Confiad en Dios

Reflexión del Evangelio

V Domingo de Pascua

Ciclo A, evangelio según san Juan 14, 1-12

Domingo 10 de mayo, 2020

“Al final de la última cena, los discípulos comienzan a intuir que Jesús ya no estará mucho tiempo con ellos. La salida precipitada de Judas, el anuncio de que Pedro le negará muy pronto, las palabras de Jesús hablando de su próxima partida, han dejado a todos desconcertados y abatidos. ¿Qué va a ser de ellos? Jesús capta su tristeza y su turbación. Su corazón se conmueve. Olvidándose de sí mismo y de lo que le espera, Jesús trata de animarlos: “No os inquietéis, confiad en Dios y confiad también en mí” (José Antonio Pagola).

“Yo soy la vida”. Palabras inmensas que dicen que mi vida se entiende sólo con la vida de Dios.

En seguida les dice: “Os llevaré conmigo, a mi casa, para que donde estoy yo, estéis también vosotros”. La primera imagen que el Evangelio de hoy diseña es la de una casa. Hay una casa, lugar del calor familiar, que me pertenece, más allá que la muerte, y me espera: la sola idea de eso basta a confortar el corazón. “Que no se turbe vuestro corazón”, pues en esa casa hay alguien que nos quiere mucho, que nos quiere consigo. Porque nos ama, y quien ama desea estar con el amado. Y nada “podrá nunca separarnos del amor de Dios” (Rom 8,39).

Tomas pregunta: “Señor, no sabemos dónde está esa casa: ¿Cómo llegar allá?”. Jesús contesta: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Yo soy la vía de acceso a Dios, la vía que conduce a casa. Hace falta recorrer no tanto un camino físico, sino una persona, Cristo. Es decir recorrer su vida con mi vida: cumplir sus gestos, preferir las personas que él prefería, oponerse a lo que él se oponía, elegir lo que él elegía, sino nunca llegaremos allá donde está nuestra casa. Como Moisés que pidió a Dios de ver su rostro (Ex 33,20-23) y no pudo verlo que de espaldas, casi a indicar que la sola manera de ver a Dios es seguirlo, ir en pos de él, recorrer sus caminos.

“Yo soy la verdad”. Revelación del rostro de Dios y del rostro del hombre. La verdad entonces no es una noción o una idea o un sistema de pensamiento, sino una persona. La verdad que Jesús nos ha manifestado es que Dios es amor y que su ternura pasa por nuestras manos. Esa verdad, la del amor, es la sola que puede hacer florecer la corteza triste de nuestros días. Así el Padre continuará a realizar en los discípulos las obras de amor que ha cumplido en Jesús.

Es como el cuento de “la Mariposa azul”. La niña que, teniendo una mariposa azul escondida en sus manos, quería engañar a un sabio que siempre daba respuestas exactas. Preguntándole si la mariposa estaba viva o muerta, si él dijese que estaba muerta habría abierto sus manos dejándola volar; si hubiera dicho que estaba viva, la hubiera aplastada entre sus manos. Y el sabio sonriendo dijo a la niña: “Depende de ti, ella está en tus manos”. Así es nuestra vida; nos toca a cada uno de nosotros escoger que hacer con ella.  “Dios no se impone. No fuerza a nadie con pruebas ni evidencias. El Misterio último es silencio y atracción respetuosa. Jesús es el camino que nos puede conducir a confiar en su bondad” (Pagola).

“Yo soy la vida”. Palabras inmensas que dicen que mi vida se entiende sólo con la vida de Dios. Decía santa Catalina de Siena a Jesús: “Tú nos das a ti mismo, y dándonos a ti mismo, nos das todo”. “Esta acción de Jesús en nosotros se produce casi siempre de forma discreta y callada. A veces, sin embargo, nos invade la certeza, la alegría incontenible, la confianza total: Dios existe, nos ama, todo es posible, incluso la vida eterna. Nunca entenderemos la fe cristiana si no acogemos a Jesús como el camino, la verdad y la vida” (Pagola).

Frente a palabras tan bellas interviene Felipe: “Muéstranos al Padre y nos basta”. Es bello ver que los apóstoles pidan, quieran comprender.

“Muéstranos al Padre”. Los salmos están llenos de esa invocación: “Muéstranos tu rostro, Señor. Tu rostro Señor yo busco. No me escondas tu rostro” (Sal 27,8; y 31,17; 42,3; 69,18 etc.…). Demos gracias al Padre porque es un Dios escondido, un Dios velado. Si él fuera visible, aquí y ahora, ¿qué posibilidad de elección, cual libertad tendríamos?  Ninguna. Un Dios visible e inevitable que se impone, no se puede amar. Se puede solamente obedecerle, temerlo; no puede suscitar estupor y cantos. Dios quiere ser amado y cantado más que temido, por eso es un Dios escondido.

Igual que los profetas que han tenido la visión de las palabras de Dios, no de su rostro, para nosotros el ver es escuchar. Veremos a Jesús guardando y gustando cada palabra del Evangelio, cada gesto, cada parábola. Y pues lo veremos cuidando de los pobres, como los siete diáconos de Jerusalén. Palabra y servicio. Sintiendo en nosotros el hambre de los hombres sin nunca callar el anuncio de Dios. Nunca oponiendo un amor a otro, nunca descuidando a un amor en nombre de otro amor. No conozco y no amo a Dios si descuido de sus hijos, los pobres, los que sufren. No amo a mis hermanos si descuido de Dios, fuente de un amor verdadero y durable.

En la respuesta de Jesús a Felipe, es como si le dijera: “No esperes, Felipe, una revelación grandiosa como en las antiguas teofanías entre relámpagos y rayos. Felipe, el Padre tiene mi rostro, mi voz, mi respiro, mi corazón. El Padre está aquí, caminando con cada hombre. No temas Felipe: Dios no quiere ser tanto el Señor, cuanto Padre”. No nos queda que confiar y abandonarnos a Él.

Hoy los hombres de nuestro tiempo piden a los creyentes no solamente de hablar de Dios, sino, de alguna manera, de volverlo visible a sus ojos. “Os lo aseguro, el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores” (v. 12), porque en su vida terrena Jesús actuó solo, sin nosotros; ahora actúa en nosotros y por medio de nosotros. Jesús es la vid, pero sin vástagos no puede dar frutos.  Y viendo los frutos, las obras buenas, los hombres “darán gloria al Padre que está en el cielo” (Mt 5,16).

Hacer al Padre creíble a los ojos de muchos, amable al corazón de todos: esa es la misión que la Iglesia nos entrega. Que podamos realizarla, mostrando al Dios que nos ha testimoniado Jesús, y que se revela en las personas, en las relaciones, en los rostros, en la escucha, en el dialogo, en la acogida, cada vez que haces experiencia de que el otro es un don y una riqueza. “Que cada uno viva – nos dice San Pedro – según la gracia que ha recibido, poniéndola a servicio de los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1Pt 4,10).

Amén.

Padre Franco Noventa, mccj

 

 

 

 

 

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