo hará enamorarse de Cristo, descubrir el cristianismo como una visión, un encanto. El Espíritu nos salva de una vida sin corazón, de acciones y palabras sin corazón, porque él se hace en nuestro corazón “memoria” de Cristo, y eso conforta la vida.

Aún en la soledad, lágrimas o fracasos, el Espíritu consolador me sana de mis miedos de vivir. El Espíritu – y de eso se darán cuenta los discípulos después de Pentecostés – es “memoria” y en el mismo tiempo “profecía”: “os anunciará las cosas futuras”. El Espíritu nos hace mirar atrás para recordar y nos obliga a mirar adelante para inventar, anticipar. La “memoria” cristiana no es un recuerdo nostálgico del pasado, sino un recuerdo a hacer vivir en el presente preparando el futuro.

Para salvar el presente, hace falta garantizar el futuro, mirando hacia adelante. Si amamos verdaderamente el pasado, preocupémonos del avenir. Así fueron los santos. Como el filósofo Jean Guitton, académico de Francia, decía de san Daniel Comboni: “contemporáneo del futuro”.

Quedémonos abiertos al soplo del Espíritu, en dialogo con los hermanos, de manera que el aire glacial del formalismo, de la observancia exterior y de la uniformidad, no se sobreponga a la verdadera unidad de los corazones en Cristo. Que la intolerancia no anule la variedad de los rostros manifestada por la acción multiforme del Espíritu, ni la libertad de los hijos de Dios.

Fue el riesgo de la primera comunidad cristiana (He 15) que quería encerrar a los paganos convertidos en un pasaje al hebraísmo como etapa necesaria al hacerse cristianos. Pablo y Bernabé, llenos del Espíritu Santo, sostendrán la originalidad cristiana como ajena de todo condicionamiento étnico, religioso o cultural, ajena de todo integrismo. Como dirá más tarde san Pablo: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libero; no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Ga 3,28).

“Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros…”: entonces la vida florece de nuevo. En esa sinergia, nosotros también como la primera comunidad, podremos nuevamente dar razón de nuestra esperanza, de lo que soñamos por este mundo, por el hombre: todo lo que podemos poner dentro de la palabra paz, dentro de las palabras vida y amor, hasta la comunión completa con nuestro Dios (Apoc. 21), meta ultima del camino de la Iglesia.

Hoy, el lugar de la presencia de Dios es el corazón de quien escucha y pone en práctica el Evangelio: no necesitamos ni de milagros, ni de visiones extraordinarias, ni de revelaciones nuevas. El Evangelio nos basta. Como decía el Papa San Gregorio Magno: “La Santa Escritura crece con aquel que la escucha y la observa”. Que no nos paralice el miedo del futuro. Acudamos a Jesús fuente de agua viva.

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

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