Nuestra mirada en Dios

Reflexión del Evangelio

I Domingo Tiempo Cuaresma

Ciclo A, Evangelio según san Mateo 4, 1-11

Domingo 1 de marzo, 2020

En este primer domingo del itinerario cuaresmal, la Palabra nos habla de la “tentación” como presentación de una felicidad ilusoria. La tentación es un momento de verificación de la solidez de las elecciones del hombre, como una ocasión de crecimiento. Se nos habla de dos hombres: Adán, que decide seguir sus juicios engañosos, y Cristo, que hace constantemente referencia a la palabra de Dios. El primero extiende su mano hacia un fruto de muerte, el segundo se vuelve en el autor de la vida. El ejemplo de la victoria de Cristo abre nuestro corazón a la esperanza y nos guía a vencer las seducciones del mal. Unidos al Señor saldremos, como él, victoriosos.

El hombre vive de Dios y de aquella Palabra que fascina y consuela, y que sola colma las profundidades de la vida.

“Nuestro sumo sacerdote no se queda indiferente antes nuestras debilidades, pues ha sido probado en todo igual que nosotros, a excepción del pecado” (Heb 4,15). Por eso “puede socorrer a los que son tentados” (Heb 2,18). Esa es nuestra esperanza y fuerza.

El evangelio de este Domingo no es un texto de crónica, sino un texto de teología. Mateo y la carta a los Hebreos quieren decirnos que toda la existencia de Jesús, ha sido una dramática confrontación entre él y el demonio, y se concluyó en la cruz. Jesús “en los días de su vida mortal presentó ruegos y suplicas a aquel que podía salvarlo de la muerte… con grandes clamores y lágrimas” (He 5,7). Las tentaciones de Jesús nos recuerdan que toda la vida es elección entre Dios o Satanás. Las tentaciones de Jesús son también las de la Iglesia que “debe estar siempre atenta para no considerar como medio, incluso privilegiado, lo que él descartó como tentación” (S. Fausti).

Las tres tentaciones de Jesús y nuestras – la de una prosperidad fácil, la de una ambigua popularidad y la de la ambición del poder mundano – pueden resumirse en una: recorrer un camino mesiánico no según Dios, sino según los hombres. Las tentaciones, no solamente empujan a Jesús fuera de la dirección que va desde el Jordán al Calvario según el plan de Dios, sino lo inducen a usar de Dios como de un instrumento al servicio de su necesidad de seguridad y de afirmación personal.

Hay un paralelismo entre Israel – el hijo que Dios había llamado desde Egipto y que en el desierto, durante 40 años, había respondido con infidelidad a las ternuras del Padre (Os 11,1-4) – y Jesús, el hijo predilecto que, al contrario, había sido siempre obediente. Jesús revive las mismas tentaciones de Israel y las supera (Ex 16 el maná; Ex 17 la falta de agua; Ex 32 la idolatría del ternero de oro).

Su ser Hijo de Dios no se manifestará en el tener, en el poder, en el aparecer, sino en el humilde servicio, en el don de sí mismo, hasta la cruz.

Jesús no viene solicitado por Satanás a escoger entre Dios o el poder, entre Dios o el dinero, y como buen teólogo cita la Biblia. Más bien le dice: alcanza el poder, y pues podrás usarlo también a gloria de Dios. La tentación es pues seductiva, muy sutil. Es una tentación contra la fe, que invita a la idolatría: la auto realización, la auto gratificación, son mitos deslumbrantes a los cuales sacrificar todo; ídolos vanos que roban al corazón del hombre la adoración debida a Dios solo. “Vete, Satanás, porque está escrito: al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto”.

A nuestra tentación de reducir todo a dinero, a cantidad, a bienes materiales y a cosas, Jesús opone el hambre de más vida. Sale de la alternativa “piedras o pan” y lanza de nuevo el verdadero sentido de la vida. “No sólo de pan vive el hombre”. El hombre vive “de lo que sale de la boca de Dios”. Bellísima esa palabra. El hombre vive de Dios. El hombre vive de Dios y de aquella Palabra que fascina y consuela, y que sola colma las profundidades de la vida. Tú, yo, cada criatura hemos venido de la boca de Dios.

El diablo continúa: “¡Tírate abajo! Haznos ver un vuelo de ángeles. Lo sabes, los hombres no buscan a Dios, sino a sus milagros; no buscan la gracia sino las gracias; no buscan que dones y no el Único que por ellos se dona”.

Y Jesús responde: “No tentarás al Señor, tu Dios. Yo sé que el Señor estará presente cuando yo esté por caer, pero a su manera, como El querrá y no como yo querría. Estará presente no para evitarme la caída sino para ayudarme a repartir”. Es como si Jesús nos dijera: “Vosotros, mis discípulos, caminaréis en la vida no por la fuerza de milagros improvisos, sino por el prodigio de un Dios que se hace fuerza dentro vuestra fuerza, esperanza dentro vuestra esperanza”.

En fin el diablo ofrece el poder a Jesús. Es como si le dijera: “¿Quieres cambiar el curso de la historia sin poder? No funcionará. ¿A qué sirve la cruz? El mundo está lleno de cruces, no se salvará por una cruz más. Toma el poder: con aquel resolverás los problemas”.  Pero Jesús sabe que el poder es un sol engañador. El hombre tiene que ser como Cristo, siervo de todos pero sin ningún dueño, excepto Dios. El mal del mundo no será quitado a fuerza de milagros, ni a golpes de leyes, más bien cambiando el corazón, poniéndolo delante de Dios, exponiéndolo a su luz. “Al Señor tu Dios adorarás y a él solo darás culto”.

Las tentaciones son necesarias, no se evitan, no se eluden: se atraviesan. Porque si eliminas la tentación, termina la posibilidad de escoger: seria el hombre mismo que termina. La tentación es siempre una elección entre dos amores, una elección entre dos seducciones. Vivir es escoger.

Jesús vence las tentaciones lanzando cada vez al demonio una palabra tomada de la Biblia, descubriendo cada vez, para nosotros también, un valor, un ideal, un amor al cual donarse. En ese tiempo de cuaresma estamos llamados a evangelizar de nuevo a nosotros mismos, a sentir la fascinación de Cristo, todavía capaz, como ocurrió a los discípulos de Emaús, de robarnos el corazón (Lc 24,32). Entonces sé que, frente a las tentaciones, la fuerza no está en mí, sino en Dios, en la fuerza de su Palabra, en su capacidad de seducirme siempre.

Y hechos fuertes por la gracia de Dios, vivamos ese tiempo de cuaresma sanando a otros y Dios sanará nuestra llaga, ofreciendo nuestro pan y nuestra hambre será saciada, fatigándonos en favor de otros y encontraremos descanso, donando a los pobres y seremos ricos (Is 58,7-8). Cuando el demonio se fue de Jesús, llegaron ángeles para servirlo. Cuando te acercas a quien sufre, cuando sirves a quien te está cerca, te vuelves como un ángel. Y ver a alguien que actúa así, será ver la gloria de Dios que camina en el mundo.

Amén.

Padre Franco Noventa mccj

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