Jesús busca el bien de las personas

Reflexión del Evangelio

VI Domingo Tiempo Ordinario

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 5, 17-37

Domingo 16 de febrero, 2020

Los judíos llamaban “Ley” los primeros cinco libros de la Biblia. La Ley contiene sí, normas y preceptos, pero no constituye un “código de derecho” como lo entendemos nosotros hoy. Es un relato apasionado, una historia de amor de Israel con su Dios. Es la “Torah” que significa una flecha arrojada para mostrar la dirección. La Torah traza el camino que conduce a la vida; no una normativa fría, rígida, impersonal, sino el cuento de lo que ocurrió a un pueblo, a Israel, la esposa a veces fiel, y con más frecuencia infiel a su Señor.

Jesús ha venido a cumplir la Ley y eso se hace a partir del corazón.

Sin embargo, la Torah no era la palabra definitiva de Dios. Sobre el monte de las Bienaventuranzas Jesús la considera sólo como una etapa, indicando una nueva meta, un horizonte más lejano y sin confín: la perfección del Padre que está en los cielos. Está llegando el Reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano y nos pide de colaborar con él para hacer la vida más justa y fraterna.

Así que hoy tenemos otro Evangelio… imposible. ¿Quién podrá observar esas palabras que acabamos de escuchar, si es verdad que tan sólo una mirada que se posesiona del otro ya es adulterio, que la cólera ya es homicidio? Y pienso que… ese templo tendría que vaciarse porque todos podemos recordarnos de que alguien tiene algo contra nosotros, y antes que el altar de la iglesia viene el altar del hermano, y allí tengo que ir primero, para reconciliarme.

Jesús busca el bien del hombre, Jesús ha venido a cumplir la Ley y eso se hace a partir del corazón, sin contentarnos como los fariseos de una observancia exterior. Hace falta estar en “sintonía” con Dios y todo será posible. Llenarnos de Dios, llenarnos de vida y pues dejarla fluir hacia el exterior, hacia los otros.

Los cinco mandamientos de hoy, los cinco ejemplos del Evangelio, no son como una nueva definición de los limites o de las prohibiciones. Son la raíz de una vida buena. Allá aprendemos a “respirar” con Cristo. La vida buena la encontramos siguiendo las dos direcciones que Jesús nos propone hoy: la del corazón y la de la persona.

La línea del corazón. A los antiguos se dijo: “Tú no matarás”; pero Jesús dice: “cualquier que se airará…”, es decir cualquier que se deje quemar inteligencia y piedad dentro del rencor, “es ya homicida”. Se puede matar también con la palabra, con el silencio, con el fingir de no ver. El “no matarás”, por Jesús se vuelve en: “promueve la vida”.

Quien mira para poseer “ya es adultero en su corazón”. He aquí la línea del corazón, tan humana. San Juan dirá: “Quien no ama a su hermano es homicida” (1Jn 3,15). Es decir: quien no ama, mata. Y, dentro de ti, no amar es ya un lento morir.

El otro es un “hermano”.  Por tres veces (vv. 22-24) Jesús repite esa palabra, como un antídoto para sanar el corazón del veneno del odio.

Y la línea de la persona.  “Si tu miras a una mujer para desearla…” Jesús nos dice: si tu miras solamente su cuerpo deseable (y lo mismo vale para las mujeres), entonces tu pecas contra su persona. Tu ojo es opaco, ve sólo la imagen, la forma, el cuerpo; y tu entonces eres adultero, en el sentido exacto de esa palabra: tú falsificas, tú inquinas, tú empobreces la persona, que es cielo, profundidad irrepetible.

En nuestro tiempo en qué tantas veces las mujeres son humilladas en su dignidad, la Palabra nos recuerda el valor que tienen: un cuerpo, un alma, una inteligencia que han llevado a cumplimiento la maravilla de la creación. La mujer como imagen estupenda de Dios. El Señor nos done una mirada nueva, como la suya con la adultera, una mirada que hace vivir y no morir.

Que el Señor Jesús sane nuestra mirada, como hizo con el ciego de Betsaida. Jesús sana aquella mirada sin profundidad, para que pueda decir: ahora sí, ya no veo a cuerpos que caminan, ahora veo a personas que caminan; más, veo a iconos que caminan, iconos de Dios (Mc 8, 21 ss.). Porque este es mi hermano, esta es mi hermana: un icono que camina. Si tú miras para poseer, si ves solamente a un cuerpo a desear, tú estás adulterando el absoluto de la persona que es icono de Dios.

Cinco casos presenta Jesús: el homicidio, el adulterio, el divorcio, el juramento y el rito litúrgico. Sin embargo es un único salto de calidad que nos propone: pasar de la ley a la persona, poner la persona antes de la liturgia, antes del sábado, antes de la ley, como él hizo por la adultera que tenía que morir según la ley (Jn 8,3-11). Ese salto es el retorno al corazón, allí donde nacen los grandes “porqué” de las acciones, allí donde las acciones encuentran sentido y orientación.

Pero ¿quién nos dará el coraje de osar? Lo podemos con la fuerza del Espíritu Santo, Espíritu a invocar todos los días y particularmente en los momentos en que la propuesta de Jesús nos parece demasiado exigente, la puesta demasiado alta, sin descuentos ni compromisos; Espíritu que vive en nosotros y ora con gritos inenarrables para que podamos vivir por Cristo según su ley de amor.

En Israel hay una fiesta, la fiesta de la Torah, en la cual los niños bailan con los rótulos de la Ley como se baila con la mujer que se ama. Es una danza de amor con la Palabra. Que podamos amar con alegría la Palabra de Jesús para que florezca en nosotros en una vida buena y bella.

El Papa Francisco escribe: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones venganzas, celos, deseo de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa… ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. Tenemos que trabajar, dice el Papa, por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

Frente a nuestras fragilidades, podemos hacer nuestra la oración del poeta hindú Tagore:

“No te vayas, Señor, cuando encuentres cerrada la puerta de mi corazón: derríbala y entra, no te vayas, Señor. Cuando las cuerdas de mi guitarra olvidan tu nombre, te ruego, espera, no te vayas, Señor. Cuando tu llamado no rompe mi sueño, fulgúrame con tu dolor, no te vayas, Señor. Cuando pongo a otros a sentarse sobre tu trono, o rey de mi vida, no te vayas, Señor”.

Amén.

Pbro. Franco Noventa mccj

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *